Las Puertas se Abren
Sadananda cae enfermo. Ingeniando una visita al hospital. Versos del Padma purana explicados. Por que yo había venido a la india. Los propósitos ocultos del campo de concentración. Sadananda entre la vida y la muerte. Traduciendo el Bhagavatam. Él consuela a los criados del hospital. Ayuna, luego decide vivir. La historia del mundo venidero. Los que se escapan. Noticias de mi esposa. Sueño con la libertad. Sadananda es puesto en libertad. Una carta de Sri.
Cuando Sadananda me dio un puñado de hojas sueltas del Padma Purana, que guardaba envueltas en una tela de seda, ya estaba muy enfermo en el hospital del campo de concentración. Fue después de la primera operación abdominal cuando los médicos se convencieron de que iba a morir. Yo me las arreglaba para echarle una mirada de cuando en cuando por la ventana. Yacía allí extendido, inmóvil y pálido como un cadáver, en el cuarto que los pacientes llamaban “el cuarto de la muerte”. Pero un día, con sorpresa y satisfacción, recibí una nota escrita por el mismo Sadananda. Leí las pocas líneas que mi amigo enfermo había escrito:
Querido Vamana dasji, no te quedes en la antesala de Dios, en la luz infinita de la informe divinidad. Porque el verdadero Krishna nunca entra en ese lugar… Estaba firmada: Siempre a tu servicio: Sada.
Añadía una postdata: Vamana Das, ¿no podrías venir a visitarme aquí en el hospital?
Nos habían prohibido en absoluto visitar a los enfermos en el hospital. Pero con un poco de ingenio arreglé esto al día siguiente. Me quejé de una seria enfermedad en los ojos, y fui enviado al hospital bajo escolta para que me trataran.
El viejo oculista era uno de nuestros camaradas, un prisionero como nosotros. Había sido el discípulo favorito de un famoso profesor en una clínica alemana, y fue enviado a las Indias Holandesas para hacer ciertos estudios científicos. La primera guerra mundial le había impedido regresar a casa, y se había quedado en la rica isla de Java hasta después de terminarse la guerra. Como superintendente de un sanatorio, había olvidado poco a poco sus ambiciones y sueños de juventud, y se había hundido en la agradable vida de los trópicos. El anciano de pelo blanco empezó a escribir en el libro de enfermos, anotando los detalles respecto a mi mal y persona. Con hábiles manos levantó mis párpados, los untó con una solución de plata y otras drogas, y por mi propia sugerencia decidió que debía volver al día siguiente para nuevo tratamiento.
- ¡Cómo, Vamana Das! ¡Qué mal aspecto tienes! - exclamó Sadananda con una risa que pronto se trocó en un gesto de dolor, y me extendió su delgada mano afectuosamente -. ¿Qué es lo que te pasa en los ojos? ¡Las lágrimas corren por tus mejillas dejando negras rayas en tu rostro!
- Me han hecho una cura con lapis infernalis.
-¿Qué es lo que tienes?
- Absolutamente nada.
- Comprendo; has hecho esto para poder entrar en el hospital y visitarme. Eres muy amable.
Durante la corta media hora que estuve sentado al lado de la cama de Sadananda, me habló de muchas verdades ocultas. Finalmente me dio para traducir los versos que se refieren al reino anterior de Krishna del Padma Purana. Eran los mismos versos que había cantado algunos meses antes a la diosa blanca como la leche, durante uno de nuestros largos paseos por la floresta.
El Padma Purana data del siglo IX, por lo que el manuscrito no tiene más de mil años. Pero se funda en parte en una tradición oral que es mucho más vieja, y ha pasado por muchísimas generaciones de guru a discípulo. La traducción me dio mucho trabajo. El texto estaba impreso según un sistema muy antiguo; las palabras no se separaban las unas de las otras, sino que cada línea era un bloque de palabras. Y donde las palabras se combinaban las unas con las otras, los sonidos estaban cambiados y habían sido asimilados. A menudo era menester mucho tiempo, oyendo pacientemente el ritmo de los versos en su significación interior, antes que se aclarase su sentido.
Durante el tiempo que traducía sentado, mi compañero de cuarto también se sentaba en el último rincón de la habitación. Sin decir una palabra, había abandonado su sitio en la mesa, y él mismo se había hecho una, de un cajón viejo. Ahora se sentía más a sus anchas y podía ejercitarse en su ocupación favorita: la de resolver problemas de matemáticas y figuras geométricas. Hacía mucho calor, seguramente cerca de 40 grados a la sombra, y las moscas no lo dejaban en paz. Su rostro sudoroso y encarnado las atraía. Tümbelbaum no paraba de darles golpes con un mata-moscas, que él aporreaba muy a menudo fuera de sí, no lejos de mi cabeza. Pero esto no me molestaba. Con todo el cuidado que podía, escribía las palabras de la revelación que Krishna, el Dios oculto, había pronunciado cuando sonreía pacíficamente en Su retiro, y se dirigía a Su devoto Siva. Tenía la sensación de vagar por una tierra desconocida, por un camino que iba a una montaña distante. Al principio la montaña aparecía al vagabundo como una sólida muralla de brillantes nubes; a medida que se aproximaba, se extendía en un paisaje de colinas y valles, bosques y lagos, y el trotamundos se encontraba con los seres que moraban allí. Es precisamente de este modo que el velado reino del amor divino se revela poco a poco al alma devota. Esto no es sueño, ni poesía; es la pura realidad. Un resplandor del eterno reino de los arquetipos, siempre, desde mi infancia, ha penetrado mi vida. A menudo, aún siendo un niño, me despertaba asustado, cuando había terminado un largo e infinito vagabundeo: Me había olvidado de algo infinitamente importante. Lo que yo y todos nosotros hemos olvidado y perdido, lo recordé en mi viaje a la India; en la tierra donde no hay culpa ni destino, donde lo que se ha hecho se deshace. El suelo que uno pisa no es un suelo terrenal. El tiempo no es terrenal, cada momento ya no es penosamente dividido en pasado y futuro. La dicha que se experimenta allí no deja residuos de pena en el fondo. No existe allí la muerte. “Cada palabra es una canción, cada paso un baile…”. Pero no se puede entrar allí, si se desea obrar con egoísmo; sólo con la devoción desinteresada se puede alcanzar esta tierra. Antes que el primer rayo matutino de la tierra velada pueda ser discernido, han de cruzarse montañas de tinieblas.
Cuando por primera vez salí en busca de este reino abierto para todos, aunque velado a nuestra vista, tambaleaba y tenía que empezar de nuevo, mi vida estaba sumida en el más hondo desespero. Sin embargo, en un mundo de barracas, donde todo lo de valor espiritual que había alcanzado una vez parecía perdido, donde todos los caminos acababan después de algunos pasos en una erizada alambrada, donde le pegarían un tiro a uno si intentara seguir más adelante aún aquí en mi desespero, me esforzaba por abrirme camino hacia la tierra donde no hay culpas ni muerte. Sadananda vino a ayudarme a encontrar la puerta abierta del reino de Vraja, donde se puede proseguir eternamente sin llegar al fin. Fue solamente para encontrarlo, ahora lo comprendo, que emprendí el viaje a la India. Para encontrarlo, daría la vuelta a todo el mundo. Sin embargo, tuve que entrar en un campo de concentración con el fin de hallarlo. Así, los largos años detrás de las alambradas fueron para mí los más felices de mi vida.
Sadananda fue operado cinco veces durante el tiempo que estuvo en el campo de concentración. En cada una de estas veces se entregaba por completo en las manos de Dios. En una de ellas, sin despertar de su estado inconsciente, cantó durante una hora sin parar: “Krishna, Krishna, Krishna”. El médico asistente, uno de nuestros camaradas, le preguntó después por qué pronunciaba incesantemente aquel nombre. Sadananda se turbó, sintiéndose avergonzado de no poder ocultar mejor sus sentimientos. Cerca de dos años permaneció mi amigo en el hospital de campo, con sólo cortos intervalos de alivio, y muchas veces fue llevado al cuarto de los moribundos. Muchas veces me sentaba al lado de su cama en una de las salas. Mi verdadera instrucción empezó en esta ocasión, cuando tenía que luchar y valerme de astucias para verle.
Aún en el hospital, Sadananda trabajaba casi todo el tiempo. Cuando llegaba, generalmente lo encontraba, como antes en la barraca, sentado en la cama con las piernas cruzadas. Su pequeño baúl de metal puesto sobre sus rodillas, sirviendo de mesa, y escribía con afán. Algunas veces, sin embargo, le encontraba durmiendo. Yacía entonces con la cabeza debajo de las sábanas, descansando después de una noche de angustia. En torno a él en el hospital todo era ruido y alboroto. Yo esperaba pacientemente que se despertase. Cuando estábamos juntos examinaba las traducciones que había terminado desde nuestro último encuentro. A veces me criticaba, quejándose de que trabajaba demasiado deprisa. “No tienes que batir ningún récord de velocidad - me dijo una vez -. Uno puede correr en las pistas de atletismo. Pero en el campo espiritual del Bhagavatam, donde Dios y Sus amigos juegan Sus eternos partidos, se debe pisar con mucho cuidado”. Me enseñó en qué actitud del alma debía aproximarme a mi trabajo. “Tienes que inclinarte reverentemente en espíritu delante de cada verso, de cada palabra, como si ellas encerrasen la revelación final. Luego, debes quedarte quieto escuchando, hasta que el texto original por sí mismo toma la iniciativa dentro de ti y empieza a expresarse”.
Una vez me advirtió: “El cuaderno que contenga las traducciones del Bhagavatam debe ser un modelo de limpieza y orden. Este orden atrae la gracia de Krishna. Cada lápiz, cada hoja de papel, puede ser un medio para servir a Krishna y comunicarle alegría. Mi guru insistió sobre tal orden, la cual da color a toda una vida, y él era un ejemplo de lo que predicaba. Comía como los hindúes, con los dedos. Pero tocaba los alimentos sólo con la punta de los dedos. Su devoción no era la comida, sino la oración. Durante largo tiempo Sadananda observó una promesa de silencio completo, escribiendo sus respuestas y observaciones en un papel, y de este modo muchos de sus pensamientos han sido conservados y los guardo como un tesoro.
Un día me preguntó:
- ¿Por qué estás tan inquieto, Vamana Das? Eso me preocupa.
Le conté entonces que habían querido matar un gato en el campo, precisamente en mi presencia. Muchas personas, incluyéndome a mí, rodeaban al animal moribundo. El gato no estaba muerto del todo. Arrastrándose intentaba ocultarse como suelen hacer los animales cuando saben que van a morir; cada vez que intentaba levantarse para escapar a algún rincón obscuro, volvía a caer maullando penosamente. Tenía la columna vertebral rota. Yo no sabía qué hacer. ¿Debí coger una piedra y arrojársela a la cabeza con el fin de acabar con su agonía? Nada hice y me marché. ¿Qué podía hacer?
Los ojos de Sadananda relampagueaban. Estaba indignado.
- Te has portado mal, Vamana Das. Debiste arrodillarte al lado del animal, aunque todos estuviesen mirándote. Y debiste cantar el mantra de Narasinha al oído del animal. Sabes que yo te he dado ese mantra, el verso que se refiere a Narasinha, el gran avatar de Krishna, que rasga como un león espiritual el velo del alma de maya con sus garras de diamante, y la despierta a la vida. Si hubieses hecho esto, el animal se habría acordado en la hora de su muerte que es un atma, que sólo pertenece a Krishna; y que su misión espiritual es servir a Krishna por toda la eternidad.
Sadananda era amado por los chicos indios que ejecutaban los trabajos más serviles del hospital, tales como vaciar los vasos de noche de los prisioneros europeos. Se disgustó mucho cuando uno de los alemanes internados trató de incitar a los chicos contra él por medio de calumnias. Pero los chicos no le hicieron caso. Él, el mahatma europeo, comprendía su lenguaje. Él los instruía regularmente. Se sentaban en cuclillas haciendo círculo en el suelo alrededor de él, y oían lo que les contaba acerca de la venida de Krishna a la Tierra, y de los grandes avataras de Dios. El director del hospital prohibió estas enseñanzas, y exigió elevadas multas a los pequeños. Pero ellos continuaron haciendo corrillos alrededor de Sadananda. Venían a él con sus inquietudes. Él abandonaba cualquier trabajo que estuviese haciendo, para atenderlos. Pacientemente enseñaba a leer y a escribir a estos chicos que estaban excluidos de las escuelas. Siempre que visitaba el hospital encontraba a dos o tres de estos chicos sentados al amparo de la poca sombra que proyectaban los retretes, acurrucados y listos para el caso que los llamase la áspera voz de alguno de los sahibs. Tenían una carpeta con papel de escribir y un libro de lectura sobre las rodillas e intentaban copiar las enrevesadas letras de la escritura indostánica. En el hospital, en todo el campo, y en los bazares de los pueblos vecinos, empezó a correr el rumor que el swami Sadananda había empezado a ayunar. Prefería morir antes que ser obligado a comer carne. Después de unas operaciones en que estuvo entre la vida y la muerte, los médicos alemanes, sus propios camaradas, habían intentado persuadirle, por su propio bien, de beber un poco de caldo. Yo he sido testigo de la angustia que experimentaba, cuando muchas veces durante su confinamiento en el campo se veía forzado a elegir entre morirse de hambre o probar alimentos que su religión le prohibía. Estaba cansado de esto ahora. Aunque aún muy débil, después de las serias intervenciones quirúrgicas que había sufrido, empezó a ayunar. Los enfermeros habían recibido instrucciones de llevarle su alimento puntualmente y dejarlo al lado de su lecho hasta la hora de la próxima comida. Sadananda continuaba ayunando. Hasta la tarde del sexto día de su huelga del hambre, logré entrar en el hospital como paciente. Cuando entré en su cuarto, estaba tan débil que apenas demostró reconocerme con una expresión de sus ojos. Cuando me senté al lado de su cuerpo inmóvil creí que veía a mi amigo por última vez. De repente empezó a hablarme con voz clara, sorprendentemente clara, y me dio las mismas órdenes que solía darme otras veces:
- Vamana Das, coge un lápiz y papel para escribir. Te voy a dictar en sánscrito una oración del Padma Purana. Está dirigida a la Divina Pareja. Radha-Krishna, los dos que Son uno:
“Eso que soy yo, eso que es mío, En este mundo, en una vida futura, Que traigan todo eso hoy como un sacrificio ante Tus pies. ¡Yo soy Tuyo, Krishna! ¡Soy Tuyo, Radha! Con mi cuerpo y mis hechos, Con mi espíritu, y con cada palabra mi boca habla”.
Cuando Sadananda terminó, yo le pregunté:
- Swamiji, ¿en realidad no quieres seguir viviendo?
Sonrió y dijo con buen humor:
- Sí; hoy cuando te vi pasar delante de la ventana decidí intentar continuar viviendo en la tierra un poco más, con el fin de no interrumpir la instrucción que empecé a darte, antes de que seas capaz de seguir tu camino solo.
Mi amigo dejó de ayunar. Una nueva fase de compañerismo empezó entre nosotros desde aquella tarde.
Mientras recibía mi instrucción, casi inadvertido por mis camaradas, la historia del mundo se fraguaba en los campos de batalla. Los frentes de guerra en cuatro continentes avanzaban y retrocedían. Estos cambios proyectaban negras sombras en nuestro campo, donde todo continuaba en un incesante vaivén. Hombres que antes habían sido menospreciados o que habían pasado inadvertidos, de repente resultaban personalidades influyentes en las barracas. Y los que habían sido muy respetados y adulados, se hundían entre las masas, degeneraban y desaparecían. A un año seguía otro. Empezaron a caérsenos los dientes y a salirnos canas. Una vez en la cola de la cantina me puse detrás de un individuo que siempre había sido muy esmerado para con su persona. Un chinche se paseaba tranquilamente por el cuello de su destrozada camisa y descendió luego espalda abajo. A medida que los años pasaban lo había convertido todo en bebida, hasta sus buenos trajes confeccionados por un famoso sastre inglés. Aquellos desgraciados celebraban cada victoria con un trago y volvían a beber para ahogar sus penas después de una derrota.
Un grupo de alpinistas que había sido cogido de improviso al estallar la guerra durante una expedición al Himalaya, no pudo resistir por más tiempo el confinamiento en el campo de concentración. Llevaron a cabo un bien planeado intento de fuga. Algunos de ellos se internaron en el Tíbet. Pero uno de aquellos atrevidos sucumbió a las privaciones que tuvo que sufrir. Volvimos a ver a los demás en el campo, después de sufrir el castigo que se les infligió. Habían sido capturados unos; otros, enfermos de fiebre se habían arrastrado voluntariamente hasta la carretera entregándose a la policía. Uno de ellos, que había resistido más que ninguno, me contó que al final ya no podía soportar la soledad del desierto y los vientos de la meseta del Tíbet: el estrépito de la tempestad, los ríos que se precipitaban por las hendiduras de las montañas, y sobre todo los extraños pensamientos que lo asaltaban durante la noche. Me habló de la codicia de aquellas gentes, sus deseos de obtener monedas de plata. Habló de una especie de pueblo fantasma, desierto, donde no había ni un ser viviente. Y de un pueblo cercano, de donde había sido arrojado a pedradas cuando se aproximó cansado y hambriento. Me mostró una profunda cicatriz que llevaba en la frente, recibida en aquella ocasión. Mucho después se enteraron que unos cuantos pueblos cerca del lago Manasarovar habían sido completamente despoblados por los estragos causados por la viruela. Los habitantes del pueblo donde fueron apedreados estaban fuera de sí por miedo a que los prisioneros estuviesen contaminados. La historia de aquel hombre me horrorizó. Yo que había venido a la India con la intención de cruzar el Himalaya con el fin de llegar al lago Manasarovar, ahora me enteraba que aún en aquellas regiones los seres humanos se odiaban, tenían miedo, codicia y padecían enfermedades. ¡Oh, era tal como Sri había dicho! El lago del Espíritu Santo no se halla en la tierra; se encuentra en otro mundo muy diferente. Estaba sentado al lado de la cama de mi amigo, en el hospital, cuando recibí una carta de mi esposa, enviada desde Suecia. Poco antes me había enterado que ella y nuestro hijo habían encontrado últimamente refugio en aquel hospitalario país. Mi esposa decía: “Debemos dar gracias a Dios porque tu madre haya muerto, pues así ya no tendrá que sufrir en el campo judío de Theresienstadt”. Incliné la cabeza. Mi madre había sido un alma altiva y orgullosa. No había egoísmo en ella. Había tenido un último deseo en su vida: Volver a ver a su hijo una vez más. Este anhelo la mantuvo viva durante años en un medio ambiente en el cual la mayoría sucumbía. Pero el cumplimiento de este ardiente deseo le había sido negado. No pude impedir que las lágrimas corrieran por mis mejillas. Algunos de los pacientes en la sala lo notaron y me miraron con curiosidad. Sadananda me cogió de la mano:
- Vamana Das, tu madre está con Krishna, en el reino de Krishna - me dijo a manera de consuelo.
La próxima vez que visité a Sadananda me contó un sueño que había tenido.
- Soñaba que me habían puesto en libertad. Pero cuando salía por la puerta para dirigirme a Vrindavan, donde un amigo, un discípulo de mi guru reside, el guarda me paró y me dijo: “Sí, usted puede marcharse. Pero tiene que llevar al niño con usted”. (Sadananda sonríe.) Era un hermoso y sano jovencito. Pero sus ojos y orejas estaban llenos de tierra. Vamana Das, ¿sabes quién era aquel niño? Oh, sí, lo sabía. Eran mis ojos y oídos espirituales que estaban tapados con tierra. Con el corazón lleno de regocijo, contesté con el mantra que él me había enseñado. “Reverencia al guru que abrió mis ojos, con una varita untada con el elíxir de la sabiduría y apartó las tinieblas de mis ojos”.
Los dos nos echamos a reír.
- Aún tenemos mucho camino que recorrer antes de ir tan lejos - observó Sadananda.
Poco después, repentinamente, pusieron a Sadananda en libertad. Se fue a Vrindavan, la región que según la opinión de muchos bhaktas refleja la brillantez del reino interior de Krishna. Allí, en las orillas del río Yamuna, Krishna había pasado Su feliz juventud entre los pastores. La sala del hospital parecía vacía cuando Sadananda se marchó, aunque todas las camas, excepto la suya, estaban ocupadas. Kahosta, un antiguo peluquero de señoras de Viena, que había introducido con éxito el ondulado permanente entre las jóvenes chinas de Java, miró desdeñosamente a sus restantes camaradas de la sala, y dijo:
- Es muy triste que nuestro compañero hindú nos haya dejado. Le echaremos mucho de menos.
Pero yo me sentía feliz y estaba lleno de confianza. Estaba seguro que volvería a ver a mi amigo una vez más. Sólo una cosa me preocupaba, y era el completo silencio de tantos años de mi primer guru, Sri. ¿Se callaría porque se daba cuenta que de algún modo yo le había sido infiel? Él quiso conducirme a la elevada cima del conocimiento de la Verdad. Pero durante mi amistad con Sadananda aprendí que, a menos que nuestro corazón rebose de amor a Dios, la mayor sabiduría no es nada más que broza, como vainas vacías que es inútil intentar desgranar. Le escribí una carta a Sri, intentando describirle en detalle la revolución interior que yo había experimentado. Él había hecho promesa de silencio durante varios años. Ni hablaba ni escribía, sólo pensaba en el atribulado mundo. Pero ya la promesa estaba cumplida. Recibía una carta de su propio puño y letra:
¡Querido Vamandasji! Usted ha aprovechado bien su tiempo en la India. Bendito sea. Lo bendigo por lo que ha hecho. Y lo bendigo por lo que usted hará en lo futuro.
Pocos días después de recibir esta misiva, inesperadamente, me pusieron en libertad. Cuando cruzaba por la entrada de la doble muralla de púas de acero, el guarda me preguntó como de costumbre:
- ¿Al hospital?
El oficial inglés que me escoltaba contestó:
- No, está libre.
Aún quedaban varios miles de hombres tras las alambradas del campo de concentración.
