Walter Eidlitz


La India Misteriosa

La Noche Sagrada

Invierno en la región del Himalaya. Navidad. La poesía de Novalis. Meditaciones sobre la natividad. Paralelo de la leyenda india. Jesucristo y Krishna. Las andanzas de cheitanya. El avatar del futuro.

Las noches de invierno al pie del Himalaya son frías y tempestuosas. Tümbelbaum y yo a menudo nos helábamos en nuestro destartalado cobertizo, cuyas tres ventanas aún no tenían cristales. En la Nochebuena, Tümbelbaum se marchó pronto, con el fin de celebrar la ocasión en más agradable compañía y beber con amigos de su misma clase. Por lo tanto, Sadananda podría venir a visitarme. Decididamente se estaba mejor en la barraca de Sadananda que en mi pequeño retiro. El fuego crepitaba en la amplia chimenea. Sin embargo prefirió venir a mi frío cobertizo, para que yo no pasara aquella noche solo.

Cuando mi amigo llegó estaba temblando de frío, pues no tenía abrigo. Hasta en invierno iba vestido únicamente con una túnica de algodón color naranja. Lo envolví en mantas, y, como tantas otras veces antes, nos sentamos el uno frente al otro ante la desvencijada mesa. Hablamos del divino Salvador cuyo nacimiento era celebrado en esta fría noche por todo el mundo. Sadananda amaba a Cristo, y yo amaba a Cristo. Pero Sadananda lo conocía mejor que yo, pues él conocía el Cristo eterno.

- Vamana Das, coge papel y lápiz, y escribe - me dijo.

Y entonces recibí un favor que una vez le había pedido. Me explicó las similitudes y diferencias en la adoración de Dios por los cristianos y por los bhaktas indios. Primeramente me habló del valor de la fe (Wagnis des Glaubens) en el oeste y en la India. Habló de la simplicidad infantil de la devoción bhakti y cristiana. Habló de los sacrificios mundanos (Einsatz der Achtung, der Welt), del completo cambio de personalidad de los seres humanos (Verwandlung des ganzen Menschen), de la santidad de la vida… Era la esencia de todo un libro científico, tal vez la obra de toda una vida, que me dictó aquella noche, resumiéndola en cortas sentencias. Se oyó el sonido de una pequeña campanilla en una de las barracas; era un oficio evangelista. Pocas horas más tarde se oyó otra campanilla en otra barraca; era la misa católica de medianoche. Pero los campanillazos y la quietud de la noche eran quebrantados repetidas veces por alborotos y gritos. La mayoría de los soldados europeos de Inglaterra y sus dominios se habían emborrachado. La mayoría de los prisioneros estaban borrachos. De todas las direcciones, de las barracas y de las cantinas, en los diversos recintos del campo, todos ellos hostiles los unos para con los otros, y de los negros paisajes fuera de las alambradas, el salvaje clamor de los borrachos penetraban nuestras paredes.

- Los pobres chicos no pueden resolver sus muchos problemas e inquietudes, y por eso se emborrachan - dijo mi amigo.

La puerta se abrió violentamente. Una fuerte ráfaga de viento se precipitó en el cobertizo. Mi corpulento amigo de cuarto entró tambaleándose. Sin notar, al parecer, nuestra presencia, Tümbelbaum vomitó varias veces, luego se arrojó sobre la cama vestido, sin molestarse siquiera en quitarse las botas, y empezó a roncar. Sadananda continuó tranquilamente, como antes estaba a la mesa. Ni el ruido afuera, ni los sonidos emitidos por el borracho dormido nos afectaban. Permanecimos en silencio un rato, un silencio festivo y feliz. - Bien, ¿qué piensas, Vamana Das? - me preguntó mi amigo un poco después.

Recité lentamente algunos versos de Novalis, los cuales recordaba con cariño desde mi infancia:

“Ein Gott für uns, ein Kind für sich, liebt er uns all herzinninglich. Aus Kraut und Stein, aus Meer und Licht schimmert sein kindlich Angesicht” *

Una sonrisa iluminó el rostro de Sadananda.

- Es magnífico, Vamana Das, que hayas traído esos versos de Europa a la India - dijo levantándose y mirándome con los ojos brillantes -. Pero, ¿recuerdas los versos proféticos del vidente Novalis puestos antes de los que acabas de repetir?

Yo continué con satisfacción:

"Geuss vater ihn gewaltig aus. Gib ihn aus deinem arm heraus!”

Permanecimos en silencio. Luego Sadananda puso sus dos manos sobre mis hombros durante un momento.

- Tengo que marcharme ahora. Piensa en Aquel que en una noche como ésta descendió a la negra Tierra. ¡Feliz Navidad, Vamana Das!

Con pasos ligeros se marchó, desapareciendo en la obscuridad de la noche. Mientras mi camarada Tümbelbaum dormía bajo los efectos de la borrachera, escupiendo muy cerca de mí, yo en mi lecho yacía completamente feliz. Pensé en el Niño que hacía cerca de 2 000 años había nacido en un pesebre, porque todas las casas y posadas de Belén estaban llenas de huéspedes. Humilde y temerosamente, José y María se inclinan sobre el Niño recién nacido. Las palabras del ángel quedaron impresas en el corazón de la divina madre. Los animales del establo respiraban tranquilamente al lado de la humilde cuna del niño. Casi nadie en el mundo sabía que al fin el tan deseado hijo de Dios había llegado a la tierra. Solamente unos cuantos pastores, conducidos por voces divinas, fueron a adorar al Niño. Y tres magos de oriente le trajeron regalos.

Yo reflexionaba sobre los particulares de la sagrada historia, que es conocida por todos nosotros. Pero, también, pensé en otro Niño sagrado que nació en la India miles de años antes. Aquel Niño, también, llegó al mundo en una noche obscura, y el escenario de su venida es aún más lamentable que el establo de Belén. El Niño Krishna nació en una cárcel. Su padre y Su madre estaban encadenados en la pared de la prisión, cargados de pesados hierros. Un rey malvado llamado Kamsa, que se parecía al siniestro rey de los judíos, Herodes, gobernaba sobre la Tierra en aquellos tiempos. Había matado a todos los hermanos de Krishna, porque había sido profetizado que un hijo de estos padres un día lo destronaría y lo mataría. El Bhagavatam dice que Vasudeva, padre de Krishna, recibió al Niño Divino primeramente en su espíritu. Luego transmitió el divino ser al espíritu de su joven esposa Devaki. Mientras ella llevaba el niño sagrado, un esplendor que iluminaba toda la casa la rodeaba, y el rey endemoniado fue sobrecogido de terror. Cuando el Niño nació, tanto el padre como la madre reconocieron petrificados la majestad de la criatura, y se postraron de rodillas ante Él, cantando himnos en Su alabanza. Pero aunque Devaki, la joven madre, sabía muy bien que el eterno Dios todopoderoso estaba encarnado en su hijo, su corazón de madre estaba lleno de temores. Llena de zozobra suplicó al recién nacido: “Oculta Tu divina majestad para que el terrible rey no pueda verte”. Krishna obedeció a Su afligida madre y ocultó Su majestad. Entonces asumió la figura de un pobre ser humano. Mientras la madre cansada permanecía rendida por el sueño, el padre cogió al niño en sus brazos, por orden de Krishna. Sus cadenas desaparecieron. Las puertas de la cárcel se abrieron delante de él. Vasudeva pasó por entre los guardas dormidos, y desapareció en la obscura noche llevando el Niño en brazos. El río Yamuna se interponía en su camino. Pero su corazón le decía cual camino debía tomar. Las aguas del río se apartaron, para que él pudiera pasar entre las murallas de aguas inquietas. Ileso, alcanzó la orilla opuesta y continuó su camino hacia la comarca pastoral de Vraja, llevando aún el Niño consigo. Aquí también todo el mundo dormía. Los animales dormían, la gente dormía. El rey pastor, Nanda, dormía en su casa. La reina pastora, Yasoda, dormía. Acababa de dar a luz a una niña, pero se hallaba en un estado hipnótico y no sabía aún si había dado nacimiento a un niño o a una niña.

Cuidadosamente, Vasudeva entró y puso a su hijo, Krishna, en el regazo de la reina, y cogió la niña de los pastores en sus brazos. Volvió por el mismo camino que había venido, y puso la niña en los brazos de su dormida esposa. Las puertas de la cárcel se cerraron una vez más tras él. La criatura empezó a llorar. Los guardias se despertaron y, estupefactos, echaron a correr para comunicar al rey las noticias que él esperaba con temor, año tras año.

Poseído de una siniestra determinación, el Rey Kamsa corrió a la prisión, cogió al recién nacido por los pies y lo arrojó contra la pared con el fin de estrellarlo. Pero la criatura se desvaneció en humo. Y de todos los rincones de la Tierra, a través de la encantada noche, una risa llegaba hasta los oídos del Rey Kamsa. Y con la risa las palabras: “¡Pobre desgraciado! ¡Creías que podías matarme! Yo soy Maya. Y esto ha ocurrido según la voluntad de Dios. Krishna está a salvo. Ay de ti, rey Kamsa. No te escaparás de la destrucción”. A esta altura las dos historias quedan entrelazadas. Amedrentados por la cólera del rey Herodes, quien ordenó que todos los recién nacidos en Belén fuesen asesinados, María y José huyeron con su hijo a Egipto. Jesús estaba salvo. El niño fue llevado al templo de Dios, y el viejo Simeón reconoció al prometido Mesías. Lo cogió en sus brazos y gritó alegremente:

- Señor, permite que Tu criado continúe en paz…, pues mis ojos han contemplado Tu esplendor.

Krishna creció a salvo de todo peligro en la tierra de los pastores, aunque Kamsa envió sus temibles demonios a través del río para destruirlo. Tan pronto como Krishna los tocaba, sus terribles cuerpos caían muertos. Pero al mismo tiempo estas terribles criaturas eran salvadas por su contacto con Krishna, cuando Él las tocaba con Su mano, Sus piececitos o Su boca infantil. Ante los ojos de todos ellos entraban en Su divina luz.

Muchos otros cuentos narrados en el Bhagavatam acerca de la infancia de Krishna se despertaban en mi memoria. Una vez el pequeño estaba sentado en el regazo de Yasoda, y ella Lo miraba muy amorosamente. Satisfecho después de haber recibido la leche materna, el Niño bostezaba soñoliento. Al mirar la madre en la boca abierta del Niño, vio muy sorprendida toda la tierra y el sol y la luna y los cielos estrellados.

- ¿Quién eres Tú, Krishna? - preguntó maravillada.

El Niño volvió a cerrar la boca y le sonrió. Poseída de intenso amor maternal, Yasoda olvidó inmediatamente lo que había visto, y acarició y besó al pequeño Krishna. Otra vez, Yasoda quería atar las manos de Krishna para castigarlo. El pequeño se había subido a un taburete y había roto un tarro de mantequilla. Había comido una gran cantidad de mantequilla, y también le había dado al gato y a los macacos. Sin embargo, la cuerda con que Yasoda iba a atarle las manos resultó muy corta. La tendedera no era suficiente tampoco. La añadió con otro trozo de cuerda, pero aún no era lo bastante larga. Pronto todas las vecinas la rodearon riéndose de sus esfuerzos para hallar trozos de cuerda para atar las manos de Krishna. Todas las cuerdas resultaron cortas. Entonces el Niño, que lloraba en un rincón, vio que Su madre temblaba en sus vanos esfuerzos, y que el sudor corría por su rostro. Él, el Eterno, cuya infinidad los mayores yoguis y sabios, aún en honda meditación, no habían sido capaces de sondear, sintió pena por Su madre, y se tornó un niño obediente, y dejó que Le atara las manos la que tanto Lo quería. La puerta del cobertizo de las herramientas estaba completamente abierta. Tres borrachos asomaron sus cabezas.

- ¡Tümbelbaum! ¡Tümbelbaum! ¡Tümbelbaum! ¡Ven a tomar otro trago! - gritaban.

De mal humor, Tümbelbaum gruñó dormido y se volvió hacia el otro lado. Aquellos hombres empezaron a cantar con voz ronca una canción callejera, luego dieron un portazo y se marcharon tambaleando, agarrándose unos a otros, y fueron a llamar a la próxima barraca.

Las historias de cómo Dios descendió a la Tierra en diferentes épocas, están entrelazadas las unas con las otras. Él también, el oculto divino Salvador acerca del cual el oeste nada sabe, había nacido a medianoche. Una hermosa luna de primavera alumbraba la tierra. Pero se acercaba un eclipse de luna. El reluciente disco del cielo nocturno se obscurecía. La gente empezó a cantar. Muchos entraron en el Ganges, llenos de reverencia, con el fin de bañarse allí, y, según la antigua tradición, invocar a Dios durante el eclipse de luna. Todos ellos cantaban. En ese momento nació Krishna Cheitanya. Envuelto en el nombre de Dios, cuyo sonido hacía temblar el firmamento, vino Krishna Cheitanya al mundo. Su venida, como el nacimiento de Cristo, fue proclamada muchos siglos antes por profetas y sabios.

Un anciano había rogado ansiosamente a Dios durante muchos años para que el Avatar Dorado descendiese a la tierra desde el reino de Dios. Y el avatar vino. Cuando el Niño nació, se dice que una inmensa multitud de extranjeros acudió alegremente a la casa del asombrado padre y se arrodillaron delante del Niño, trayéndole ricos presentes. Según las historias contadas por el pueblo, estos extranjeros eran Brahma el creador, y Siva el destructor, y otros seres celestiales, disfrazados. Vecinos y amigos de la madre del Niño vinieron a verla con regalos. Con el fin de conocer el carácter del recién nacido, pusieron delante de Él joyas, monedas de oro y de plata, sedas, un terrón de tierra, y un libro: el Bhagavatam. Sin la menor vacilación, el Niño cogió el libro en el cual los hechos del amor de Dios eran alabados, lo rodeó con Sus brazos y lo estrechó contra Su pecho. Bailando y cantando, Cheitanya anduvo a través de la India, del Ganges al Cabo Comorín, en el Sur. Los árboles marchitos reverdecían a Su paso. Los animales del bosque Lo reconocían y Lo seguían. Y todas las personas que se encontraban con Él o Lo miraban quedaban embargadas por el amor de Dios… Hombres sencillos y sabios filósofos de la escuela de Sankaracharya, mendigos budistas y mahometanos, los sin casta, y brahmanas, ministros, príncipes, y el que regía un poderoso reino. Ocurrió que una vez dos famosos ladrones quisieron asesinarlo, porque estaban furiosos de que Él y toda la ciudad con Él cantasen el nombre de Dios. Cuando sus asesinas manos tocaron a Cheitanya, ellos también se quedaron embargados de amor y empezaron a cantar el nombre Divino.

Krishna Cheitanya no hizo milagros. No mató demonios. Raras veces se oye decir de Él que curó enfermos o resucitó muertos. Pero miles de personas fueron curadas por Él de los más terribles males que existen: el mal de no conocer el amor. Repetía quedamente el mantra que Sadananda me había enseñado:

“Alabo al más generoso. A Ti que proporcionas amor por Krishna, A Ti, Krishna llamado Krishna Cheitanya, Que brillas como el oro derretido”.

Durante 48 años Cheitanya anduvo por la Tierra, como dicen los bhaktas: “Envuelto en la belleza de Radha y Su amor a Dios”. Él amó muchísimo a Krishna. Luego, un día desapareció. El pueblo dice que volvió a identificarse con Krishna. En muchos pueblos de Bengala los campesinos aún cantan Sus canciones y algunos esperan Su regreso, el cual prometió. Durante 400 años Lo han estado esperando, y por las noches Le cantan y Lo esperan. Otros también, esperan al Salvador, al prometido avatar del futuro. Todo el mundo espera al que descenderá de los cielos. Hacia la madrugada el alboroto se calmó afuera. ¿Fue que oí cantar las canciones de Navidad? “Noche silenciosa, noche sagrada”. Como dos capullos de rosa que brotaran de la misma raíz, los cuentos de los salvadores de oriente y de occidente extendieron sus tallos hacia mí:

“Ein Goth für uns, ein Kind für sich, liebt er uns all herzinniglich. Aus Kraut und Stein, aus Meer und Licht schimmert sein kindlich Angesicht. Geuss Vater ihn gewaltig aus. Gib ihn aus deinem Arm heraus!”

Aquella noche me pareció que había estado toda mi vida en el fondo de un pozo profundo, mirando ansiosamente hacia lo alto el trocito de cielo visible por la abertura arriba. Veía allí una estrella querida. Se llamaba Cristo. Pero ya había empezado a subir por las paredes del pozo. La estrella brillaba cada vez más cerca y el amor crecía por momentos. Y ahora ya no estaba sola. Por todos lados brillaban otras maravillosas estrellas, otros salvadores hermanos, todo un cielo estrellado de insondable amor Divino, que descendía hacia mí. Los Salvadores de Dios que descendieron a la tierra, uno tras otro, parecían ser diferentes. Brillaban con diferente esplendor y diferente fuerza. Unos estaban más velados, otros menos. Y sin embargo, en realidad no eran diferentes. Todos eran revelaciones del Único. Todos procedían de la misma luz, la misma antigua luz, el mismo divino Ser original.

No sé si me había dormido o si aún estaba despierto. Me parecía, sin embargo, como si me hallara en presencia del prometido avatar del futuro, que era pura luz y amor.

-¿Cuál es tu nombre? - pregunté.

- Mi nombre es “Vengo” - contestó.

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