Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Adiós a la India

Adiós al campo de concentración. - visito a Sri en Mahabaleshvar. - solo en Bombay. - Gandhi bien acogido por las multitudes. - su hijo canta. - la visita a Sadananda. - me inicia el Swami Bon. - embarque para Europa. - vuelo de Londres a Suecia. - reunido con mi familia.

La primera visita que hice al dejar el campo fue a Sri. Él se había retirado a la región montañosa de Mahabaleshvar, donde yo pasé un verano con él. Como entonces, me senté a los pies del buen hombre. Aún mantenía la promesa de silencio que se había impuesto durante muchos años. Pero todas las mañanas y tardes, cuando yo lo saludaba inclinándome reverentemente, él acariciaba mi pelo con su delgada mano, a manera de bendición, y me miraba bondadosamente con su sonrisa de niño inocente. Rana también estaba allí. Una vez más Rana y yo vagamos por los bosques, donde las maravillosas orquídeas crecían en las musgosas ramas de los árboles, y donde de cuando en cuando nos sorprendía la vista de algún hermoso paisaje de valles o barrancos en el espacio libre entre el follaje de los árboles, y algunas veces hasta divisábamos el lejano mar. De Mahabaleshvar me fui a Bombay, a fin de obtener un pasaje para Suecia. Pues hacía ya más de ocho años que no veía a mi familia, y mi valerosa esposa había cargado con el peso de la responsabilidad, completamente sola todo este tiempo. Ahora se encontraba con sus fuerzas agotadas. Ven y cuida de tu hijo, me había escrito. Me encontré completamente solo en Bombay, corriendo de una administración a otra, y en todas partes tenía que llenar largos cuestionarios, a fin de probar que mi viaje era necesario. No solamente yo, sino los ejércitos enteros que habían luchado en Asia, esperaban la oportunidad de ir a casa. Sadananda estaba lejos; él y su amigo Swami Bon se habían ido a Assam, en el más lejano extremo de la India, cerca de la frontera china. Por cierto, que yo le había escrito diciéndole que me gustaría volver a verle. Pero ¿de qué valían las cartas o los telegramas, cuando toda la India se había paralizado durante semanas por una huelga general de correos y telégrafos? Montones de cartas y telegramas yacían en las abandonadas administraciones de correos. También había rumores de una amenaza de huelga en los ferrocarriles. Los empleados de banco, que exigían aumento de sueldo, distribuían hojas impresas por las calles en lugar de ocupar sus puestos en la oficina. De cuando en cuando, columnas de manifestantes recorrían la ciudad con banderas rojas que llevaban pintadas la hoz y el martillo. Bombay había cambiado mucho durante los años pasados desde que llegué allí. Únicamente los agudos coros de voces del mercado del oro continuaban lo mismo. Un día leí en los periódicos que Gandhi había llegado a Bombay, en visita relacionada con importantes asuntos políticos. Aquella tarde subí a un autobús atestado de pasajeros, y me dirigí al distante distrito fabril donde el Mahatma vivía y celebraba diariamente sus mítines y oraciones. No hay en todo el país un palacio que no recibiera gustoso al anciano como huésped. Pero en sus visitas a las grandes ciudades él prefería vivir en los barrios bajos, en medio de los trabajadores de las fábricas indias y de los sin casta, porque se consideraba hermano de ellos. Yo estaba apretujado entre aquella multitud de gente, muchos de los cuales jamás habían comido satisfactoriamente, o nunca habían aprendido a leer o a escribir, o hasta recientemente no les habían permitido ejecutar otros trabajos que los más serviles. Muchos de ellos levantaban sus hijos en lo alto para que una vez en la vida pudiesen ver al Mahatma. Los millones de hindúes no veían en Gandhi al político afortunado o al abogado. Lo amaban porque creían que era un santo, que bajó a la arena política por amor al pueblo oprimido.

Gandhi se sentaba en un sillón situado en lo alto de una plataforma, frente a la multitud reunida. Parecía cansado, las manos cruzadas sobre las rodillas, los ojos cerrados. Era un día de la semana en que él solía observar silencio. Por lo tanto otra persona leyó su corto discurso. Pero cuando sonó el altavoz, las primeras palabras que oímos no fueron las del mahatma. Sorprendido, oí que la poderosa resonancia de los primeros versos del Isopanisad sonó en la plaza rodeada de fábricas. El Isopanisad es mucho más viejo que el Bhagavad-gita, pero durante miles de años el estudio de las enseñanzas esotéricas de los Vedas había sido introducido con este Upanisad. El mismo Sri lo había observado cuando me instruía. Los Upanisads contienen la esencia de los secretos de los Vedas, de los cuales estaban estrictamente prohibidos de participar los sin casta de la antigua India. Ahora fluía en ondas rítmicas por encima de las cabezas de los intocables.

“Ish vasyam idam sarvam, yat kinca jagatyam jagat…”

Estos versos significaban: “Que todo el Universo, y todo lo que mueve a este mundo perecedero sea envuelto en Dios, el divino Señor…” Pero el antiguo sánscrito tiene una plenitud y riqueza que hace imposible la traducción de los versos con la concisión del original. Las palabras insinuaban también que debemos tener siempre en cuenta que nuestro mundo esta lleno de Dios, investido de Dios, habitado por Dios, penetrado por Dios. Mientras yo estaba entre aquella multitud, bajo la fuerza de las atronadoras palabras, pensé: este verso de los Upanisads es como un umbral. Si uno es beneficiado por el significado del verso, puede vivir en medio del mundo, con sus ruidos y luchas, sin hundirse. Sólo entonces se puede pisar el camino infinito que empieza aquí, y conduce al reino del amor divino. La voz del Upanisad se había callado; la multitud también estaba en silencio. Uno de los hijos de Gandhi empezó a cantar en la plataforma. Los versos que recitaba también me eran familiares. Era uno de los nombres de Dios, el del divino Rama, que Sadananda y yo habíamos cantado juntos con los niños felices en la vertiente del Himalaya.

10, 20 veces, el hijo de Gandhi cantó el nombre de Rama. Luego dijo a la multitud: “¡Cantad conmigo!” Tímidamente al principio, pero elevando la voz poco a poco, llenos de alegría, empezaron a cantar todos ellos: limpiadores de letrinas, peones indios, barrenderos, trabajadores de las manufacturas de algodón, y mujeres cuyo trabajo era estar de pie medio desnudas en las abigarradas mezclas de tintorerías, retorciendo largas telas empapadas de tinte; cuarenta o cincuenta mil personas cantaban, y yo con ellas. El hijo de Gandhi mostraba a la multitud, con los brazos extendidos, cómo debían llevar el ritmo batiendo palmas. Y todos nosotros cantábamos batiendo palmas:

“raghupati raghava raja ram patita pavana sita ram”.

Se diría que no querían ya dejar de cantar, extasiados con el nombre de Rama, el nombre del divino salvador que había descendido a la Tierra y levantado a los caídos. Muchos de los que cantaban se volvían temerosos, tal vez por primera vez, hacia Dios. El anciano, que dice en sus memorias que el nombre de Rama lo libró del temor, sentado en la plataforma, escuchaba. Nadie hubiese podido adivinar entonces, que antes de iniciarse un mitin similar de oraciones, un fanático dispararía contra el mahatma, a fin de silenciar la voz que incansablemente insistió en que uno debe amar a sus enemigos.

Gandhi desapareció dentro de la cabaña donde vivía. Las multitudes llenaban los autobuses. Me di cuenta de que tendría que esperar donde estaba por lo menos una hora. Así pues, decidí coger uno de los autobuses casi vacíos que se dirigían a las afueras de la ciudad.

Con el ánimo muy alegre, vi cómo pasábamos a través de feos suburbios, entre barracas, fábricas, montones de grava, garajes y hangares. Yo trataba de comprender lo que Sri me había enseñado, y lo que se explica en el Upanisad, que no hay una sola mota de polvo que no tenga su principio en Dios, y que mi propio corazón tiene su principio en Él.

Al hacerse de noche, salí del autobús al azar, y pregunté un tanto preocupado a un transeúnte si había algún tranvía o autobús que fuese en dirección de mi posada. El hombre se echó a reír.

- No tiene usted por qué tomar ningún vehículo, señor. Su posada está a unos 200 pasos más adelante.

Sin darme cuenta había vuelto a casa.

En la posada me esperaba una carta. Un mensajero me la entregó. Era la noticia que yo esperaba. La Compañía American Express me notificaba que tenía reservado para mí un pasaje en un barco que saldría en día no muy lejano. A la mañana siguiente empecé otra vez mis idas y venidas por las varias administraciones gubernamentales, respirando una vez más el aire viciado de aquellos lugares, y llenando impresos. A la hora de la comida tenía todos los papeles en mi poder, los cuales fueron sellados según los requisitos: permiso para salir de la India, autorización para cruzar por territorio británico, permiso de entrada en Suecia, etc. En mi interior, sin embargo, sentía tener que dejar la India, país al cual amaba, sin haber visto una vez más a mi amigo Sadananda, y sin haber sido iniciado.

Cansado y afligido, estaba echado en mi cama soportando el calor del mediodía, en una habitación que compartía con cuatro ancianos, cuando de pronto me pareció oír la voz de Sadananda. Alto y delgado, vestido con su ligera túnica de monje, entró con sus pasos ligeros. En cierta ocasión, en el campo, él me había dicho: “Si en realidad me necesitas, iré a buscarte, aunque te encuentres a mil millas de distancia”. Y ahora llegaba en el momento preciso.

- Levántate, Vamana Das - dijo -. ¡Date prisa! El tiempo es precioso. Ponte tus mejores ropas. Swami Bon espera en el coche, abajo.

- No podemos quedarnos aquí más de dos días, tal vez tres - explicaba Sadananda mientras corríamos escaleras abajo -. Hemos venido para encontrarte antes de tu partida para Europa. Y Swami Bon te dará el sagrado nombre de Dios y el rosario indio de Tulasi.

El amigo de Sadananda, Swami Bon, esperaba sentado en el coche frente a la puerta. El hombre que había sido enviado a Europa por su guru, Bhaktisiddhanta Saraswati. Era el primer bhakta que Sadananda había encontrado. Swami Bon, cuyas bellas facciones y tranquilos ojos yo había visto en un retrato que Sadananda me mostrara, parecía más viejo de lo que yo esperaba. Toqué sus pies con mí frente a manera de saludo y subí al coche. Él me abrazó cordialmente. Partimos. No nos preocupamos por los dos hombres vestidos a la usanza india que de pie, frente a la puerta de la posada, nos miraban con ojos sospechosos. Probablemente eran miembros de la policía secreta.

Pasamos tres días juntos. Andábamos descalzos entre la muchedumbre en el gran patio del templo de Narayana. Este templo es la sede de la ortodoxia india, y en sus paredes el pandita explica las escrituras a un círculo de oyentes acurrucados alrededor de él. Pasamos adelante. Los tres nos sentamos en la playa. Comimos juntos, esforzándonos primero en sacrificar el alimento a Dios como un don de amor, y recibirlo luego de Él como una gracia divina, y participar de él en comunión con Dios, una mutua reciprocidad de amor.

- Llévate al oeste el tesoro espiritual que has encontrado aquí en la India - me dijo Sadananda cuando nos despedíamos en la estación central en Bombay.

El tren que mis amigos habían tomado dejó la estación. Ellos volvían a Vrindavan, la región donde Krishna pasó Su juventud en los bosques, entre pastores. Y yo subí a bordo del gran barco que había de llevarme a Europa. El majestuoso y super-atestado barco parecía ser irreal, una cosa de ensueño. Éramos nueve en tres literas, unos encima de otros, en un camarote destinado para dos. Durante los catorce días del viaje se oía incesantemente el altavoz en todos los rincones del enorme barco. Los programas de música se interrumpían constantemente por órdenes militares y advertencias disciplinarias. Generales y soldados ingleses, enfermeras y sacerdotes del ejército, volvían a sus casas en este navío, y también un grupo de artistas de cabaret y bailarinas de uniforme. Estas últimas habían dado representaciones en los grandes campos de Assam y Burma, a fin de comunicar un poco de alegría a las cansadas tropas del frente. Se pasaban todo el día echadas sobre la cubierta del barco, vistiendo calzones caqui o shorts, como si estuviesen pasando las vacaciones en la playa. Por las noches bailaban y lucían trajes de noche con los oficiales británicos en la cubierta iluminada y festiva. “¡Olvidar, olvidar todo lo que ha ocurrido!”, Parecía ser el lema de todo el mundo. Entretanto, 900 italianos prisioneros de guerra que regresaban y fueron admitidos en el último momento como pasajeros en el atestado barco, yacían amontonados en una cubierta inferior, más obscura. Cuando se avistó la costa de Calabria, estos italianos gritaron como salvajes y se precipitaron a la barandilla haciendo balancear el buque. Al día siguiente desembarcaron tranquilamente en un Nápoles devastado, en larga columna, cada uno de ellos con un pesado paquete. Continuamos el viaje. La impaciencia y la zozobra se apoderaba de los que estaban a bordo cuando el buque, al salir de Italia, rodeó buena parte de Europa, pasando por las costas de Marruecos, España, Portugal y Francia. Luego entramos en el Canal de la Mancha, y las olas se tornaron más grises. Yo también estaba impaciente, ansioso por llegar a casa. Salí de Londres en avión, aunque el billete era demasiado costoso para mi bolsillo. La niebla flotaba sobre Inglaterra y envolvía el aeroplano. Mal podía uno ver más allá de la punta de sus alas. Por algún tiempo encontramos muchos baches, uno tras otro, pero cuando volamos sobre el Mar del Norte, brillaba el sol. El sol resplandecía en las verdes pendientes de Jutlandia, la cual cruzamos de extremo a extremo en muy pocos minutos. El sol brillaba también en los arrecifes graníticos de las islas costeras de Suecia. Con el ruido del motor podía cantar en voz alta sin que nadie me oyera. Canté la mantra del nombre de Dios que me proporciona amor, y que seguramente nunca había sonado antes sobre esta tierra y estas aguas. Canté las palabras de alegría con las que Krishna Cheitanya, el avatar oculto de la época de la ignorancia y superstición, había alabado el poder del nombre de Dios.

A medianoche, llevando mi viejo salacof tropical, y respirando el aire fresco del norte, esperaba en la estación ferroviaria de una pequeña ciudad sueca.

Unos pasos más adelante permanecía mi esposa con la cabeza inclinada. Parecía que había perdido la esperanza de que yo volviera jamás. A su lado se encontraba un chico delgado de unos trece años de edad. No tenía más que cuatro años cuando lo dejé.

¡Papá! Gritó con su voz clara, y me quitó la maleta de la mano.

Ella, a quien Sri había denominado Shanti, Paz, alzó la cabeza y vino hacia mí sonriendo. En aquel momento me pareció que nos habíamos separado pocos días antes.

En la habitación que se puso a mi disposición en una hospitalaria casa en la orilla del bosque, empecé a contar a mi esposa mis aventuras. Pasé toda la noche sentado a su lado contándole mi historia, cuyo relato continuó durante los días y las noches siguientes. Y sin embargo, me di cuenta de que no había llegado más que al principio de la inagotable historia, que tenía que contarle. Yo veía el regocijo de mi esposa cuando le hablaba acerca del amor de Dios en la India, y le cantaba las canciones de los bhaktas, que mi amigo Sadananda me había enseñado.

- Papá, ¿puedo escuchar? - preguntó mi hijo, que tímidamente había abierto la puerta del dormitorio y descalzo se puso ante nosotros.

- Sí, siéntate a nuestro lado y escucha - dijo mi esposa.

Y continué mi canción. Era una que se refería a Krishna Cheitanya. Fuera, los gimientes abedules murmuraban arrullados por la brisa suave. ¡Era asombroso!… Era el murmullo de los árboles del norte, y no el estruendo de los ríos del Himalaya.

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