La Diosa Blanca Como La Leche
Bajo mi palabra de honor. Cantando el nombre de dios en el campo. Siguiendo multitudes de niños. El templo de Devi. Durga, la carcelera.
Durante los últimos años de nuestro encierro las autoridades del campo nos permitían dejar el campo por algunos días, y hacer lo que se llamaba “excursiones bajo palabra de honor”. Nos exigían que firmáramos anticipadamente un escrito en el cual nos comprometíamos a regresar puntualmente en un tiempo fijado de antemano y no tener contacto con ningún indio. La violación de este convenio era castigada con un largo encierro.
- Ve por esos bosques y canta el nombre de Dios - me dijo Sadananda -. Aunque no hayas recibido todavía la iniciación en nombre de Dios, puedes cantar. Conoces muchos nombres de Dios del Bhagavatam y otros escritos. Canta los Nombres y pon en tu canto todas tus ansias para que un día puedas realmente servir a Dios en Su propio reino, en confidente y amante devoción. Canta: ¡Krishna! ¡Krishna! ¡Krishna! Las vibraciones de tu canción conmoverán el atma dormida de las piedras, de las flores, de los pájaros y animales a tu paso, y sus almas se despertarán por un momento y recordarán su verdadera naturaleza: amar y servir a Dios eternamente… Ésta es la redención de la tierra.
¡Qué maravilloso era hacer estas excursiones con Sadananda! Eran muy pocas, y además él no se sentía bien. Después de la recogida del panecillo en el campo de los deportes, nos dirigíamos a la salida, donde nos daban otro panecillo al salir por la puerta de la alambrada hacia la carretera. Íbamos en fila india a lo largo de un estrecho sendero entre florecientes zarzales mojados que nos azotaban las piernas, cruzábamos las altas hierbas de los prados humedecidas por el rocío de la mañana, y seguíamos el río, cuyas aguas ahora corrían murmurantes sobre la grava. Vadeábamos descalzos las límpidas aguas de la corriente. Era fácil descalzar y volver a calzar las sandalias que estaban atadas únicamente con una tira al dedo gordo. Caminábamos por campos sembrados de trigo, cuyos tallos nos hacían pensar en las lanzas de los soldados cuando se batían unos contra otros por encima de nuestras cabezas. De cuando en cuando, hacia el norte, vislumbrábamos una cadena de montañas tras las copas de los frondosos árboles.
Aprendí a ver el mundo como lo veía mi amigo. Él me enseñó a amar la tierra india y los ríos indios más de lo que lo había hecho antes. Esta tierra es sagrada, porque desde tiempos inmemoriales los salvadores divinos la han cruzado con los pies descalzos muchas veces. Los ríos son sagrados porque los pies de los divinos salvadores los han vadeado repetidamente.
- La verdadera grandeza de la India no es su riqueza natural ni su gran población, tampoco es su arte ni su historia - explicó Sadananda -. La verdadera grandeza de la India consiste en el hecho de que, de tiempo en tiempo, los divinos salvadores, que dimanan de Dios y a Él vuelven, han elegido esta tierra como lugar de morada. Sólo una vez, tal Salvador ha ido al oeste, impulsado por el poder de Dios. ¿Sabes a quién me refiero? Hice un signo afirmativo.
Pensé en el que con los pies desnudos había andado por las aguas del río Jordán. Pensé en los pies de Cristo que habían andado por las montañas de Galilea, por los grandes sillares del templo y su patio, y sobre los duros guijarros y estrechas callejuelas de Jerusalén hacia el Gólgota.
Del pueblo próximo una multitud de niños harapientos vino corriendo hacia nosotros; interceptaban el camino parados ante nosotros, pidiendo: “¡sahib, cigarrillos! ¡sahib, cigarrillos!” Sabían que los que estábamos internados no teníamos dinero. Sadananda se rió y les dio dulces en lugar de cigarrillos. Antes de emprender las excursiones, generalmente compraba dulces para los niños con el papel moneda especial del campo. Ahora empezaba a batir palmas y a cantar el nombre de Rama, el nombre del gran salvador divino que levantaba a los caídos, los redimía y purificaba:
“raghupati raghava raja ram patita pavana, sita ram”
Toda aquella tropa de niños nos seguía, cantando y batiendo palmas rítmicamente. Algunos años más tarde, cuando Sadananda cayó enfermo durante mucho tiempo en el hospital del campo, y yo hacía estas excursiones solo, los niños solían correr detrás de mí para preguntarme: “¿Dónde está el swami? ¿Dónde está el swami?”, Y cantaban.
“raghupati raghava raja ram…”
Aún ahora se podía oír el canto de los niños a distancia. Sadananda y yo descansábamos cerca de una fuente. Un brahmana bajaba la pendiente de la montaña montado en un asno. Cuando llegó a la fuente se apeó, se lavó de pies a cabeza, bebió y se enjuagó la boca, musitando sus mantras todo el tiempo. Nosotros sabíamos que estaba cantando la antigua fórmula que cambiaría el agua de la fuente por la de los siete ríos sagrados de la India:
“¡Oh, Ganga! ¡Oh tú, Yamuna! ¡Godavari! ¡Saraswati! ¡Narbada! ¡Sindhu! ¡Kaveri! ¡Haced de esta agua vuestra morada!”
Sadananda también hacía esta invocación a los siete ríos sagrados antes de beber. Bebía sin tocar el agua con las manos. Se bañaba debajo de una pequeña cascada y mientras, cantaba alegremente: “shivo’ ham, shivo’ ham, yo soy Siva, yo soy Siva, yo soy Siva, como Siva, criado de Krishna”. Muchos bhaktas de la India adoran la excelsa alma de Siva no como el señor del mundo, no como el Destructor, no como el señor de los yoguis, sino más bien como el ideal de bhakta. En él yo interior, Siva es un bhakta de Dios, que medita en Krishna con la más honda devoción. Las viejas leyendas dicen que las paredes de la casa de Siva, el Kailas, están cubiertas de frescos que representan escenas de la vida de Krishna. Cerca de un grupo de viejas piedras alegóricas, levantadas en honor a Siva, había un ruinoso abrigo para peregrinos y un templo dedicado a Maya, que a menudo se llama simplemente Devi, la diosa. Los santuarios de Siva y Maya generalmente están cerca el uno del otro. El templo, rodeado de robustos mangos, está situado al lado de la vieja carretera de peregrinos que va desde la ciudad de Hardvar hasta las fuentes del río Yamuna muy arriba, en las regiones de las nieves eternas. Aquí la gran señora del Universo lleva un nombre que yo no había oído en ninguna otra parte de la India. Se llama Dudhya Devi, la Diosa blanca como la leche. Esto trajo a mi memoria el sueño que había tenido respecto a Ulises, y las extrañas palabras que Homero hace que el mensajero de los dioses diga a Ulises: “Blanca como la leche es la flor…” Aquí Maya es adorada como la señora de todos los mundos. Me la imaginé como la diosa Arbuda de negro rostro, ante la cual había estado con Sri, en la cueva dentro del monte Abu. Me la imaginé como el gigantesco Kali de sangre roja, en la cueva tenebrosa de la montaña. Ahora me encontraba otra vez delante de ella, donde se mostraba a la luz del día. Estaba envuelta en un simple velo fino, y esta vez su color era blanco como la leche. Pero en todas partes ella era siempre la misteriosa Maya. Según la costumbre india, Sadananda dio tres vueltas al templo de Devi, siguiendo el curso del sol, y yo le seguí detrás. Es adorada y alabada en la Tierra bajo muchos nombres por aquellos que ruegan por dones terrenales, hijos, riquezas, cura de enfermedades.
Sadananda se sentó un largo rato con las piernas cruzadas en el fresco templo, en torno al cual el Himalaya se extendía en toda su hermosura, con sus boscosas vertientes, sus torrentes y valles. Él cantaba a la gran Maya. Parecía que hablaba con ella.
- ¿Qué le cantas a Maya? - le pregunté cuando volvíamos a casa, caminando a través de la floresta, por praderas y declives cubiertos de césped, descendiendo de las empinadas colinas hacia el campo de concentración, donde teníamos que estar a la hora fijada -. ¿Cómo puede un bhakta de Krishna alabar a la señora que proporciona falsos dones mundanos?
- La encantadora Maya - dijo sonriendo -, la austera castigadora de nuestro mundo, realiza su obra al servicio de Krishna. Uno de sus muchos nombres es Durga, que significa cárcel. Yo he hablado a Durga, la carcelera, que sirve a Krishna en el exilio, acerca del reino oculto de Krishna, al que ella misma no se atreve a aproximarse. Me detuve sorprendido. Las piedras debajo de mis pies se desmoronaban.
- Le he hablado a Durga acerca de Radha - continuó Sadananda -, que Es la personificación del poder regocijante de Dios, y que sirve a Krishna con indecible amor en Su reino interior. Así puede un bhakta de Krishna honrar a la gran Maya, y proporcionarle alegría. Porque ella es como una sombra de Radha.
Frente a la garita del centinela, a la entrada del campo, se reunía una multitud de prisioneros que volvían a su morada. Nos pasaban lista. Un guarda nos abría la puerta de doble alambrada. Una vez más estábamos confinados entre paredes de alambre espinoso.
