La Pocilga
Un sueño en la prisión. ¿Quién fue Ulises? Cantando versos en sánscrito. Tümbelbaum, el inoportuno recién llegado. La pocilga de circe. Engañando a circe, la encantadora. Incendio en el campo. La mudanza de Tümbelbaum.
Ulises en casa de circe.
…Con lo que Minerva le embelleció de tal modo, que parecía más alto y fornido, y hasta sus cabellos limpios, ensortijándose, colgaban lindamente sobre sus amplios hombros y fuertes espaldas, semejantes a delicadas flores de jacintos. - Odisea, VI, 229-31
Dicho esto, toco a Minerva con su varita, y al punto se arrugo la piel de Ulises; desapareció de su cabeza su hermoso cabello rubio, sus ojos tan vivos perdieron su fulgor, y, en una palabra, dejó de ser quien era, para transformarse en un anciano agotado por los años y de repulsiva presencia. - Odisea, XIII, 427-30
… Diciendo esto lo toco con la varita de oro, lo cubrió con una túnica y un manto limpio y al tiempo le devolvió, engrandecidos, su talla y vigor varonil. Al tiempo recobró el héroe su hermosura; su color moreno, sus redondeadas mejillas y el negro tono de la verdadera barba. - Odisea, XVI, 172-6
Poco después de la mudanza de nuestro campo, tuve un sueño que me puso pensativo. Yacía en las tinieblas, como muchas veces antes, en la hilera de los prisioneros que dormían en la barraca, mientras los que estaban a mi lado proferían gemidos en sueños. Intenté encontrar las palabras de consuelo en un himno sánscrito que mi amigo me había anotado. Recordé las palabras:
"El nudo del corazón será deshecho,
Todas las dudas serán disipadas
Y hasta su karma,
Sus hechos y las inevitables consecuencias de sus hechos
Desaparecerán,
Cuando haya contemplado su atma y Dios."
¿Qué es el atma? Pensaba yo. “Así como un hombre se desnuda, y se pone nuevas ropas, también el alma del cuerpo, habiendo abandonado su vieja forma mortal, entra en otros cuerpos nuevos…” Esto está escrito en el Bhagavad-gita. “Esta alma no puede ser dividida por las armas, el fuego no la quema, el agua no la corrompe, el aire no la seca…, porque es inconcebible y eterna”. Quejándose, daban vueltas y más vueltas durmiendo, y las piojosas camas de madera chirriaban. Otras veces el aposento en la obscura barraca se llenaba de ruidos tales, que hacía pensar que una pesadilla se había apoderado de los que dormían. Poco después me dormí también. En mis sueños andaba por muchas tierras, espiando en todos los agujeros de la tierra, donde animales salvajes me atacaban. Corría a través de la noche. El camino se hizo más estrecho y se empinaba hacia las alturas. El mar bramaba a mis espaldas. Salté precipitándome en el vacío. Debajo de mí esperaban las poderosas olas de cristal. Caí, y al caer grité. Desde las profundidades de una gran distancia oí la voz de mi esposa: “¡Estás haciendo todo eso por travieso, Ulises!”
Me desperté al oír la palabra Ulises. El resto de la noche lo pasé pensando: ¿Ulises? ¡Debo saber más acerca de Ulises!
Al día siguiente logré hallar en el campo un ejemplar de la traducción de la Odisea de Homero. Emocionado, como si lo estuviera leyendo por vez primera, leí el texto familiar que tanto me había gustado en la niñez; tanto me había gustado y emocionado, que casi había creído estar en la guerra de Troya y en la tienda y barco de Ulises.
Con el corazón palpitante leí cómo habían cambiado la forma de Ulises, su pelo rubio, que luego se vuelve obscuro como el jacinto, su cabeza calva, que luego se cubre de hermosos bucles; era viejo y se tornó joven, otra vez viejo, de nuevo joven, su cuerpo se llena de vigor, y fue impulsado de un naufragio a otro, hasta la región de la muerte, y luego otra vez a la luz y la vida; Ulises, que constantemente llevaba diferentes vestidos, los de rey, los de mendigo, otra vez los de rey, que era transformado en un cuerpo diferente a medida que la diosa hacía vibrar su varita mágica. Yo reflexionaba: Los muchos, al parecer, tejidos de mentiras, las muchas andanzas por la tierra en el pasado que Ulises relata incansablemente, ¿fueron del todo verdaderas? ¿Había nacido sólo en Itaca? ¿No había nacido en Creta y en otros lugares también? Como dice el Bhagavad-gita: “Así como el hombre tira las ropas que lleva puestas y se pone unas nuevas, de la misma manera el alma abandona el cuerpo gastado y entra en uno nuevo”.
¿Era yo, y todas las almas del mundo, como Ulises, un vagabundo que va de vida en vida?
Continué leyendo hasta el final. Pero ni en las últimas páginas del libro las andanzas de Ulises habían acabado. Estaba destinado a continuar vagando, en una lejana tierra mística donde la tempestad del mar bravío, la tempestad de su propia alma, ya no lo alcanzaría… Pero si logró entrar en el reino de la infinita paz divina, a la cual los hindúes llaman shanti, no lo dice en la Odisea. Las palabras del último capítulo del libro se borraban ante mis ojos. Como estaba leyendo fuera de la barraca, en un rincón del campo de deportes, a la luz deslumbrante del sol de la India, me había puesto gafas de sol con el fin de poder leer. Las gafas se me habían humedecido. Me las quité. Delante de mí se erguía un muro de alambre espinoso retorcido, y detrás de aquel, otro igual. No; seguramente Ulises no se hallaba en la tierra de shanti, en el reino de la paz divina.
En el espacio entre los dos muros erizados de espinos de hierro, los soldados que guardaban el campo día y noche caminaban incesantemente de un lado a otro con las bayonetas caladas. Detrás de mí había ruido y gritos. Se jugaba un partido de fútbol. Alguien me dio un puñetazo en la espalda. “¡Pero hombre! ¿Puedes estar ahí sentado indiferentemente?” Mi camarada gritaba indignado: “¿Cómo puede alguien volver la espalda a un partido como éste? ¡Fíjate! ¡Las barracas del oriente contra las barracas del occidente! ¡Y la copa final!” Haciendo un gesto con la cabeza como si me creyera loco, se marchó. Sadananda vino muy contento al rincón del campo donde estaba sentado. El hábito de monje que él mismo había teñido relucía al sol, así como su rostro de marfil y su cabeza bien afeitada.
- Ven, Vamana Das - dijo sonriendo al llamarme por mi nombre indio -. Este partido pronto terminará. Podemos dar un paseo.
Ambos paseamos lentamente a lo largo de las alambradas. Sadananda me cogió de la mano por un momento.
- Veo que tu alma, tu atma, está muy agitada. ¿Anotaste el verso del Bhagavat purana, que una vez te recité?
Yo repetí en sánscrito:
“El nudo del corazón será deshecho… Cuando él haya contemplado su atma y a Dios”.
Mi compañero asintió con la cabeza y me dirigió una mirada de aprobación.
- Lo dominarás. Solamente el ritmo tiene que mejorar. Y no es bastante soñar con el atma; se tiene que vivir en él, completamente despierto.
Bailando más bien que andando, Sadananda cantó una vez más el verso sánscrito. Agudos silbidos nos llamaron a la comida de la tarde. Nos reunimos con nuestros numerosos camaradas que se precipitaban hacia la cocina con los platos de hojalata en la mano.
Una vez Sadananda y yo celebramos una fiesta en el cobertizo de las herramientas. Con las piernas cruzadas nos sentamos uno al lado del otro, en el suelo recién fregado, y cantamos los versos sánscritos, que tenían más de mil años, y alababan a Krishna, el Dios oculto, que cada generación envía a la tierra un gran Salvador, el avatar, con el fin de despertar el alma de un modo u otro. Pero el último verso que cantamos estaba escrito por el avatar de nuestra propia época de ignorancia y superstición, el mismo Krishna Cheitanya. Mi amigo, que generalmente era muy reservado respecto a la manifestación de sus sentimientos, ahora cantaba alegre y en voz alta, no preocupándose en absoluto por el hecho de que lo podían oír desde fuera. Cantaba:
“Ni riquezas ni noble nacimiento, Ni mujeres bonitas ni el arte de la poesía, Yo no deseo, ¡oh Señor del mundo! Pero concédeme generación tras generación Sincero amor cordial ¡Oh Dios mío, junto a Ti!”
Una voz áspera, chilló algo desde fuera. El mismo chillido colérico se repitió aproximándose a nosotros. Un cuerpo pesado chocó contra la puerta de nuestra cabaña y alguien gritó: “¡Esos malditos negros y su cochina religión! ¡Deberían matarlos a palos!” Blasfemando y profiriendo insultos, el hombre continuó su camino, llenando el campo con sus gritos. Al día siguiente, este hombre, que era amigo de uno de los oficiales, logró obtener una orden para mudarse a mi cobertizo. Llegó jadeante, cargado con sus bultos. Ahora sus pantalones llenaban mis paredes. Su catre, con los sucios botines debajo, ocupaba el rincón donde Sadananda solía sentarse para cantar los nombres de Dios. La mesa de trabajo, que tanto nos había costado instalar, era ahora propiedad casi exclusiva de Tümbelbaum. Cuando levantaba los ojos de mi trabajo, le sorprendía espiándome. “Encierra todas tus cosas - me advirtió Sadananda -. Cuando salgas probablemente Tümbelbaum registrará tus baúles”. La primera vez que argüí algo a mi nuevo compañero de cuarto, se plantó delante de mí, acercándose tanto que podía observar todos los detalles de su rechoncho rostro encarnado, el hinchado hocico con el labio inferior colgante, y su aliento apestando a alcohol. Disputábamos porque él quería impedir a mi amigo Sadananda que entrase en el cobertizo.
- Y oye ahora - gritó -. Oye de una vez para siempre: ese negro no volverá a entrar por mi puerta. Pronto vas a ver quién es el amo de este cuchitril. ¿Sabes lo que eres tú…? ¡Tú eres un pagano! ¡Pero yo soy cristiano!
- Usted ni siquiera sabe qué es cristiandad ni qué es religión.
- ¿Que no sé yo lo que es cristiandad ni religión?
Tümbelbaum tomó aliento. Espumando de rabia, se sentó.
- No debes consentir que se haga el amo - me advirtió Sadananda -. Debes dominar la situación. Es preciso que trabajes en paz aún en presencia de ese individuo.
- No es un ser humano - dije desesperado -. Es un perro que mete las narices en todas partes. No sabes lo que es pasar una noche a su lado. Toda la habitación se llena no sólo del sudor de su cuerpo, sino también de las sucias imágenes sexuales que lo rodean siempre.
- Tümbelbaum no es un perro, es un cerdo - dijo Sadananda con sequedad -. Pero no debes perder el dominio de las cosas. Cuelga una manta entre tu cama y la de él, para que las emanaciones de su cuerpo no te alcancen.
El cobertizo de las herramientas se hallaba sumido en la obscuridad. Tümbelbaum, echado sobre su espalda, dormía con la boca abierta y roncaba ruidosamente. Debía de tener pólipos en su carnosa nariz y tendría que ir al hospital a que los extirparan. Respiraba a ráfagas, como un mar borrascoso. Yo estaba medio dormido, entre soñando y despierto, y ya no estaba en la India. En torno de mí rugía el tempestuoso mar descrito en la Odisea, la antigua epopeya del vidente griego, que es casi tan antigua como los Vedas indios.
Mientras Tümbelbaum roncaba como un cerdo, yo, como Ulises, caminaba en mis sueños por los bosques de Ea, la isla encantada de Homero. En torno a mí el bosque se marchitaba y reverdecía alternativamente. El suelo estaba cubierto de montones de hojas caídas. Comprendí que aquello era el bosque que los indios llaman samsara, o el mundo mudable. Yo pasaba al lado de animales encantados que me miraban con ojos tristones, buscando mis compañeros perdidos que habían sido transformados en cerdos, por Circe, la encantadora.
Mercurio, el mensajero griego de los dioses, vino a mi encuentro. Era alto y delgado, y sus pies se movían con velocidad admirable. Amablemente me cogió por la mano y me dijo: “¿Adónde vas solo por estas tierras extrañas? Son seguramente tus compañeros que están en casa de Circe. Encarcelados como cerdos, revolcándose en el fango. ¿Has venido aquí por ventura, para libertarlos?”.
Mercurio señaló las hojas amontonadas en el suelo:
“¡Mira aquí! Llevando este poderoso encanto al palacio de Circe, Entra. Y entonces de tu cabeza surgirá el día de la destrucción. Negro en la raíz; pero la flor era aún tan blanca como la leche. Los dioses la llaman Moli, y desenterrarla es labor difícil; Para los mortales, quiero decir, pues para los dioses todo es posible”.
Hasta ahora no había reconocido al mensajero de los dioses que me hablaba. Llevaba un hábito de monje indio, anaranjado. Era Sadananda.
- Vamana Das - me dijo -. ¿sabes lo que significa la palabra “moli” en sánscrito?
- Moli… es probablemente la palabra mula: raíz, fuente, principio.
- Muy bien - asintió Sadananda -. ¿Y quién es la raíz de todas las cosas, su fuente, su principio?
- Krishna - contesté sin vacilar -. Dios.
- ¿Y la flor resplandeciente?
- Es, naturalmente, la flor del mundo, que nace en el suelo oculto.
- No te olvides nunca que Krishna es la raíz de todas las cosas existentes - me advirtió mi amigo - Así la encantadora Maya no podrá hacerte daño.
Desapareció con sus pies ligeros, y yo me dirigí a la casa del fondo del bosque. Dentro se oía una dulce canción, y la casa se estremecía cuando la encantadora pisaba su telar, tejiendo la tela del mundo. ¡Cómo me reí para mis adentros cuando Circe abrió la brillante puerta con su sonrisa acogedora en los labios, y me convidó a entrar y a comer, mezclando astutamente el veneno en mi vino!.. Pensé en la fuente del mundo, la raíz divina, y bebí sin miedo. Riendo, la linda traidora me golpeó con su varita, y ordenó desdeñosamente:
- ¡A la pocilga! ¡Ve a acurrucarte allí con el resto de tus compañeros!
Pero el que posee la raíz Moli, no puede ser herido por el veneno del mundo sensual. Circe exclamó asombrada:
“Maravillada estoy que no te encante este brebaje.
Ningún mortal había jamás resistido la poción,
Cuando había entrado por la puerta de sus dientes…
Dentro de tu pecho hay un alma demasiado fuerte para ser encantada”.
- Felizmente mi corazón es indestructible - dije lleno de regocijo -. Mi corazón es, en efecto, un alma eterna, un atma.
Miré en el fondo de los ojos de la encantadora Maya, y ella se reveló tal como era. La reconocí, y ella me reconoció a mí y al atma que llevaba dentro de mí. Me eché sobre su delicioso lecho, pero ella era impotente para hacerme algún daño. Así se pasó la noche. Los versos de la Odisea me envolvían por todas partes:
“Mientras la ninfa echaba sobre su cuerpo un vestido de resplandeciente blancura, Delicado, lindo, y alrededor de su talle ceñía un cinturón, Hermoso, dorado, y en su cabeza ceñía una toca”.
Reaparecían los colores de la tierra. Tümbelbaum yacía dormido a la luz de la mañana, el rostro hinchado, la boca torcida hacia un lado. ¿Estaría soñando que había sido desencantado? ¿No estábamos todavía en la pocilga? ¿Tümbelbaum y yo, y todos mis camaradas, tendremos que ser cambiados en verdaderos seres humanos? Por la ventana abierta oía los silbidos de los soñolientos soldados que hacían la guardia entre las dos alambradas del campo incesantemente, y se hacían señales los unos a los otros. Ellos también estaban encantados, y debían guardar cuidadosamente a sus encantados camaradas en sus respectivas pocilgas.
Se produjo un incendio en una de las secciones vecinas, la de los fascistas. El techo de broza de una de las grandes barracas estaba envuelto en llamas. Fascinado por el espectáculo, Tümbelbaun se puso cerca de la alambrada mirando el incendio y la multitud de prisioneros que trataba de salvar sus pocos enseres. “Un fuerte viento del oeste haría falta ahora - exclamó con alegría - para que todo el campo ardiera, todo”. Extendía los brazos contento, como gozando con la idea de ver al mundo destruido por las llamas.
El incendio parecía robustecer la seguridad propia de Tümbelbaum perceptiblemente. Empezó a decirme con entusiasmo, cuando estábamos sentados en la cama, lo que pensaba del mundo, cómo le gustaría hacer una buena limpieza de todo. La corrupción existía en todas partes, tanto de parte de los aliados como de parte de los del Eje. Abominaba de los nazis y de los fascistas, en cuya sección se había producido el incendio; abominaba de sus camaradas, los antifascistas, que estaban confinados en el mismo recinto que él, y que, a su juicio, no eran verdaderos antifascistas. Manifestó su desagrado por los sacerdotes cristianos, los misioneros internados, ridiculizó los judíos y los alemanes e italianos budistas del campo. Sólo él quedó al fin a salvo de tanta bajeza. Luego describió con deleite, lamiéndose los gordos labios a medida que hablaba, cómo le gustaría castigar a los contrarios después de la victoriosa conclusión de la guerra. “¡Echarles plomo derretido en la boca, despellejarlos vivos, colgarlos!…” Tú también, desgraciado, serás colgado”, profetizó con satisfacción.
“Tú también, pobre diablo, estás encantado - pensé -. Pero no debo olvidar eso. Siempre debo ver un atma en ti”.
Enfadado por mi silencio, Tümbelbaum empezó a buscar ruidosamente en uno de sus baúles. Buscaba alguna herramienta, mas no la encontró. Pero halló una pequeña foto, el retrato de un niño. Lo miró detenidamente, y luego con cuidado lo clavó en la pared al lado de su cama. “Mi hijo, mi hijito que murió cuando apenas tenía tres años”, dijo cuando advirtió en mí una mirada de simpatía. Luego, repentinamente, empezó a hablarme de sí, de su juventud en el norte de Alemania y sus contrariedades, de los oficios que había practicado en Siam y en China y otros países de Oriente. Había sido mecánico, policía, profesor en una escuela china. Habló de la mujer que era la madre del niño muerto. Él también había tenido un hijo. Él también había amado a una mujer. Ya no sabía nada de ella. Era una enfermera americana en Filipinas que había quedado prisionera de los japoneses.
Desde aquel día la conducta de mi compañero de cuarto para conmigo cambió. “Buenos días”, saludaba todas las mañanas sinceramente y un poco quimerista. Un día me sorprendió al ofrecerme el regalo de unas hojas de afeitar.
Hasta trató de portarse cortésmente con Sadananda después de esto, cuando éste empezó a venir otra vez, instruyéndome en voz baja. Pero Tümbelbaum se perturbaba en presencia de Sadananda, y desaparecía rápidamente de la habitación, dejándonos solos. Sin embargo, esta exagerada cortesía no era sincera.
- Has tenido un visitante mientras has estado fuera: el doctor ha estado aquí - me informó una vez.
Durante mi ausencia Sadananda había venido a buscar un libro que él me había prestado, del cual tuvo necesidad en un momento dado. Tümbelbaum había seguido mis movimientos cuando yo buscaba entre los libros y manuscritos en mi lado de la mesa.
-¡Ah! ¿Conque te falta algo, eh?- gruñó -. El doctor se ha llevado algo con él. Debes vigilar mejor a tu amigo.
