El Influjo del Amor Divino
Krishna, el primer maestro del amor. La canción de Brahma. Narada, el errante. Fundación del mundo de maya. La venida de Cheitanya.
Me senté en la cama delante de la mesa cubierta de papeles. El ruido de una cascada sonaba a través de la noche. Pensaba en la corriente del amor divino, fluyendo incansablemente del reino de Dios, y corriendo inadvertido por la gran mayoría, a través del mundo de las sombras.
El primer guru para la enseñanza del amor divino fue el mismo Dios, Krishna en lo más recóndito de Su reino, según dicen muchos bhaktas. Él efectuó la iniciación para el creador Brahma, que formó el mundo según el plan de Dios. Cuando despertó a la nueva vida después de la larga noche de sueño llamada disolución del mundo - mucho antes que nuestro mundo fuese creado -, estaba rodeado de tinieblas. No sabía dónde estaba. No sabía que estaba en el cáliz de una flor de loto, cuyo tallo crecía en el ombligo de Vishnu. La obscuridad se intensificaba a su alrededor. Inquieto, Brahma se levantó e intentó salir del cáliz de loto. Erró así mil años, sin encontrar ningún límite. Inquieto, se volvió atrás y anduvo errante otros mil años para llegar otra vez al tallo de la flor de loto; sin embargo, no encontró el fin.
Cansado y desalentado, Brahma se sentó con las piernas cruzadas en actitud de meditación, y trató de oír su propio corazón. Cuando su corazón estuvo perfectamente tranquilo, oyó el sonido de una flauta, cuyas notas despertaron en él un indescriptible amor. Era el sonido de la flauta de Krishna, que venía de lo más profundo de su reino. Las notas despertadoras del amor eran un mantra. Así Brahma fue iniciado por el mismo Dios, y llegó a ser el primero de todos los verdaderos brahmas. Del mantra del divino amor surgieron los cuatro versos originales del escrito llamado Bhagavatam, el cual más tarde fue aumentado hasta dieciocho mil estancias. Y mientras Brahma aún oía y contemplaba el reino de Dios y suspiraba por Él, recordó quién era, y la tarea que se le había encomendado, y entonces se sintió capaz de crear el Universo, según la voluntad de Dios. Mientras el constructor de nuestro universo realizaba su difícil tarea dentro de los límites del tiempo físico, cantaba un himno con vehemente deseo en su corazón. Cantaba el divino mundo sin destino, donde ningún dolor se oculta en el fondo de cada placer, donde el tiempo no está penosamente dividido en pasado y presente, pero donde prevalece la presencia eterna, y donde todo está echo de amor. Brahma cantaba del reino de Krishna:
“Cada palabra es una canción, cada paso un baile, Y la flauta, querida amiga de Krishna, resuena en Sus labios. El tiempo, que corre tan deprisa aquí, Todavía se mantiene allí. Sólo unos pocos de los sabios que andan en el mundo. Conocen aquella tierra”.
Brahma, el creador, inició a su discípulo e hijo espiritual Narada en el amor divino, y le dictó los cuatro versos originales del Bhagavatam.
Mi primer maestro, Sri, y hasta Sadananda, me habían hablado muchas veces de Narada. Narada es uno de los grandes bhaktas, que por compasión a los infelices seres que se habían apartado de Dios, anda por el mundo con el fin de encontrar en alguna parte un alma que esté presta para recibir la fuerza para amar a Krishna con devoción. Así como el sol sigue su curso en el firmamento, tanto sobre lo justo como sobre lo injusto, los mensajeros de Dios vagan por su divina pureza, y donde quiera que van llevan el esplendor del reino divino, al cual pertenecen. ¿Qué les importa si las acciones de un ser son buenas o malas, según la opinión del mundo, si está bendecido o maldecido? No ven más que el anhelo del corazón. ¿Qué les importa si el terreno que pisan se parece, de acuerdo con la concepción terrenal, a un cielo o a un infierno? Ellos entran en las cárceles, en los manicomios, y en los campos de concentración. Ningún asesino, ninguna mujer aventurera, ningún loco, ningún niño en el seno materno, ninguno está excluido de la posibilidad de recibir el amor divino, y ser bien acogido en el círculo de los compañeros eternos de Dios. En sus andanzas, Narada una vez llegó a la morada de un ermitaño en lo alto del Himalaya, en la orilla de un río. Allí, cerca de la fuente del Ganges, estaba sentado el sabio Vyasa mirando fijamente las aguas arremolinadas. Vyasa saludó reverentemente al mensajero de Dios.
-¿Por qué estás tan triste? - preguntó Narada.
- Hay algo que no puedo comprender - contestó Vyasa con la voz turbada -. He observado la ley y practicado el ascetismo. He dominado el yoga mejor que muchos otros. Conseguí reunir los libros de los Vedas que habían sido perdidos durante el Diluvio. También he logrado terminar el Mahabharata y el Gita. He condensado la esencia del saber de los Upanisads en los Brahmasutras. Me he pasado la vida meditando, y me he identificado con Brahma. Y sin embargo, mi alma no vive en paz.
- En tus hermosas obras has hablado demasiado de las leyes y de la lógica de la sabiduría divina, y muy poco del amor de Dios, le explicó Narada. Debes escribir una obra más, que únicamente alabe los actos del divino amor, que lleve este amor a los seres humanos.
Lleno de compasión, Narada cantó el mantra que Brahma había recibido de Krishna, y que él a su vez había recibido de Brahma. Narada inició a Vyasa en el amor divino y le dio los cuatro versos antiguos del Bhagavatam. Cantando, y tocando su vina, continuó entonces su camino. Pero Vyasa se sentó a la orilla del joven Ganges y meditó en los cuatro versos. Ahora veía a Krishna en Su recóndito reino, y vio cómo todo el mundo alterable de Maya tiene su fundamento en Krishna. Mientras el corazón de Vyasa seguía fijo en Krishna, inició un canto de alabanza acerca de lo que contemplaba, y regocijándose, empezó a cantar las dieciocho mil estancias de la obra que trata solamente de Dios, de Bhagavan, y que por eso se llama Bhagavatam. “El fruto más dulce del árbol de los Vedas, el néctar de la inmortalidad, un fruto sin hueso ni pellejo”, así está descrito el libro.
Vyasa, el poeta y vidente, cantó los numerosos cuentos en el Bhagavatam para su hijo Suka. El joven, que había vivido en el reino de Dios desde su niñez, conservó las visiones de Vyasa en su alma, llevándolas a donde quiera que iba. A Suka le gustaba cantar las estancias repletas de alabanzas al amor de Dios. Y a su vez dio a Parikshit, -el rey justo-, el amor de Dios, cuando éste se sentó cerca del Ganges pendiente de la maldición, esperando la muerte. Así continuó en la India la iniciación del divino amor, de maestros a discípulos, en una inquebrantable secuencia a través de los tiempos. La revelación de Dios erró a través de las tinieblas y permaneció viva a través de los siglos. Cuando, según la creencia de los bhaktas, Krishna descendió una vez más a la tierra, alrededor del año 1 500, bajo la forma de Krishna Cheitanya, Él también buscó un guru, a fin de seguir la venerable tradición.
El guru reconoció inmediatamente la excelsa criatura que residía dentro del joven de dorado esplendor que humildemente se le acercaba, y alborozado, dio al avatar que había descendido a la tierra la iniciación que le pedía. Y Cheitanya se despidió reverentemente, continuó Su camino, y embriagado de alegría cantó durante tres días esta estancia del Bhagavatam: “Hasta Yo, hasta Yo cruzaré el terrible océano del mundo cambiable y alcanzaré la otra orilla”.
Cheitanya trajo al mundo un torrente enteramente nuevo de palabras vivientes y amor divino, e inició a Sus discípulos en ellas. Y el torrente del amor divino fluía por la India como las aguas de la vida, ocultas, y sin embargo, no escondidas, hasta nuestra era. El ermitaño Goura Kishora, un asceta desnudo sin más vestido que un taparrabos, que no sabía leer o escribir, inició a Bhaktisiddhanta Saraswati, que fue profesor de astronomía y matemáticas superiores en un colegio de Bengala. Éste dio la iniciación a un discípulo que vino de Europa, a quien llamó Sadananda.
Mientras estaba sentado en el campo de concentración de la India, lleno de barullo y discordia, llegó Sadananda, y compasivamente, también me dio una gota de amor divino…
