Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Objetivos Humanos

El nuevo campo de concentración. Leyendo el Bhagavatam en una tienda. El cuento del rey Parikshit. Destronamiento de Kali, el negro. Encuentro con un antiguo ermitaño brahmana. Maldecido por el hijo del brahmana. Remordimiento tardío. El sagrado Suka. El rey moribundo alcanza la meta de la vida. ¿Cuál es la más alta aspiración? El deseo de amor, mayor que el de liberación.

Las verdes montañas estaban empapadas del agua de la lluvia. Pero toda la belleza del paisaje indio parecía desvanecerse una vez más cuando entramos en la doble alambrada del nuevo campo, arrastrando el equipaje con nosotros. La herrumbre del alambre espinoso era igual al de todos los otros campos que habíamos ocupado. La gente que se hacinaba allí era también igual a la de antes. Habían traído consigo todas sus pasiones, sus penas y azares. Pronto el césped quedó aplastado por tantas pisadas, y la tierra perdió su peculiar lustre. Pero la luz que había dentro de mí no se había extinguido, y fluía de mi corazón, pendiendo el nombre de Dios que Sadananda había cantado durante el viaje.

En el nuevo campo, Sadananda y yo no estábamos juntos en la misma barraca. Sadananda había sido enviado a una tienda en la sección del sur, donde vivían los monjes budistas. Por otra parte, tuve la buena fortuna de vivir solo por algún tiempo en una tienda en la sección norte, cerca de la alambrada. Fue un gesto amable por parte del comandante del campo, y fui muy envidiado por ello. Sin embargo, las cuatro ventanas no tenían cristales, y la puerta estaba deshecha. Los pájaros entraban y salían a voluntad por los espacios abiertos entre el techo y la pared. Muy cerca de la tienda estaba la cantina común a todos los que vivían en esta sección del campo, donde se vendía cerveza fabricada allí mismo y licores, hasta altas horas de la noche, lo cual, naturalmente, no tenía lugar sin ruido. Pero a pesar de todos estos inconvenientes, fue una temporada feliz para mí, porque podía trabajar.

Mi amigo vino y me ayudó con entusiasmo cuando traté de amueblar mi nuevo retiro. En un montón de escombros encontramos un tablero de mesa y en alguna otra parte dos soportes de hierro en los cuales colocarlo. Estos habían sido considerados poco firmes en el comedor, pero para nosotros resultaron bastante buenos. Extendimos un lienzo azul sobre la mesa, tal como los que usaban los guardas indios como abrigo. Después de esto la mesa resultó espléndida. Sadananda, que era muy mañoso, se subió a un taburete que yo había colocado sobre la desvencijada mesa; yo sujetaba el andamiaje para que él no se cayera, y clavó viejas sábanas que yo había doblado y cosido, en las amplias aberturas de la pared norte, para impedir que entrase el viento frío de las montañas en invierno. Satisfechos de nuestros esfuerzos, nos sentamos a la mesa en el desamueblado aposento. Sadananda era incansable en su tarea de comunicarme sus enseñanzas, aunque por aquella ocasión había empezado a sufrir fuertes dolores físicos. Se esforzó todo lo que pudo, entregándose de lleno a su obra, y al mismo tiempo trataba de enseñarme la devoción espiritual tal como él la había aprendido de su guru. Sadananda y yo empezamos otra vez a leer juntos allí en el cobertizo de las herramientas; leíamos en la obra india llamada Bhagavatam, de doce volúmenes, que yo había conocido en la casa de Sri. Con la ayuda de Sadananda volvía a leer, en el idioma original, las numerosas historias narradas por el joven Suka al rey Parikshit mientras éste, sentado en la orilla del Ganges, esperaba la muerte.

- Si me abandonasen en una isla deshabitada y me permitiesen la posesión de un sólo libro, seguramente escogería el Bhagavatam entre todos los libros de la tierra - dijo mi amigo con mucho entusiasmo.

- ¿El Bhagavad-gita, no?

- El Bhagavad-gita, a pesar de su grandeza, no es más que un libro para principiantes. Donde acaba el Bhagavad-gita empiezan los secretos del Bhagavatam. El camino, Vamana Das, que has emprendido, es muy largo. ¡Pero no te canses! Cuántas veces mi guru lamentaba no haber encontrado nunca nadie que estuviese preparado para aplicarse con todo su entusiasmo a la traducción y explicación del Bhagavatam. He empezado, y he pasado muchos años haciendo esto. Pero la tarea es superior a mis fuerzas. ¿Quieres ayudarme? Para empezar, intenta reseñar el cuento que se refiere al rey Parikshit, pues su lucha por la rectitud y la justicia es probablemente lo más fácil para la comprensión de los occidentales. Me senté en mi cobertizo y concentré mi pensamiento: la palabra sánscrita Parikshit, significa “el que ha resistido la prueba”. El abuelo de Parikshit fue el famoso héroe Arjuna, a quien su auriga y amigo Krishna reveló la divina canción llamada Bhagavad-gita.

Cuando el rey Parikshit fue mayor, Krishna ya había dejado la Tierra. Las tinieblas de Kali yuga habían envuelto el mundo. Parikshit hizo todo lo que pudo, a pesar de la negra obscuridad, para restablecer la justicia que había sido violada en la Tierra. Recorrió toda la Tierra en su dorado carro de combate, con el fin de ayudar a los seres humanos a alcanzar los tres objetivos señalados por los Vedas para cada vida en la Tierra: justicia, prosperidad, y placeres para todos.

Puse el libro a un lado. Esta era una historia muy apropiada para nuestros tiempos, pensé, la historia del rey Parikshit, que deseaba lograr que los tres objetivos humanos, dharma, artha, kama (justicia, prosperidad, placeres), fuesen accesibles a todos los seres de la Tierra. Estos son los mismos objetivos que aún hoy son ansiosamente buscados por muchos millones de seres humanos de todas partes. Y ¿cuándo la humanidad no se había esforzado en alcanzar estos objetivos? me estremecí al pensarlo. Volví a coger el libro Bhagavatam, y empecé a leer y a traducir de nuevo. Debía descubrir cómo se desarrolló la historia del rey Parikshit, el que había resistido la prueba.

Extrañas cosas sucedieron. El rey, que deseaba restablecer la verdadera justicia por todas partes en la Tierra, llegó a la orilla de un río llamado Saraswati, el río de la sabiduría. Y allí debió el monarca hundirse en actitud meditativa. Lo que seguía en la historia debe ser leído con ojos que vean a través de la superficie física de las cosas. Esto tuvo lugar en otro mundo, pero un mundo con el cual nuestro mundo está íntimamente relacionado, y que arroja sus grandes sombras sobre el nuestro. La historia continuaba diciendo que Parikshit se encontró con una figura mística en la orilla del río, un ser que llevaba el nombre de Kali. Kali significa “el Obscuro”. Él regía los destinos de Kali yuga, la época de las torpes disensiones, en la cual vivimos hoy. Parikshit se encontró con Kali, el Obscuro, en una triste figura, vestido como un monarca que infectaba la tierra con sus pisadas y atropellaba la justicia. En esta visión, la Tierra no parece la Tierra tal como la conocemos. Se presentaba en la forma de una vaca, cuyos ojos derramaban lágrimas, y que pedía socorro a Parikshit. Y la justicia se presentaba en la forma de un toro blanco, al que el obscuro déspota golpeaba incansable con una vara de hierro. El malvado ya había conseguido paralizar tres de las patas del toro con los golpes de su vara de hierro. El primer pie del blanco toro de la justicia era el poder del juez para ver claramente en meditación. El Obscuro ya había paralizado este pie completamente. Los pies segundo y tercero del toro de la justicia eran la pureza del corazón y la misericordia del juez. Estos pies, también habían sido paralizados por Kali. Con dificultad el toro intentaba mantenerse en pie con el que le quedaba, el pie de la verdad. Una trabajosa búsqueda por la verdad todavía existe entre nosotros, aún en la época de la ignorancia y la superstición. La historia continúa diciendo que Parikshit armó su arco y se aproximó al terrible ser. Kali se quitó su túnica de monarca. Porque no era un verdadero rey; era sencillamente malo y cobarde, era de baja condición, un sudra. Se arrojó a los pies de Parikshit pidiendo misericordia.

- A donde quiera que huyas siempre veré tu arco apuntándome - gimió -. Concédeme, como todos los otros, un refugio.

- No suplicas en vano mi protección - contestó Pariskshit -. En las casas de juego, en los burdeles, en los mataderos, en las tabernas, y en los corazones de todos los hombres codiciosos, tú puedes morar. Estos pueden ser tus cinco asilos.

Parikshit estaba convencido que ahora él había enviado al Obscuro a los abismos de donde no podría escapar. Pero se equivocó. Kali arrojó su sombra, no solamente sobre la Tierra, sino hasta el mismo corazón del rey. Un día, poco después de la aparente victoria sobre la época de la ignorancia y superstición, el rey Parikshit estaba cazando en el bosque. Sería un grave crimen para un brahmana cazar animales, pero, según los reglamentos de la casta de los guerreros, este es un deporte que está permitido y considerado caballeresco. El rey había seguido la caza mucho tiempo, y estaba cansado y tenía sed. En vano buscó una fuente o arroyuelo en la calurosa y seca floresta de zarzales. No encontraba ni una sola gota de agua. Torturado por la sed entró en la cabaña de un ermitaño con la esperanza de encontrar algo para beber. Allí dentro, en la obscuridad, estaba sentado un hombre con las piernas cruzadas. La espalda erguida, los ojos medio cerrados, absorto en profunda meditación, casi sin respirar. Parikshit, que tenía la boca seca y la voz vacilante a causa de la sed, le pidió: “Dame algo para beber”.

El anciano no contestó. Ni siquiera invitó al rey a sentarse en una estera o en cualquier otra parte. No le pidió que se lavase los pies cansados y llenos de polvo. No le invitó a tomar nada para beber. Rompió todas las reglas de la hospitalidad que el rey Parikshit había establecido sobre la Tierra. Un mal pensamiento nubló el corazón del rey… Tal vez el anciano finge hallarse en trance, porque él se considera superior a mí; porque él, brahmana, no quiere servir a uno de la casta de los guerreros. Una rabia salvaje, una excitación que jamás había experimentado, surgió en él. Cuando se marchaba vio en el suelo una serpiente muerta. Alzó el cuerpo de la alimaña con la punta de su arco, y la arrojó con desprecio al cuello del anciano. Éste no movió ni un solo músculo. Con paso firme el rey Parikshit abandonó la cabaña.

El hijo del brahmana, muchacho orgulloso y bello, jugaba con otros niños por allí cerca cuando esto ocurrió. Al ver la infamia que infligían a su padre, se enfureció por el hecho de que un guerrero infringiera las leyes de respeto a los brahmanas. Excitadísimo, gritó a sus compañeros: “¡Oh cuánta injusticia entre los gobernadores de la Tierra en esta época de ignorancia! Ya que el poderoso Krishna no está aquí para castigar al ofensor, lo haré yo mismo…¡Ya veréis!” Encolerizado, el muchacho recitó un conjuro y profirió una maldición contra el rey Parikshit: “Al séptimo día desde hoy, el príncipe de las serpientes por mi orden morderá y dará muerte al hombre que ha roto las leyes y ha deshonrado a mi padre”. Luego corrió a su casa, y cuando vio que su padre aún estaba allí sentado con la serpiente colgada del cuello, se echó a llorar amargamente.

El sabio oyó que su hijo lloraba, y vio la serpiente que pendía de su cuello. Apartó de sí aquel cuerpo muerto y preguntó:

- ¿Por qué lloras, hijo mío?

El muchacho contó lo que había pasado.

- ¡Hijo mío, hijo mío, qué has hecho! - gimió el padre -. Hijo mío, has cometido un gran crimen sin saberlo. Has pedido un gran castigo por un ligero error. Este noble rey tenía hambre, sed y cansancio. Y tú has osado juzgar al monarca que, por la voluntad de Dios, mantiene la justicia en la Tierra. ¡Oh, quiera Dios todopoderoso perdonarte por el pecado, que por tu ignorancia has cometido contra uno dedicado a Él!

Mientras tanto, Pariskshit sentía remordimientos. “¡Oh, qué estúpidamente me he portado con ese hombre sagrado! Seguramente algo terrible me ocurrirá. Que sea el castigo pronto y severo, con el fin de borrar mi pecado”. Mientras reflexionaba en esto, oyó la maldición que profería el hijo del brahmana. Sin vacilar un sólo momento, Parikshit renuncio, entregando el trono a su hijo. Abandonó todos sus tesoros y su floreciente y bien ordenado reino. Abandonó a su hermosa esposa. Se negó a todas las cosas mundanas, e hizo juramento de ayunar los últimos siete días de su vida. Todo lo que antes había parecido de importancia - justicia, prosperidad y placeres -, ahora parecía ser un montón de cenizas. Ya no pensó en las leyes terrenales. Parikshit se sentó a la orilla del río Ganges y empezó a meditar. Entonces una multitud de santos empezó a llegar al río. Parikshit se inclinó reverentemente. Los saludó uno a uno. Y cuando todos estaban sentados, se puso de pie delante de ellos con las manos cruzadas y les dijo:

- Vosotros, sabios, y tú, río Ganges, sabréis que he buscado refugio en Dios, que mi corazón le pertenece. Dejad que la serpiente me muerda sin intentar impedirlo. ¡Vosotros cantaréis las canciones de Dios, El que penetra todas las cosas!

- Nos quedaremos con este hombre que es un devoto de Dios - dijeron los sabios -, hasta que yazga al lado de su cuerpo y entre en el mundo donde no hay errores.

- Ayudadme a pasar los últimos días de mi vida dignamente - suplicó el rey -. ¡Enseñadme qué es lo que tiene que hacer el que está a las puertas de la muerte!

Precisamente en este momento, el joven Suka, el hijo del gran Vyasa, se aproximó sonriendo. Vagaba por la Tierra sin deseo. No se le veía ninguna señal de casta, ni llevaba hábito de monje o penitente. Estaba desnudo y la bóveda del cielo era su único abrigo. Iba rodeado de una multitud de niños. Tenía el aspecto de un joven de dieciséis años, pero los sabios pronto vieron el esplendor que se desprendía de él, y todos se levantaron respetuosamente. Parikshit se inclinó profundamente ante el recién llegado, y le invitó a sentarse. Luego, el rey mismo se arrojó al suelo ante Suka, que resplandecía entre los santurrones como la luna entre las estrellas, y le rogó que contestara a esta pregunta:

- ¿Qué debe hacer una persona que está a las puertas de la muerte? ¿Qué deber oír? ¿Que debe llevar en el alma? ¿A quién debe adorar? ¿En qué tiene que meditar?

- Me has hecho la más importante de todas las preguntas - dijo Suka -. Tu pregunta será de valía para todo el mundo. El que no sabe nada del atma hace millares de preguntas, y se esfuerza por conocer millares de cosas. Y mientras tanto la vida continúa, por la noche durante el sueño, y de día, durante la lucha por las cosas corruptibles. Pero la pregunta que has formulado es amada por los que conocen el atma. Se refiere al objetivo final.

Entonces Suka empezó a instruir al rey acerca de lo más íntimo e indestructible dentro de los seres humanos, el atma. Y le enseñó el verdadero fundamento del atma, Dios. Recordó al oyente a Mahavishnu, de quien se dice: como los rayos de sol saturados de motas de polvo flotando a través de la ventana abierta, los innumerables sistemas del mundo entran y salen por los poros de Mahavishnu. Pero nunca habrá un fin para el nacimiento y destrucción de los mundos, porque Mahavishnu no cesa nunca de respirar. Suka llevó a su oyente aún más lejos, a través del océano de la causa primordial, y a través del infinito océano de la luz de la conciencia, en el reino íntimo de Dios. Durante siete días Suka relató al hombre que esperaba la muerte, de Krishna, que habita en Su propio reino, y que al mismo tiempo aparece en el Universo en diferentes formas.

- El hambre ya no me atormenta, aunque hace ya bastante tiempo que dejé de comer - dijo Parikshit -. Ya no siento sed, aunque he dejado de beber agua. No tengo más deseo que el de saber más y más sobre Krishna. Cada palabra de Krishna que pronuncias es como un néctar para mí.

Después de siete días Suka continuó su camino. Andaba desnudo, bailando y cantando alabanzas a Krishna. Los niños corrían detrás de él. Las sirenas que jugaban en el río no se turbaban en presencia del hombre desnudo, sin más abrigo que la bóveda celeste. En su inocencia sagrada, Suka no establecía deferencias entre el hombre y la mujer. Él sólo veía el alma eterna, el atma en todos los seres. En todo ser viviente encontraba el abnegado amor del atma por Dios: en los árboles florecientes, en los matorrales, en los seres humanos, en los animales, en los ríos y en las sirenas, y en los demonios. Veía el atma de cada ser regocijar en alabanzas a Dios, unos abiertamente, otros de forma algo velada. Durante todo este tiempo, Parikshit permanecía sentado sonriendo y escuchando en la orilla del Ganges. Y cuando la serpiente venenosa llegó y le mordió mortalmente, de forma que en un momento su cuerpo quedó reducido a cenizas, Parikshit no lo notó, porque él ya se hallaba en el reino de Dios. Él no había pedido que le librasen de la maldición, no había pedido que le dejasen vivir, aunque Suka podía fácilmente librarle de la profecía. Sólo pedía que le hablase más y más de Dios. Y de esta manera la maldición del hijo del brahmana vino a ser para él una bendición infinita. A causa de la maldición, Krishna se le acercó y le proporcionó el amor divino, el más preciado tesoro que un hombre puede imaginar. Al día siguiente Sadananda volvió. Se presentó en mi cuarto inesperadamente. No le gustaban las citas de compromiso, y hasta en el campo vivía tan libre como un pájaro.

- Hola, Vamana Das - dijo, a manera de saludo -. Parece que has estado trabajando. ¿Has pensado en los objetivos de los seres humanos?

- Sí, he pensado. Los verdaderos objetivos humanos no son dharma, artha, kama (justicia, prosperidad, placeres), sino la liberación del círculo eterno de los nacimientos y muertes. Mukti es un objetivo humano… Por su amor a Krishna, el rey Parikshit logró la liberación y entró en la existencia divina. Sadananda me miró tristemente. ¿No te das cuenta que aún estás enredado en el sistema Sankaracharya que aprendiste de Sri? ¿No ves lo terrible que debe parecerle a un bhakta que nadie pueda buscar el amor de Dios, como ha expuesto Sankaracharya, como medio de lograr la liberación? Y luego, si él ha alcanzado el conocimiento, si intuitivamente se da cuenta que se identifica con el brahman, entonces tendrías que dejar enfriar su amor por Dios. Entonces puedes coger el retrato del Dios personal que él ya no necesita, y arrojarlo al río. Él es ahora el mismo gran Brahman.

- Pero en la historia de Parikshit, se dice que él se convierte en el infinito Brahman. ¿Tornarse Brahman no es el más alto objetivo?

- No - dijo Sadananda con rapidez -. Tú conoces el verso de la última canción en el Gita: “brahmabhutah presannatma… El que se ha identificado con Brahman y con su atma, y ya no padece penas, ya no tiene deseos”… Bien, continúa leyendo eso. Y entonces leí: “…él logra el más alto amor, el más alto bhakti, por Mí”.

- Eso significa - explicó mi amigo -, el que se identifica con Brahman y con el espíritu eterno, y que ya no padece ni siente deseos, pero que no se queda aquí, prefiriendo con gran anhelo servir y amar siempre más, penetrar el Padre, alcanzar el más alto bhakti por Dios. Así habla Krishna. El objetivo final no es Mukti, la liberación. El verdadero bhakta, como Parikshit, se ríe de semejante idea. Aquí en el libro el Bhagavatam se dice: “Dios proporciona mukti fácilmente, pero raramente proporciona bhakti”. El amor espontáneo y sincero de Dios, el divino amor, sólo por el amor, es el más elevado objetivo humano.

Sadananda se aproximó a mí y me miró con ojos relampagueantes. Me cogió por los hombros y, sacudiéndome, recitó las palabras de los Upanisads, de manera que me hirieron como un rayo. Éstas fueron las palabras: “¡Levántate! ¡Despierta! Y no pares hasta que hayas llegado al fin. ¡Svasti!”… Luego se marchó. Pero aún el deslumbrante relámpago del amor penetraba mi ser: como si por un momento estallase en lo más íntimo de mi ser toda la capa terrestre: “Svasti”… era un antiguo saludo indio que significaba: ¡Sva-asti, el Yo, es el atma, el atma, lleno de poder y amor, es!

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