Walter Eidlitz


La India Misteriosa

El Nombre de Dios

Viajamos 1.500 kilómetros. La fuerza mística del sonido. Importancia de los nombres de dios. Meditación sobre el logos. Los macacos corren detrás de nuestro tren.

Un día oí el mantra del nombre de Dios de los labios de Sadananda. Fue en una ocasión que todo el campo se mudó, una vez más, a 1 500 kilómetros de distancia de nuestro recinto de alambre espinoso del Sur de la India, a otros recién construidos en el Norte de la India al pie del Himalaya. Llevábamos varios días de tren, y aún nos faltaba mucho para llegar al fin de nuestro viaje; todos estábamos encerrados en los vagones junto con nuestros equipajes, y nos vigilaban atentamente. Sadananda se inclinaba en una ventanilla abierta en un vagón de tercera clase “para soldados indios”, y parecía estar ajeno a lo que pasaba a su alrededor.

Cantaba al viento, a la hora que el sol se hundía tras las doradas planicies indias. Las palabras me eran familiares; la melodía, también. ¿Dónde las había oído antes? Mi corazón vibraba al oír aquella música, como un diapasón cuyos tonos se despiertan cuando recibe tonos armónicos. Era la misma maravillosa melodía que había llegado a mis oídos una tarde poco a poco después de mi llegada a la India, cuando junto con Sri bajaba una escalera de ruinosos escalones, en medio de los florecientes bosques del Himalaya, y oí la canción de los monjes desde el terraplén del abrigo de los peregrinos. La melodía y el secreto que sospechaba tras ella, me había atraído de forma irresistible, más intensamente que nada de lo que había encontrado en toda mi vida. Había buscado en vano aquella melodía, y ahora la encontraba en un tren de prisioneros que rodaba a través de la India. Anocheció. Los joviales soldados indios que nos escoltaban se inclinaron somnolientos sentados con los fusiles entre las rodillas. Mis camaradas jugaban a las cartas.

- ¿Qué era lo que cantabas hace un rato? - pregunté.

- Era el mantra del nombre de Dios - dijo.

Fuera de la ventana la noche se hacía más negra

- La primera revelación del mundo divino en la cual el alma puede participar - continuó mi amigo- es el sonido. Antes de contemplar el reino de Dios, uno lo oye con el oído interior. Piensa en “Logos”, la palabra de Dios, de donde proceden todas las cosas. Pero las palabras del lenguaje de la tierra son de una naturaleza terrenal. Hasta las palabras del sánscrito son de una naturaleza terrenal. Con una excepción: el nombre de Dios no es de este mundo. Más bien debía uno decir: los nombres de Dios, porque en Su Misericordia, Dios nos ha revelado muchos de Sus nombres, tanto interiores como exteriores, los cuales circundan todo Su divino poder.

El Padma purana dice: “El nombre de Dios es substancia espiritual, puro, eterno, perfectamente libre de la materia, ya que el nombre de Dios no está separado de Dios. Por lo tanto el nombre de Dios no sólo tiene el poder de lavar fácilmente todos los pecados, sino que puede también desatar el nudo del corazón y despertar el amor de Dios. Cuando uno, cuya alma está completamente despierta, canta el nombre de Dios, esto tiene el poder de despertar el alma durmiente. Ocurre entonces lo que se llama iniciación. Escuchando devotamente, mientras otro canta el Nombre, y cantándolo uno mismo, nuestro corazón vuelve a su verdadera naturaleza, que es el amor. Continuaba monótonamente el traqueteo del tren.

- ¿Y la meditación, yoga…, todos los otros caminos hacia Dios, de los que hablaba Sri, y que menciona el Bhagavad-gita, y los Evangelios…?

- Hay muchos caminos. Pero nosotros los bhaktas estamos convencidos que nuestra propia época, Kali yuga, ha ocultado estos caminos poco menos que en la oscuridad. Sin embargo, cuando uno canta el nombre de Dios, la obscuridad se disipa. Krishna Cheitanya, el divino avatar dorado de Kali yuga, ha traído el nombre de Dios a la tierra como ningún otro salvador lo había hecho. Cientos de veces repetía a sus discípulos un antiguo verso del Narada purana: Excepto el nombre de Dios, excepto el nombre de Dios, verdaderamente, excepto el nombre de Dios, no hay en ninguna parte, en ninguna parte, en ninguna parte, un refugio en nuestra época de ignorancia y superstición. Naturalmente - continuó Sadananda –no debes creer que tan pronto como se menciona la palabra Krishna, se profiere el nombre de Dios. El sonido terrenal del Nombre, que descubre su oído físico, no es sino un recipiente para el sonido espiritual, o la sombra del sonido espiritual. Se ha dicho: “El nombre de Krishna y todo lo que contiene este Nombre, no puede ser advertido por los sentidos de la materia. Pero cuando una persona, con deseo de servir, se vuelve hacia Krishna, el nombre se revela por Sí mismo en su lengua”. Sin embargo, hasta la sombra del nombre de Dios es capaz de hacer muchísimo. Ayuda a dirigir el corazón hacia Dios. Lava el pecado. ¿Sabes lo que es pecado, Vamana Das? El verdadero pecado es apartarse de Dios. Las luces de Delhi se iban aproximando poco a poco, y las interminables hileras de casas como barracas, casas para oficinistas, peones indios y barrenderos, gente del servicio público, y trabajadores de la principal ciudad de la India. En el interior de un coche muy bien iluminado, que lentamente se deslizaba a lo largo del camino hacia la ciudad, se veían dos personas sentadas. Una era un alto oficial del gobierno inglés en traje de etiqueta, probablemente el gobernador de una de las provincias, corpulento y decrépito, aunque de aspecto forzudo como un antiguo procurador romano. En la butaca opuesta se sentaba su anciana esposa en traje de noche, muy pintada y rígida. Estas dos personas, en triste soledad, parecían los únicos pasajeros del elegante coche.

Nuestro tren continuaba; la gran ciudad ya había quedado atrás. Sadananda estaba sentado a mi lado, y dormía profundamente. En las literas de madera, colocadas unas encima de otras, nuestros camaradas dormían. Únicamente los guardas continuaban sentados con los fusiles entre las rodillas. Por la ventana abierta entraba la luz de la luna. Eché una mirada al paisaje familiar, donde se balanceaban las altas palmeras, cigüeñas, grullas, etc. Grandes pavos reales salvajes, los animales sagrados de Krishna, bailaban a la luz de la luna. El Nombre de Dios… Acudía a mi mente esta idea una y otra vez. Verdaderamente extrañas eran las cosas que mi amigo acababa de confiarme. Y sin embargo el claro de luna de la noche me parecía apenas un fino velo, del cual venía el secreto hacia mi corazón como en una ola. El Nombre de Dios, que despierta el amor… “Yo he proclamado Tu nombre, y lo proclamaré para que el amor que me has dado pueda ser de ellos, y yo mismo pueda ser de ellos”. Estas palabras de Cristo a Dios, las últimas y más sagradas palabras de Cristo en el círculo de sus discípulos después de la Cena, llegaron a mí inspiradas en la noche india.

“Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre…” Palabras de Cristo a su divino Padre cuando sus discípulos estaban a su lado en la montaña y le preguntaron: “¿Cómo rogaremos?”, sonaban en mis oídos.

“Te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”. Las antiguas palabras del bautismo hacían eco cerca de mí.

“Donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré Yo también”. Estaba más conmovido que nunca por las palabras del Divino Salvador. Recordé también un día hace mucho tiempo en la isla de Patmos, en el Mar Egeo. En la biblioteca de un convento, un sacerdote ortodoxo griego abrió para mí y para mi esposa las rígidas y enormes páginas de un manuscrito, de un Evangelio de los primeros tiempos del cristianismo. Estaba escrito con letras de plata en pergamino rojo, pero los nombres de Dios y de Cristo brillaban más que el resto de la escritura; estaban escritos en letras de reluciente oro. ¿Habríamos olvidado la fuerza amatoria del nombre de Dios? ¿Era necesario ir a la India para descubrir el secreto? Logos, la palabra Dios, sonaba en la noche india. No había contradicción entre las revelaciones divinas del oriente y del occidente. El mensaje de occidente se identificaba con el infinito coro de júbilo de las Sagradas Escrituras indias y las palabras de regocijo con que Krishna Cheitanya, el avatar oculto de la época de la ignorancia y superstición, ha alabado el poder del nombre de Dios:

“El nombre de Dios desempaña el espejo del corazón humano. Él sofoca la angustia del círculo vicioso de nacimientos y muertes. Es como el claro de luna, que abre el cáliz de loto de la bondad en el corazón humano. El nombre de Dios es la vida interior de la querida sabiduría. Él permite que el océano de la divina bienaventuranza aumente siempre. Él da el saber de la divina abundancia en cada sílaba del Nombre sagrado. El nombre de Dios baña toda el alma…”

La noche estaba llena del perfume de las flores. El agradable perfume de los florecientes mangos llegaba hasta los que dormían en el tren destinado al norte. Me parecía que me transportaban en un barco hacia un mar infinito de amor Divino, cuyas olas envolvían la línea costera y cada horizonte terrenal. Las olas del mar divino se elevaban más y más altas.

Rompió el alba. Sadananda, medio inclinado en su asiento, contemplaba el panorama fuera de la ventanilla. Le toqué la mano.

- Iníciame en el nombre de Dios -, imploré.

Otra vez mi amigo me miró como si buscase algo en mi alma.

- Yo no soy un guru - dijo -. Mi tarea en esta vida es conducir a la gente a los pies de mi guru. Espero que encuentres tu guru y que él te reciba.

El tren tronó sobre un puente de hierro. Allá abajo, el agua plateada del río brillaba a la luz de la aurora. - El Ganges - dijo Sadananda -. No lejos de aquí, en Rishikesh atraviesa la cadena de montañas del Himalaya. Una vez más me aproximaba al Kailasa, el hogar de Siva. El tren paró en una estación. “Hardvar”, leí.

- Una de las siete antiguas ciudades sagradas de la India - me informó mi amigo -. A propósito, tú has estudiado sánscrito. ¿Qué significa Hardvar?

- Por supuesto, lo sé. “Haridvara” significa portal de Hari, el portal de Dios.

Desde el tren podíamos ver las cúpulas y el techo plano y blanco de un templo. Sobre su tejado grandes manadas de macacos jugaban sin que nadie los molestara. Eran considerados como los compañeros y seguidores de Hanuman, el jefe de los macacos, iniciado por Dios.

Como si hubiesen recibido una orden, los macacos corrieron abajo del tejado y de las paredes, y se precipitaron tras el largo tren, que había sido puesto en marcha otra vez, y lentamente avanzaba dando resoplidos hacia el empinado declive de la montaña. Encantados por la inesperada diversión, los prisioneros se asomaron a las ventanillas, gritando y provocando a los macacos, y arrojaron lo que encontraron a mano, como cajas de cigarros o cigarrillos, objetos de metal o latas, hasta que los monos abandonaron la caza de los humanos, y volvieron atrás.

- He estado toda la noche pensando en el nombre de Dios - dije.

Sadananda asintió satisfecho.

- Sí, lo sé. El que una vez ha sido embargado por el magnético poder de Dios, por el jubilante y regocijante poder de Dios, ya nunca podrá escapar de Él.

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