Una Iglesia tras las Alambradas
Los misioneros detenidos. El viejo padre Lader. Dr. Fuchs, el sacerdote protestante. Los jesuitas toman notas. Las conferencias de Sadananda. Controversias teológicas. El Guru sostiene sus creencias.
Había muchísimos misioneros cristianos confinados en el campo indio. Se les encontraba en casi todas las secciones. Toda la vida de la Iglesia con todas sus dificultades se revelaba dentro del recinto de alambre espinoso. En la intimidad de la vida en las barracas, se tornaba inevitablemente claro que un pobre mortal se ocultaba bajo la sotana de sacerdote, con las acostumbradas debilidades humanas. Sin embargo, durante mis seis años de confinamiento en la India era para mí a menudo un gran consuelo saber que dentro del campo, que estaba lleno de odios y disputas, había grupos de personas que se esforzaban por fijar su atención en las cosas eternas. Por ejemplo, los sacerdotes católicos celebraban misa todas las mañanas, y los domingos el altar era alzado en la barraca comedor y se celebraban oficios divinos, allí donde los prisioneros se reunían para comer, codiciosos y hambrientos. Disfruté mucho cuando el día de Pascua este aposento se estremeció por el júbilo de la resurrección, cuando católicos y protestantes se reunieron para cantar a coro. Traté de ver a los sacerdotes de varias religiones como aquellos de Cristo, a los que éste decía: “¡Recibid el Espíritu Santo!...Id en mi nombre, haced discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Pero llevar el mensaje del Espíritu Santo por el mundo seguramente significa también reconocer el Espíritu Santo en todas sus manifestaciones. Había aprendido a conocer el amor de Dios, del modo que lo explicaba Sadananda, como una revelación que brilla con el Espíritu Santo. Estaba bastante sorprendido por el hecho de que muchos que profesaban la religión cristiana hablaran de Sadananda con desprecio y censura. También me sorprendía que la mayoría de ellos no tuviesen la menor noción de la poderosa corriente de puro teísmo que ha existido desde tiempo inmemorial en la diversa vida espiritual de la India. Los sacerdotes de otras hermandades hablaban condescendientemente de los “pobres infieles”, entre los cuales estaba incluido Sadananda. Sólo uno de los muchos misioneros cristianos con quienes intercambié conocimiento en el campo de concentración indio había previamente adquirido algunos conocimientos de la antigua cultura y religión del pueblo que ellos se habían propuesto convertir, pero muchos de ellos trataron de corregir su negligencia en esta materia durante su estancia en el campo de concentración.
Había un pequeño grupo que se reunía por un rato regularmente en nuestro cuarto mientras los entusiastas del fútbol clamoreaban del lado de afuera, y la gran pelota de cuero rebotaba con violencia contra nuestra pared.
Recuerdo muy bien algunos de los que asistían al curso de Sadananda. El viejo padre Lader se sentaba allí en una silla de tijera que él había traído consigo y solía cruzar sobre las rodillas sus ásperas manos de trabajador. Su rostro arrugado y rudo estaba cubierto por una espesa barba gris siempre despeinada. Los clérigos compañeros suyos se reían mucho a sus expensas, se divertían con el “bondadoso padre Lader”, porque no era muy cuidadoso de su persona, y su blanco hábito de monje estaba a menudo manchado o mal atado. En su juventud había sido herrero en Württemberg. Más tarde se hizo hermano de una orden religiosa, y se marchó a la India, llamado por una inspiración interior. Allí había sido sorprendido por la primera Guerra Mundial, y metido tras una alambrada durante seis años en un campo de concentración de la India. Durante el período de las dos guerras estudió latín, y después de duras tareas en un seminario, había sido ordenado sacerdote. Después, durante muchos años vivió en un pueblo indio en medio de la jungla, en la soledad, en la pobreza, y pasando las mayores privaciones. Usted no conoce al pueblo indio - me dijo -. Usted no sabe nada respecto al fanatismo y la superstición de este pueblo. Usted sólo ha entrado en contacto con la más elevada cultura india en los Upanisads.
Y sin embargo, él amaba aquel pueblo indio, aunque muy raramente había logrado convertir a ninguno durante sus largos años de trabajo. Amaba también los Upanisads. Durante los primeros días de mi detención me venía a buscar para pedirme prestados algunos textos sánscritos. De los muchos misioneros cristianos que conocí en el campo, el viejo Lader era el único que había aprendido el sánscrito antes de entrar en el campo. Al lado de Lader se sentaba el sacerdote protestante, Dr. Fuchs. Iba muy bien vestido, sonreía complaciente todo el tiempo, y tenía un gusto especial por las intrigas. Pero tenía talento y ansias espirituales. A menudo venía a nuestro cuartito, aún cuando no había tertulia. Sadananda era algo brusco con él, como lo era con todos aquellos a quienes no estimaba, o de quienes no esperaba nada. “Podría tener grandes posibilidades, decía Sadananda refiriéndose a él, pero ha tenido demasiados éxitos materiales. Necesita un rudo golpe del destino que lo aplaste completamente. Entonces su alma se despertará”.
Al lado del pastor Fuchs se sentaba un iletrado, un geólogo muy tranquilo, de cabello blanco. Antes de su encierro, había explorado minas en América del sur e India. Hasta entonces sólo había tratado con las ciencias puramente naturales, y fue un ateo convicto. Después de una de las conferencias de Sadananda me dijo muy seriamente: “Nunca hubiese podido creer que nada parecido fuese posible. El mundo en que he vivido hasta ahora no es el mundo completo. Es como si hubiesen quitado un velo. Una brisa de otra realidad más verdadera llega hasta uno cuando su amigo habla de Krishna”. Y mirándome fijamente añadió: “¿Hemos olvidado enteramente el verdadero mundo?”.
Su esposa había sido encarcelada a 1 500 kilómetros de distancia, en el campo de mujeres del sur de la India, donde yo había pasado una temporada. Cuando después de muchas instancias y espera, todos los matrimonios separados fueron finalmente reunidos en un recinto familiar hecho exprofeso, el Dr. Schultheiss nos dejó. Escribía continuamente a Sadananda, y le envió como presente de Navidad un plato de madera tallado por él mismo.
Incansablemente los tres jesuitas anotaban las palabras de Sadananda en un memorándum que sostenían sobre las rodillas. Estaban acostumbrados a estudiar y examinarse, y también estaban relacionados con los trabajos científicos. No serían miembros completos de su orden hasta que llegasen a los 45 años, y los novicios no perdían tiempo en el campo, oyendo todas las conferencias. Los jesuitas habían organizado una facultad teológica completa en el campo. Los tres que asistían a los cursos de Sadananda eran tan dispares como pueda imaginarse.
El joven padre Zehner apenas se movía. Nadie en el campo hablaba mal de él, a pesar de su blanco hábito y la barba que adornaba su arrugado rostro moreno, de donde sus grandes ojos miraban. Sin que se lo pidieran, se prestaba a ayudar cuando había que llevar alguna batea de patatas a la cocina, o cuando se buscaban voluntarios para algún trabajo difícil. Cuando hablaba, medía las palabras cuidadosamente. “Nosotros también los tenemos”, musitaba asintiendo cuando Sadananda aludía a los secretos de la vida espiritual, que se reflejan en el culto a Radha-Krishna. Zehner quería decir el amor que fluye entre las tres divinas personas de la trinidad. Pero evidentemente se incomodaba con sus propias palabras. Sonnenbichler se parecía a un arcángel Miguel tallado en madera, y era tan fuerte como un león. A la sazón era aún novicio. Algún tiempo después fue ordenado en el campo. Para este fin, uno de los obispos italianos internado dejó sus alambradas y vino a las nuestras. El joven, alto y de pelo rubio, yacía inclinado durante toda la ceremonia como el tronco de un árbol caído, delante del altar en el comedor de la barraca. Durante los primeros días que se siguieron a esta ceremonia andaba como en éxtasis. En realidad su deseo había sido llegar a ser un escultor.
- ¡Oh! Qué difícil es aprender el sánscrito - gemía, un día que se hallaba a mi lado fregando los platos -. El latín es mucho más fácil. Y esos sutiles pensamientos nuevos, y ese movedizo pensar que uno tiene que dominar antes. Mi cerebro se niega, es superior a mis fuerzas.
- Exactamente lo mismo me ocurría al principio - le contesté, tratando de confortarlo.
Pater Sprechmann, el tercer jesuita que asistía a los cursos de Sadananda, vino, como Sonnenbichler, de un pueblo de Baviera. Su acento lo delataba, aún cuando sus estudios teológicos en la Universidad de Freiburg hubiesen echado un velo de escolasticismo sobre su honesta educación campesina. Su fogosa y forzada expresión a menudo se precipitaba más allá de sus pensamientos. A veces parecía que deseaba atrapar los secretos divinos con una palanca de hierro. El Dr. Sprechmann era versátil y ambicioso. No era sólo teólogo, sino que era también un excelente corredor de larga distancia, y se entrenaba todos los días en el gimnasio. Uno de sus deseos era ganar la “medalla de oro” de los atletas del campo.
Sadananda se hallaba delante de la pizarra; era delgado y estaba vestido con una túnica anaranjada que él mismo había teñido, y llevaba las sandalias indias que son comunes en este país. “El Krishna del que les he hablado, nombrado en los libros, el divino héroe y maestro en la epopeya del Mahabharata y en el Bhagavad-gita, no es el completo Krishna; Krishna en su integridad”, explicaba. “Y aún la divinidad que es la fundación del mundo, y el Dios que crea, sostiene y mantiene el mundo, recibiéndolo al fin en Sí mismo, aún estos no son más que aspectos exteriores de Krishna. El verdadero Krishna es un profundo misterio”. Sadananda escribió en la pizarra con su fina y atrevida caligrafía la sílaba “Krish”, usando la escritura devanagari.
- La palabra Krishna viene de la raíz sánscrita “Krish” - explicó -. “Krish” significa atraer. No sólo existe una gravitación física, sino también espiritual. Así como el sol atrae a la tierra y a los planetas de manera que giren alrededor de él, así Krishna atrae las almas, la atma de todos los seres, hacia Sí Mismo por medio del amor e indescriptible belleza. Krishna es absolutamente consciente. El alma humana se halla en la misma relación hacia Él, hacia Dios, que los rayos del sol hacia el mismo sol. Sadananda buscó entre sus papeles.
- Les voy a dictar un himno a Krishna, de la Edad Media. Es original de Jagadananda, amigo, devoto y discípulo de Sri Cheitanya:
“El hombre es una brizna mortal de la conciencia espiritual; Krishna es el sol de todo lo que es espiritualmente consciente. Los que contemplan a Krishna eternamente, Lo aman y Lo honran. Apartar el rostro de Krishna, da lugar al deseo. Maya, que está al lado de él, lo coge y lo abraza. Cuando el demonio interviene, el espíritu se destruye. Lo mismo ocurre cuando el hombre cae en las manos de Maya. “Yo soy el criado de Krishna”, ha olvidado esto. Se torna un jornalero de Maya, y anda a la aventura. A veces medio-dios, otras veces demonio, ya amo, ya esclavo... Por los que están dedicados a Dios, aprende la verdad sobre su propio ser. Cuando ya sabe esto, deja de vagar por el mudable mundo. Llorando exclama; “¡Oh Krishna! Yo soy sobre todo Tu criado. Donde pongo mis pies todo es destrucción”. Y si en sus ruegos sólo una vez llama a Krishna, Krishna es misericordioso y lo libra del mundo cambiante. Abandona a Maya, deseoso de servir a Krishna. Y amando, amorosamente se aproxima a los pies de loto de Krishna.”.
- Pero, ¿qué es maya? - preguntó Sprechmann -. A menudo oye uno la palabra maya, y usted la usa ahora. Me parece interesante. ¿Quiere usted explicar su significado?
- Con mucho gusto - contestó Sadananda -. El poder infinito de Dios se presenta en dos aspectos: atractivo y repulsivo; conduce a los pies de Dios y aparta de los pies de Dios. Piense en las fuerzas centrípeta y centrífuga. La fuerza que según la voluntad de Dios se aparta de Él y Lo oculta, es maya.
- No comprendo lo que usted quiere decir con “la fuerza que, según la voluntad de Dios, se aparte de Él” - musitó el Dr. Sprechmann. Sadananda escribió en la pizarra la sílaba ma
- La palabra maya viene de la raíz sánscrita ma - explicó serenamente; pero un fuego secreto, que me era familiar, lucía en sus ojos -. Ma significa medir. En tanto que egoístamente medimos las cosas que nos rodean, valorándolas según la alegría o pena que nos dan, nos hallamos en poder de Maya. Maya que nos oculta a Dios, es, según decreto divino, el que gobierna el universo mensurable.
- El Universo, pues, ¿no pertenece a Dios? - pregunté
- El universo de Maya lo es por la gracia de Dios, con el fin de que las almas que no Le sirven ni Lo aman, sino que más bien desean disfrutar egoístamente según su antojo, tengan una morada.
- ¿Es entonces el universo un campo de concentración? - preguntó el Dr. Schulteiss, espantado.
- No, una institución educacional - replicó mi amigo con calma -. Cuando nos damos cuenta de que el sufrimiento y la amargura se encuentran en el fondo de todo placer, y cuando volvemos a Dios otra vez, anhelando la devoción desinteresada, tocamos el corazón de Dios, y Él nos recoge en Su seno. Pero no podemos concebir tal cosa con nuestros sentidos y nuestra inteligencia. En tanto que degradamos los fenómenos del mundo haciendo de ellos objeto de nuestros deseos para nuestro placer, no podemos comprender ni al mundo ni a Dios. La real existencia de Dios es absolutamente inaccesible a nuestra lógica. Sprechman levantó su índice.
- ¿Niega usted entonces la posibilidad de una lógica evidencia de Dios? Si es así, no estamos de acuerdo.
El pastor Fuchs carraspeó para aclarar su garganta:
- Por una vez soy de la misma opinión que la Iglesia católica.
- La madre Iglesia - dijo el padre Lader lentamente.
- ¿No es nuestro universo, con sus innumerables vías lácteas, que están a millones y billones de años luz de distancia, no es cada gota de agua un testimonio de la majestad de Dios? - continuó el doctor Fuchs, esta vez en voz alta -. A mi juicio, cuanto más penetremos en los secretos del Universo por medio de las adquisiciones de la ciencia moderna, más nos aproximamos a Dios.
- El cerebro del hombre puede probablemente imaginar una débil sombra de ese aspecto de Dios - dijo Sadananda -. Pero Dios no existe solamente en Su aspecto majestuoso. Dios no existe solamente por el mundo. Unos cuantos místicos europeos reconocen esto. Dios tiene una existencia personal. Nuestro universo, que está limitado por el tiempo y el espacio, tiene la misma relación con el reino de Dios como los rompientes en la playa de un mar sin límites. Sólo puedo repetir que no se debe entrar en el reino de Dios por la curiosidad de saber, sino por la mucha devoción.
- Usted habló antes de la fuerza que nos empuja a los pies de Dios - dijo el Pater Zehner con lentitud -. A esa fuerza, ¿no la llama usted Radha?
El pálido rostro de Sadananda se iluminó. Por un momento la habitación se llenó de silencio.
- Radha es la personificación, la forma original del amor de Dios. Nadie se puede aproximar a Dios sin la condescendencia de Radha, sin que Ella dirija nuestra alma.
Sadananda escribió la sílaba radh en la pizarra - La palabra Radha viene de radh - dijo -. La raíz sánscrita radh significa amor reverente. El afecto reverente no tiene medida. Porque aunque el amor aumente durante toda la eternidad, no tiene fin ni fondo. El inconmensurable reino de Dios está forjado en el amor... Pater Zehner asintió satisfecho.
- En el reino oculto de Dios - continuó Sadananda -, Radha sirve a Krishna siempre con indecible amor y devoción. Y al mismo tiempo Ella se identifica con Él de la misma manera que el resplandor del fuego es el mismo fuego, el perfume de la rosa es la esencia de la misma rosa. Radha no deja nunca el reino interior de Dios. Pero uno de Sus aspectos está continuamente en el mundo. Este aspecto se llama en teología cristiana, el Espíritu Santo.
Los lapiceros de los jesuitas se deslizaban rápidamente sobre el papel.
- Creo que ya han oído bastante por hoy - dijo Sadananda, y cerró el libro.
Los que asistían a la conferencia se marcharon. Sadananda se inclinó sobre el baúl abierto que contenía sus libros y puso allí cuidadosamente los papeles que había usado. En silencio dirigió una mirada al retrato de su guru.
- Sé, naturalmente, que mis esfuerzos no darán ningún fruto esta vez - dijo -. Probablemente estoy dando a uno o dos de mis oyentes, material que más tarde puede ser usado en tratados de controversia contra el teísmo indio. Pero, como quiera que sea, los hago pronunciar el nombre de Krishna, escuchar el nombre de Krishna. Y estoy convencido que el nombre divino de Krishna tendrá el poder de ayudarlos en su próxima encarnación a aproximarse al reino interior de Dios.
