Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Un Nuevo Compañero de Cuarto

Compartiendo con Sadananda el cuarto de lavar los platos. Un nuevo compañero de cuarto. Gritos desesperados en la noche. Talante agresivo de Sadananda. El hábito no hace al monje. El encanto se desvanece.

Después de una mudanza y una consecuente reorganización del campo, Sadananda y yo fuimos alojados en la misma barraca. Vivimos en una pequeña habitación, sólo para los dos. Sobraba espacio para una tercera cama entre las dos nuestras.

Este cuarto había servido para lavar los platos y para el rancho de los oficiales, y no era apropiado para vivir en él. Estaba construido junto al muro de una terraza. Hacía más calor allí que en un horno. El sol tropical caía de lleno sobre el bajo techo inclinado, y calentaba los ladrillos de las paredes. Además, el campo de fútbol estaba muy cerca de allí y era imposible abrir las puertecillas de la ventana, sin que una pelota extraviada no rompiese los cristales inmediatamente. A la derecha y a la izquierda de nuestro dormitorio la gente se sentaba todo el día, en grupos compactos, para presenciar los partidos de fútbol. Cada jugada feliz o desastrosa arrancaba un prolongado alarido de entusiasmo o indignación de aquella gente alborotada.

Mientras tanto, mi amigo, sentado en la cama con las piernas cruzadas, trabajaba afanosamente, inclinándose mucho a medida que escribía su extensa obra. Una pequeña caja de metal colocada sobre sus rodillas le servía de mesa. A su lado tenía un gran baúl de metal que contenía sus libros y manuscritos, todos ellos puestos en el orden debido. Mi amigo podía echar mano a cualquiera de ellos en un momento dado, aún en completa obscuridad. En la tapa del baúl abierto, se veía un retrato del guru de Sadananda. Gritos y silbidos sonaron de nuevo afuera. Otra vez la pelota chocó contra nuestras puertecillas. Oímos un ruido de cristales rotos. En vano intenté ocultar mi disgusto, que aumentaba lentamente y podía fácilmente transformarse en odio contra mis compañeros.

- ¿No sería necesario aprender a amar a los seres humanos antes de aspirar a amar a Dios? - pregunté.

- No puedes experimentar ningún amor verdadero por los seres humanos sin conocer el amor de Dios - fue su rápida respuesta -. Los seres humanos, todas las criaturas del mundo, son como las flores de un árbol. La raíz del árbol es Dios. Si se riega la raíz, todas las hojas y flores del árbol recobrarán nuevas fuerzas. El amor se desborda. Pero no se deben confundir las máscaras, las vestiduras, quiero decir los cuerpos de los seres humanos, su sensualidad y su deseo, con la verdadera persona, el atma, que momentáneamente asume una de esas extrañas características. El atma no es nazi, ni comunista, ni inglés, ni judío, ni brahmana, ni boxeador, ni hombre, ni mujer. La ley infinita inherente a cada atma es ser el eterno sirviente de Krishna, aunque lo haya olvidado. Debes intentar fijar tu atención sobre el atma.

- ¿Tú puedes hacerlo? - indagué.

- Me esfuerzo por conseguirlo.

En nuestro recinto había un inquilino que no tenía hogar. Su túnica de monje se parecía a la de Sadananda, aunque era amarilla en lugar de anaranjada. Era uno de los pocos budistas europeos del campo. Algunos de ellos tenían muy buen carácter y eran muy instruidos, pero desgraciadamente yo había conocido a uno distinto; era gordo y calvo, de una calvicie brillante. Se apellidaba Gross.

El contenido del cerebro de Gross presentaba un extraño aspecto. Cuando joven había estado en una tienda de una pequeña ciudad, donde vendía pescados y queso. Luego se había convertido en fotógrafo ambulante, llevando la máquina con él a todas partes y retratando a los visitantes de varias playas y retiros, hombres y mujeres, no siempre totalmente vestidos. De súbito fue sobrecogido por el ansia de paz y certidumbre, y se embarcó para Ceilán, donde se hizo monje budista. Pero la parte erudita que se había reunido en su cerebro como un revuelto montón de broza, junto con su carácter agresivo, le hicieron inadecuado para el difícil y profundo trabajo mental exigido por las enseñanzas de Buda. Exteriormente conservaba las reglas de su orden, de modo estricto. Cuando llamaban para darnos el panecillo por las tardes, él rehusaba ponerse en la cola con sus compañeros de prisión. No tomaba parte en los trabajos que hacían los demás, tales como pelar patatas, cortar leña y otros quehaceres. Explicaba que las reglas de su orden le prohibían ejecutar trabajos para ignorantes, y aunque parezca increíble, logró sostener su punto de vista. Con paso lento, siempre mirando al suelo, de acuerdo con su regla, andaba arriba y abajo a lo largo de la cerca de alambre de espino, con su gordo cuerpo envuelto en una túnica amarilla. De cuando en cuando lograba encontrar algún discípulo que le acompañaba durante unos cuantos días, escuchando sus discursos, y luego lo dejaba burlándose de él. Se le consideraba intolerante y un divulgador de calumnias y mentiras.

Acto seguido a la mudanza y reorganización del campo, todos los de las barracas se negaron a darle abrigo. Provocadoramente, colocó su cama fuera, cerca del campo de fútbol, donde la túnica amarilla que colgó era motivo de disgusto para muchos.

- Es un viejo - me dijo Sadananda -. El invierno es frío aquí. Hay espacio en nuestro rincón. ¿Quieres que invitemos a Gross a que venga a vivir con nosotros?

- Es agresivo - dije -. Habrá disgustos. Sé que ha dicho a muchos que practicó la magia negra.

- Gross no tiene la menor idea de lo que es magia negra, y esos que lo escuchan, menos aún - dijo riendo Sadananda -. Pero como quiera que sea no debían burlarse del hábito de un monje.

No sé cuál sería la intención de mi amigo al decir esto; si quería darme una idea de como uno debía o no debía ser. Nuestro nuevo compañero de cuarto se mudó ceremoniosamente, y se acomodó entre nuestras dos camas. Me prestó un libro en el cual encontré una cita de Buda que nunca he podido olvidar: “Se burló de mí, me pegó, y me conquistó por la fuerza. Si uno piensa en ello no puede menos que odiar. Este odio quita la paz al que odia; únicamente no odiando puede uno encontrar la paz en la tierra”.

Detrás de su mosquitero, y las ropas amarillas que echó sobre él, Gross se sentaba todos los días en su cama, entre la de Sadananda y la mía, con las piernas cruzadas, y oraba durante muchas horas. Siempre llevaba consigo un cráneo, y colocándolo delante de sí, meditaba en la corruptibilidad de la tierra. “Yo irradio simpatía y amor para todos los seres humanos”, me dijo. Pero aún cuando estaba en trance, no perdía detalle de lo que pasaba a su alrededor. Él, que había cedido todos sus bienes, insistía en todos sus derechos personales, su parte en el suelo de la barraca y otras minucias por el estilo. Sin embargo, no se tomaba tanto interés cuando se trataba de barrer su trocito de suelo. Las reglas de su orden se lo prohibían. “Me parece que está usted buscando reñir conmigo”, me dijo varias veces. Tanto Sadananda como yo andábamos de puntillas para no molestarlo. Gross tenía la peculiaridad de emitir gritos agudos durante el sueño, tales como “huhuhu”, como si tuviera pesadillas.

- No grite de esa manera - dijo Sadananda ásperamente una vez que no pudo soportar los gritos, y encendió la luz.

Teníamos la costumbre de apagar la luz antes de la hora indicada, con el fin de que nuestro compañero de habitación pudiera dormir tranquilamente. Gross se sentó, parpadeando, y tardó algún tiempo en despertarse del todo. - No me extraña que grite cuando duermo - dijo deliberadamente -. Hay dos oídos que están de más en esta habitación.

Echó una mirada significativa en mi dirección, pues aludía a los secretos artificios que, según él, practicaba yo con el fin de trastornarlo. A esto, Sadananda abandonó toda consideración, y se fue derecho al ataque. No llamó a su compañero de cuarto “su reverencia”, ni se dirigió a él por su nombre de monje budista, que solía usar otras veces por respeto al hábito que llevaba. Lo llamó por su viejo nombre de los días de la tienda.

- Gross, no intente siquiera cosa semejante - le reprendió -. Usted no grita porque haya aquí ninguna mala criatura, sino más bien porque tiene usted la cabeza llena de malos pensamientos. Por eso le torturan las pesadillas. Por eso vive usted en continua agonía, y cree que los demás lo amenazan. Usted dice que irradia simpatía y amor; sin embargo, usted fomenta su odio. Dice usted que practica la contemplación, pero se sienta usted ahí como una araña en su tela, escuchando algo que le pueda molestar, para después tener el gusto de quejarse. Jamás en mi vida he visto una persona tan dominada por su egoísmo como usted. Usted cree que es el centro del mundo que le rodea. Usted deshonra el respetable hábito de Buda que lleva puesto. ¡Viejo hipócrita!

Con su rechoncha cara cuya expresión tranquila significaba “qué injusticia”, Gross escuchó este torrente de palabras. Con la misma expresión en el rostro, se mudó al día siguiente, llevando su cráneo y sus escritos, su amor y misericordia a otra parte.

- ¿Por qué has sido tan duro con Gross? - pregunté a Sadananda cuando nuestro compañero de cuarto se había marchado.

- Para despertar su atma, su alma. Aunque se marcha herido en sus sentimientos, la impresión le durará hasta la próxima encarnación. Éste ha sido un modo de ayudarlo mucho mejor que si alimentase su egoísmo y vanidad. Mi guru era un experto en estas enseñanzas. Llamaba a esto gracia agresiva, la gracia por medio del ataque. Pero en el Oeste es muy fácil confundir el hábito por el monje. Usted sabe que yo aprecio mucho el esfuerzo social del oeste. Sí, las instituciones de bienestar para los viejos y enfermos, el derecho de todos a tener trabajo y educación, todo eso es excelente. La protección de los niños y enfermos, débiles o perseguidos, debe existir. En nuestros días, de hecho, es casi la única cosa que distingue a los seres humanos de los animales. Pero cuando pienso en todos estos esfuerzos para hacer el mundo corruptible y mudable, agradable a los seres humanos, a menudo me parece que es como si alguien se hubiese caído al agua y estuviera en peligro de ahogarse. Entonces viene otro corriendo a salvarlo, y al tratar de hacerlo, se quita el sombrero, las gafas, se desnuda. El que se está ahogando, la verdadera persona, el atma, tiene tiempo de sobra para hundirse.

Poco a poco aprendí a darme cuenta que cada palabra pronunciada por Sadananda era la expresión de su atma, de su alma, y que todas sus acciones, amigables o burlonas, estaban basadas en un esfuerzo de despertar el atma de las personas que tenían contacto con él. Los inquilinos del campo lo respetaban, a pesar de su hábito de monje que suscitaba la burla. Le temían, porque era más rápido que ellos en la réplica. Les inquietaba y ellos le evitaban.

Cuando Sadananda hería los sentimientos de alguno, sus palabras dañaban tanto el amor propio, que las lágrimas brotaban de los ojos del ofendido. El que se hallaba en este caso sentía a menudo como si le desarraigasen el propio ser. Pero el duro golpe no era propinado con la violenta espada de la intolerancia, procedía más bien de un purificador fogonazo de luz espiritual. Era uno de esos golpes con que terminan muchos de nuestros cuentos de hadas, pues el tema de casi todos ellos es originario de la India. Allí la misma persona encantada pide: “Córtame la cabeza. Corta la cabeza de animal que ha sido puesta sobre mí”. Si el otro vacila, el encantamiento no se rompe. Pero si el verdugo deja caer la espada, el encantado queda libre de la maldición, asume su verdadera forma otra vez. Pero es sólo en los cuentos de hadas que los príncipes que han sido transformados en animales o duendes, tienen el valor de pedir por su propia voluntad: “Rompe el encantamiento, dame la verdadera forma del amor. Hiere, ¡espada liberadora!” En el campo se hablaba mal de Sadananda. “Es un renegado que ha traicionado su nacionalidad alemana para volverse negro”. Y odiosos informes y falsas acusaciones eran enviados al comité de investigación.

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