Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Maestro y Discípulo

Enseñanza en medio del alboroto. La historia de Sadananda. El avatar dorado. El profesor de matemáticas que enseño a Sadananda. Blasfemias de los prisioneros y versos del Bhagavatam. Espías e interrogatorios.

Este encuentro en el obscuro campo de fútbol fue el principio de muchos diálogos con Sadananda. A menudo nuestra conversación giraba inesperadamente en esta dirección cuando caminábamos arriba y abajo a lo largo de las alambradas, y muchas veces hasta durante el día, cuando nos sentábamos en medio de una multitud de chicos bullangueros, pelando patatas fuera de la cocina de la barraca. Él profería cortas sentencias cuyo significado no era comprendido por los demás. A veces me buscaba en mi barraca, o yo iba a la suya y me sentaba durante una hora o más en su cama. Vivía muy incómodamente. Su vecino era un músico que se había degenerado en los trópicos, y que olía continuamente a licor fuerte. Negociaba con toda clase de artículos y su cama era un almacén; ahora hacía funcionar incansablemente un viejo gramófono que acababa de adquirir. Sadananda toleraba bondadosamente a su vecino. No establecía diferencias entre personas de costumbres civiles y los llamados elementos insociables. Hasta sostenía que un criminal o una prostituta tenían mayores perspectivas para una rápida y completa conversión que los ciudadanos que observan las leyes. Había muchos ejemplos de esto en las Sagradas Escrituras de la India, y también en los Evangelios. Se refería a las historias de María Magdalena y el ladrón crucificado. Cada vez que iba en busca de Sadananda, durante estos días, era mayor el ruido que oía al entrar por la puerta de su barraca. El cambalache continuaba en la cama de su vecino, y, además, jugadores de cartas se sentaban alrededor de la única mesa que había en la barraca, barajando ruidosamente los sucios naipes. Muy a menudo había disputas entre ellos. Sadananda no parecía molestarse lo más mínimo por todo esto. Exclamaba alegremente… “¡Qué amable has sido viniendo a visitarme, Vamana das! Ven y siéntate en mi cama”. Una aureola de paz parecía flotar de un modo invisible encima de aquella pobre cama. Cuando empezaba su narración, mis oídos se quedaban sordos a toda clase de ruidos.

- ¿Qué te trajo a la India? - le pregunté.

- El deseo de mi corazón, y mi encuentro con Swami Bon, un indio que había sido mandado a Europa por su profesor, y que luego fue mi guru. Y sobre todo, un libro que encontré en la biblioteca de la Universidad de Berlín. Era un libro acerca de Krishna Cheitanya. ¡Ah, el secreto avatar de la época de la ignorancia y superstición, el Avatar dorado! Sri me ha hablado de él. Una sonrisa se dibujó en el severo semblante de Sadananda.

- Así que Sri te ha contado algo acerca de Krishna Cheitanya - dijo con alegría -. Según lo que he oído, creí que tu maestro pertenecía a la escuela de Sankaracharya. Sabrás, naturalmente, que Cheitanya entró en la orden de Sankaracharya para redimirlo interiormente, ya que sus enseñanzas no contenían más que un pálido reflejo de la verdad.

- ¿No estaba Sankaracharya en lo cierto? ¿No es el mundo corruptible ilusión y desilusión, y además repleto de pesadumbres?

- Sí, naturalmente; pero al mismo tiempo el mundo tiene su origen en Dios, el Dios eterno lleno de bienaventuranza.

- Sí, lo que nosotros pensamos que es el mundo, es en realidad el divino e impersonal Brahman.

- El Brahman impersonal no es otra cosa que una radiación de la figura del Dios personal...No es tan sencillo como crees, Vamana Das. En Dios los más increíbles antagonismos están armoniosamente unidos. Dios es simultáneamente personal e impersonal. El mundo está separado de Dios y al mismo tiempo no está alejado de Él. El salvador divino, el avatar, está separado de Dios, y sin embargo no está alejado de Él. La enseñanza de bhedabheda, de estar separado y sin embargo no estar separado, es muy clara tal como lo ha explicado Krishna Cheitanya. Cuando, durante mis estudios en la Universidad, investigué los diferentes sistemas de los filósofos orientales y los occidentales, siempre deseaba dar con un sistema en el cual pudiésemos continuar eternamente sin llegar nunca a un fin. He encontrado todo lo que buscaba en la filosofía de Krishna Cheitanya y sus discípulos, de cuyos tesoros el mundo no tiene la menor noticia.

- ¿Tu guru?

- Mi guru Bhaktisiddhanta Saraswati era un discípulo de Krishna Cheitanya, vivió en el amor de Dios y dio a conocer este divino amor.

Con indescriptible afecto y ternura, Sadananda empezó a hablarme de su guru. En su juventud, este hombre había sido un conocido profesor de matemáticas superiores y astronomía en un colegio de Bengala. Un día el joven escolar se fue a una ermita en el bosque, y pidió que lo iniciasen. El maestro espiritual que buscó era un asceta trotamundos, casi desnudo, sin más vestidura que un taparrabos; se llamaba Goura Kisora. El anciano ignoraba cuál era el deseo del estudiante. “El saber y la reputación en el mundo no significan nada ante Krishna”, dijo ásperamente. Pero el profesor de matemáticas no cesó en sus ruegos, y finalmente el anciano lo aceptó como su discípulo, persuadido por el esfuerzo y devoción que había demostrado. Había notables semejanzas en las vidas de Bhaktisiddhanta Sarawasti, que tenía su casa cerca del Ganges, en la India, y su discípulo europeo, a quien llamó Sadananda. Este último, también había respirado el áspero aire de la ciencia en su juventud. En la Universidad de Leipzig estudió religión comparada, aprendiendo varias lenguas, tales como el pali, el sánscrito, el tibetano, el chino y el japonés. Después de doctorarse y publicar una nueva edición de su conocida obra sobre la historia de la religión, se le propuso una prometedora carrera como profesor de la Universidad. Pero él abandonó todos estos planes, se deshizo de todas sus propiedades, y partió para la India, con el fin de beber en las fuentes y sentarse a los pies de su guru Bhaktisiddhanta Saraswati.

Sadananda me mostró algunas fotos de su maestro. Me quedé asombrado por la semejanza que había entre éstas y el propio Sadananda. Yo miraba la fotografía y a mi amigo, y otra vez la fotografía. No era bastante decir que se parecían como hermanos; parecía más bien que se trataba de la misma persona en dos períodos diferentes de su vida. El mismo aire, la misma expresión, la misma fuerza interior expresada en el gesto de la mano.

Cuando indiqué esta semejanza a Sadananda, él la negó modestamente. Poco a poco aprendí a conocer a mi amigo mejor; noté que sufría por la separación de su maestro. Éste había muerto en el mes de enero de 1937. Parecía haber existido un fuerte vínculo espiritual entre este guru del amor de Dios y su discípulo europeo. En una ocasión que Sadananda rompió su acostumbrada reserva, me dijo que su guru, Bhaktisiddhanta Saraswati, una vez había pronunciado en presencia de un gran auditorio, y con gran sorpresa de todos, estas palabras: “Tú, Sadananda, y yo, siempre hemos vivido juntos en la eternidad”.

- El destino ahora se ha puesto por medio - le dije -, medio mundo se ha interpuesto entre tú y tu guru. Mejor hubiera sido que nunca lo hubieras encontrado.

- El destino quería que fuese así - dijo Sadananda lentamente -. Así lo quiso el destino, para saber si la fuerza interior de mi corazón era bastante fuerte para vencer todas los obstáculos y luchar contra la corriente. Y aún ahora me parece haber sido una maravilla el lograr encontrarlo. Sin embargo, fue muy poco el tiempo que tuve para servirlo esta vez. La próxima, espero que estaremos más tiempo juntos.

- ¡Cerdo inmundo! ¿No me has oído decir as de bastos? Te voy a desollar vivo - gritó uno de los jugadores de cartas, también muy conocido como luchador y propietario de un club de gimnasia en el sur de la India. Se parecía a un gigante de brazos musculosos y ojos traidores.

- Sí, pon atención, con el fin de no perder ningún detalle de tan interesante conversación - me amonestó Sadananda, cuando notó que no podía resistir a la tentación de oír las disputas de los jugadores de cartas -. Haces preguntas por la curiosidad, como todos los demás. Qué bien entendió esto mi guru, cuando entre sus últimas palabras nos indicó lo siguiente: “Cuando te retires de los pies de loto de Krishna, serás vencido de la misma manera por las tentadoras y repulsivas fuerzas de este mundo”.

- ¡Apaguen las luces! ¡Apaguen las luces! Gritaron los soldados europeos furiosos, cuando pasaban en su ronda a estas altas horas de la noche, a lo largo de la cerca del campo indio.

Blasfemando, los jugadores colgaron sus mantas de las ventanas de la barraca. Luego continuaron jugando.

- Coge una hoja de papel y un lápiz - dijo Sadananda -. Te voy a dictar un verso sánscrito del libro llamado Bhagavatam, que tal vez pueda serte de utilidad.

“El nudo del corazón será deshecho, todas las dudas se desvanecerán Y hasta tu karma, sus hechos, y la inevitable consecuencia de sus hechos, desaparecerán, cuando hayas contemplado tu alma y Dios”.

Muchas preguntas se me ocurrían cuando regresaba en la obscuridad, de la barraca de Sadananda a la mía. Y otras preguntas que me habían perturbado toda la vida, ahora tenían su contestación. Una atracción irresistible me llevaba al lado de Sadananda. Pero no era tan fácil visitarlo, porque al principio pertenecíamos a diferentes grupos dentro de las alambradas. Él era alemán, y yo era judío de nacimiento. Continuamente me espiaban, me observaban, y me interrogaban: “¿Dónde ha estado? ¿Qué ha estado haciendo durante estas últimas horas? ¿Con quién ha hablado?” Y los informes de estos interrogatorios eran enviados a la delegación que consideraba quienes de nosotros debían ser puestos en libertad. Una y otra vez tenía que vencer los ataques del miedo, romper las leyes de los partidos opuestos e ignorar las reglas del desprecio que se profesaban entre las diversas ideologías; una y otra vez tenía que apelar al valor necesario para continuar aquellos encuentros. Pero Sadananda aprobaba el hecho de que demostrase valor.

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