La Fiesta de los Intocables
Los limpiadores de letrinas y su Guru. La historia de Valmiki, el brahmana caído. Tambores en la noche. Los soldados cantan. Mi ruego por un Guru.
Me siento sobre las piernas cruzadas en un campo de fútbol desierto, allende las negras barracas. Durante el día, este lugar está lleno de vida y emoción, vibrando bajo las pisadas de los partidos y los gritos de los espectadores, cuya principal diversión durante todo el año es este deporte. Ahora reina el silencio, y los prisioneros duermen profundamente. Se oye cantar quedamente a lo lejos. El canto viene del estrecho y feo barrio de los limpiadores de letrinas. Estos hombres limpiaban las muchas letrinas del gran campo con sus negras manos y la ayuda de unas cortas escobas. Tienen una gran hoguera encendida. Una multitud de gente feliz se mueve alrededor del fuego. Los sin casta bailan y cantan. Una bandera roja, iluminada por las llamas, se agita al viento desde lo alto de una estaca enfrente de las barracas. Esta era la señal de que su guru Valmiki había llegado. Por eso estaban de fiesta. Estos indios, que realizaban los más humildes servicios de limpieza para el campo, eran muy despreciados por los prisioneros, detrás de la cerca de alambradas. Toda la superioridad de raza del hombre blanco se manifestaba con estos hombres de color, que eran a menudo apenas un poco más obscuros que aquellos que los miraban con desprecio. Éste era el único punto en el cual el judío intelectual y el nazi podían estar de acuerdo a veces. Aún aquellos que en su propia madre patria eran perseguidos por cuestiones racistas, despreciaban a estos sirvientes indios. Empleaban feos adjetivos al hablar de ellos. En el campo no se les llamaba por otro nombre que por el de negros. A menudo les oía decir: “Esos condenados barrenderos deberían ser azotados”. “Naturalmente, señor colega”. Pero aún estas personas despreciadas tenían su guru, su maestro espiritual, que los ayudaba a interpretar la vida comprensiblemente, de acuerdo con las circunstancias presentes, y que les daba instrucciones en materias espirituales. En la India el camino sagrado no está nunca cerrado para ninguna persona; hasta las castas de los ladrones y de las prostitutas han tenido siempre su propio guru durante miles de años. El limpiador de letrinas suele ser muy pobre para satisfacer su hambre; apenas si puede comprar un poco de jabón. Cuando caen los fuertes chaparrones durante el monzón, tal vez no tiene más que un viejo saco para proteger sus hombros desnudos. Sin embargo posee una ruda aunque clara concepción del hecho de que existe un alma eterna dentro de ellos, que vaga a través de los siglos, y que ellos mismos han llegado a este duro destino por sus hechos en una existencia anterior, y que según su conducta en el presente estado prepara su destino para una vida futura. Esta enseñanza sólo es conocida por unos pocos de los más profundos místicos del oeste: “todas las criaturas han vivido eternamente en la divina esencia..., todos los seres fueron, antes de la creación, uno con la esencia de Dios”. Esto ha sido comprendido por muchos indios limpia-letrinas que andan con harapos. Como dice Krishna en el Bhagavad-gita.
“Nunca hubo un tiempo en el que Yo no existiera, ni tú, ni todos estos reyes; y en el futuro, ninguno de nosotros dejará de existir”.
“Así como en este cuerpo el alma encarnada pasa continuamente de la niñez a la juventud y luego a la vejez, de la misma manera el alma pasa a otro cuerpo en el momento de la muerte, a la persona sensata no le confunde ese cambio”.
Esta antigua sabiduría humana, casi olvidada en el oeste, es bien conocida por los hindúes, por aquellos que conducen sus coches con mano firme a través de las multitudes de las grandes ciudades tropicales, o especulan en el cambio, completamente vencidos por el deseo de la ganancia, y a menudo por las personas despreciadas que ejecutan los trabajos más serviles para los sahibs blancos en un campo de concentración. Pero en el campo no había ninguno de mis semejantes que estuviese interesado en la existencia de un alma eterna. Miré por la alambrada las barracas de los peones indios. Todos estaban sentados al resplandor de la lumbre rodeando al Valmiki guru y escuchaban sus palabras. Me acordé de la historia de Valmiki, cuyo nombre tiene su origen en los maestros espirituales sin casta. Él también fue despreciado por todos, y su historia sirve de gran ayuda para los caídos, que se encuentran en el más profundo desespero, creyendo que nunca más se podrán levantar. Aquel que conquistó el nombre de Valmiki fue en sus principios un brahmana caído. En la antigua India un brahmana que había perdido su casta era considerado como inferior al más bajo de los individuos sin casta. Este paria se tornó en un salteador de caminos por venganza, y asesinaba y robaba a los viajeros que pasaban por el espeso bosque donde él vivía en una obscura cueva. En cierta ocasión un vidente caminaba por este bosque. Él ya no experimentaba ningún sentimiento de pérdida o ganancia en esta vida. En su ilimitada simpatía por el hombre, vagaba por el mundo en busca de almas que fueran dignas de recibir el más grande de los tesoros: bhakti, abnegación por Dios. El ladrón salió precipitadamente de la espesura del bosque con el fin de matar y robar al vagabundo. Esperaba encontrar un tesoro en él. Enarbolando la estaca sobre la cabeza del anciano, se quedó pasmado ante la plácida sonrisa y la inocencia infantil reflejada en él. Dudó antes de dar el golpe. “Hijo mío, ¿por qué habrías de cometer tan grande crimen?”, preguntó la presunta víctima dulcemente, y sin ningún signo de temor.
El palo cayó de la mano del siniestro ladrón. Se arrojó a los pies del viajero y posó en ellos su frente. Luego levantó su rudo rostro cubierto de lágrimas, y dijo con un suspiro: “¡Oh sagrada criatura! ¡Ahora veo quién soy! En tu luz puedo ver las horribles tinieblas de mi vida. Dame un mantra para que pueda lavar mis terribles pecados.
- Sí, hijo mío, lo haré - dijo el sabio. Se inclinó amablemente sobre el hombre que yacía postrado a sus pies, hasta que sus labios llegaron al oído del ladrón -. Repite este mantra - murmuró -. Canta las dos sílabas que forman el nombre de Dios, canta: Ra-ma, Ra-ma, Ra-ma...
El ladrón gritó horrorizado:
- ¡Esa palabra no! ¡Esa palabra no! ¡Oh padre mío! ¿Cómo podría yo permitir que mis labios pronunciasen el nombre de Dios?
- Hijo mío- dijo el rishi con una sonrisa -, repite las sílabas en el orden inverso. Canta : Ma-ra, ma-ra, ma-ra... ¿Sabes lo que significa eso?
- Sí - dijo el ladrón suspirando -, sé lo que esas palabras significan: muerte. Sí, ésa es la palabra que me corresponde.
La mano del devoto de Dios se posó en la cabeza del pecador. El ladrón que había querido asesinarlo, recibe de él la iniciación. El rishi continuó su camino. El ladrón se enjugó las lágrimas, se sentó en el suelo sobre sus piernas cruzadas, la espalda tiesa, la cabeza levantada con los ojos medio cerrados, y la mirada dirigida hacia la punta de la nariz, como requieren las reglas de la meditación, y cantó: Ma-ra, ma-ra, ma-ra. Muerte, muerte, muerte... Muchos años después el mismo rishi, en sus andanzas por el mundo, pasó por el mismo bosque, parándose en el lugar donde había iniciado al ladrón. Echó una mirada por los alrededores. Naturalmente allí no podía haber ahora ningún ser humano; solamente un hormiguero se levantaba a un lado del camino. El rishi se acercó, y con gran sorpresa vio que los cabellos y los ojos de un hombre asomaban por el hormiguero. Un hombre estaba sentado allí en la postura de meditación. Estaba tan quieto que las hormigas habían construido su hormiguero encima de él sin ser molestadas. Se hallaba en trance; sólo sus labios se movían. Casi imperceptiblemente cantaba… Rama, Rama, Rama...
Valmiki en sánscrito significa hormiguero. El brahmana caído, el abominable ladrón, ha sido alabado durante millares de años como Valmiki. Se tornó en el hombre sagrado y poeta Valmiki, que compuso la epopeya Ramayana, una cantidad inagotable de historias de Dios cuando andaba por la tierra bajo el nombre de Rama.
Mientras Valmiki pronunciaba incesantemente las sílabas ma-ra, ma-ra, ma-ra, automáticamente se habían cambiado en Rama, Rama, Rama... Dios, Dios, Dios... Y el inconmensurable poder del nombre de Dios, según la leyenda, no sólo había lavado los pecados del alma de Valmiki, sino que también le había permitido contemplar el claro reino de Dios con los ojos de su alma eterna, y ver cómo Dios descendió sobre la Tierra en la forma humana de Rama, a fin de levantar el peso de la tierra que millones de hordas de demonios pisoteaban bajo sus pies. Así como Dios había descendido antiguamente como Vamana, y otras formas, y más tarde vino en la forma de Krishna, y cómo de tiempo en tiempo en lo futuro descenderá a la Tierra para salvarla. “Como una maravillosa corriente que fluye en todas las direcciones de un gran lago inagotable, los salvadores divinos descienden de Dios eternamente”. Eso dicen las Sagradas Escrituras de la India. “Como innumerables corrientes de chispas que fluyen en todas las direcciones desde una gran hoguera, así los grandes avataras, los salvadores divinos, se desprenden eternamente del antiguo fuego divino, el fuego del Amor. Para redimir, ellos bajan a la Tierra y otros mundos, eliminan las penas de estos mundos, y luego vuelven a su origen, al fuego”. Esto está escrito en las Sagradas Escrituras de la India.
El gran fuego de los sin casta, los intocables, flameaba en la noche. No solamente los sin casta, sino Dios también es llamado Intocable. Relucientes chispas saltan del fuego. Regocijados, los limpiadores de letrinas se levantan cuando su guru iluminado por la luz del fuego, se levanta y empieza a cantar. En éxtasis él empieza a describir el amor de Dios, los hechos de Dios, los actos de devoción eterna de Dios en todos los mundos y para con todos los seres, humildes y elevados, humanos y animales. Los peones indios, regocijados, bailan alrededor de su maestro y del fuego. A medida que aquel torbellino de felices mortales se mueve alrededor de la hoguera, sus voces se elevan en coro. Cantan el nombre de Dios. Cantan el interminable y regocijante: “¡Krishna! ¡Krishna! ¡Krishna!” Aporrean el tambor de Siva y cantan el nombre del Dios oculto, en Quien Siva medita continuamente con una sonrisa de bienaventurado, cuando sentado escucha en el reino interior de Krishna, enroscado de serpientes, untado con las cenizas de los muertos, quemado por el veneno del mundo de los sentidos.
Los campesinos de un pueblo hindú del lado sur del campamento, también han encendido una hoguera. Y también baten el tambor de Siva. Ellos también bailan alrededor del fuego y cantan alegremente: Krishna, Krishna, Krishna!... ¿Es hoy día de fiesta consagrado a Krishna? Me pregunto. No tengo en el campo ningún almanaque en que estén anotadas las fiestas de los hindúes. ¿Es la fiesta de la niñez de Krishna? Ésta se celebraba en memoria del día en que el Divino Niño Krishna, que fue criado entre los pastores de Vrindavan, era mecido por Sus felices compañeros, gopas, y pastoras, gopis. Hasta los guardias indios, que, con sus polainas y cortos pantalones caqui marchaban de acá para allá incansablemente en la puerta de la alambrada bien iluminada por la luz eléctrica, caminaban esta noche con paso alegre, cantando: Krishna, Krishna, Krishna. “¡Cállense ya con esos aullidos!”, gritaron desde la puerta de una de las barracas sumida en la obscuridad. Otras palabras hostiles se oyeron. “¡So puerco! ¡Ganado infecto! ¡Negros del demonio! ¡Cállense inmediatamente!” Para dar más fuerza a sus maldiciones e insultos, uno de los que había sido molestado en su sueño, arrojó una lata vacía que dio con violencia y estrépito contra el cemento de la parte exterior de la barraca. El aire quedó saturado de un olor insoportable. Asustados por haber sido la causa de que los sahibs blancos se quejaran, los soldados indios cesaron inmediatamente su canto a Dios y reanudaron tranquilamente su marcha entre las dos cercas de alambradas. Apesadumbrado, me senté en el campo de fútbol. Tenía la impresión de estar rodeado por una espesa niebla. Pensé en mi anciana madre que vivía en el barrio judío de Viena, asustada e insultada por personas como aquellas que habían gritado desde las barracas hacía un momento. Vi su rostro delante de mí, aquel rostro envejecido bajo el pelo blanco como la nieve, y los ojos azules que me habían mirado durante tanto rato desde la ventana abierta cuando me dirigía a la estación para marcharme a la India. Volví a oír sus valerosas palabras de despedida: “Nos pertenecemos el uno al otro espiritualmente, aunque nos separen”. Pensé en mi esposa y en mi hijo. ¿Habrían logrado escapar a la siniestra persecución que se llevaba a cabo contra los judíos? O ¿habían sido enviados a algún campo de concentración de Polonia? ¿Estarían aún vivos? Raras veces llegaba hasta nosotros alguna información, y aún éstas con meses de retraso, y después de pasar por una doble censura. Pensé en mi guru, Sri Maharaja, a quien no habían dado permiso para que me visitara en el campo. Él deseaba hacer un largo y penoso viaje, sólo por verme unos minutos en presencia de un oficial. No le permitieron venir; sólo en casos muy especiales era permitida una corta visita a algún pariente muy cercano. Y sin embargo, Sri era para mí más que un padre. Todo el que realmente lo deseara, podía estar cerca de su guru, hasta los más despreciados y andrajosos de allá fuera, menos yo. Pero la alegría y la fe que había en el fondo de mi corazón no daban lugar a que me desalentara. Las hogueras aún ardían. Multitud de peones indios bailaban y cantaban al resplandor del fuego: ¡Krishna, Krishna, Krishna!... Los campesinos del pueblo del sur del campo, aún batían sus tambores y bailaban en torno de la hoguera, cantando: Krishna, Krishna, Krishna... Los centinelas también habían empezado a cantar otra vez: Krishna, Krishna, Krishna...
“¡Oh Tú! Dios oculto alrededor del Cual todo gira,- oraba mi corazón por la noche -¡oh Tú! Dios, de quien nada sé. Déjame soportar la prueba. Mándame una ayuda, un guru, para que yo aprenda lo que tanto he descuidado en la vida: el amor”.
