Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Detenido – En libertad – Otra vez detenido

Intentando meditar en la prisión. Mensaje de Sri. Los comités deciden el destino de los prisioneros. En un campo de mujeres. Inesperada libertad. Con Sri en Mahabaleshvar. Banquete en honor a Sri. Los alemanes entran en Paris. Retorno a la cárcel. Los chacales se ríen de todo el mundo.

Dentro de las barracas del campo procuré continuar viviendo. Anteriormente había vivido en casa con mi guru, en diaria meditación, y encerrado en mi egotismo. Escaseaban los cuartos individuales en el campo, y durante cierto tiempo mi objetivo fue tratar de obtener uno de ellos, con el fin de trabajar allí sin que nadie me molestara, y meditar. Por lo menos intentaba encontrar un rincón en una de las barracas, ya que esto significaría que tendría sólo una cama a uno de mis lados, y una pared protectora al otro. En el Bhagavad-gita había leído con Sri: “¿Cómo puede uno encontrar paz sin la meditación?” Decidí intentar la meditación en medio del barullo y la multitud, y me senté encima de la cama sobre mis piernas cruzadas, con el natural resultado de que todo el mundo se rió de mí hasta no poder más. En el cuarto de aseo, donde la puerta permanecía abierta de par en par, a veces nos encontrábamos 20, bañándonos todos al mismo tiempo, y ocurría a menudo que el agua faltaba cuando estábamos enjabonados de pies a cabeza. En tales momentos musitaba muy quedo, ajeno a todo lo que me rodeaba, la sílaba sagrada aum, la antigua palabra cuyos tres sonidos significaban la creación, la conservación, la destrucción del mundo, y simultáneamente las tres fases del tiempo, el pasado, el presente y el futuro, así como lo que era visible sólo para los que tienen visión espiritual, que no reconoce el tiempo. Esto irritaba a mis camaradas. Algunas veces encontraba algún lugar abandonado en cualquier rincón del campo, donde la hierba no había sido aplastada por tantos pies; un rincón detrás de una jaula de conejos o de gallinas construida por expertos criadores de estos animales, donde podía meditar a solas. Con el poco de luz y dicha que podía obtener de esta meditación, a menudo me dirigía inmediatamente a la cola interminable de los que esperaban delante de la cocina de la barraca, en donde de costumbre se oían sonidos parecidos a los de los hambrientos animales de presa en espera del alimento. Una vez alguien me gritó enfurecido: ¿Qué haces siempre dando vueltas y sonriendo como una Mona Lisa? No comprendo cómo se pueda reír alguien en una situación como la nuestra”. Yo aún no había comprendido claramente el porqué de los requisitos exteriores de la meditación: la estera de hierba- la cual me fue robada el primer día que entré en el campo- el cuarto aislado y la soledad, eran necesarios sólo para el principiante. Las paredes de protección que intentaba construir en torno a mí en el campo, pronto se vinieron abajo. El blanco mosquitero que extendíamos sobre las camas durante la noche, con el fin de protegernos de la malaria, me proporcionó una especie de aislamiento, pero podía ocurrir que algún borracho, a quien sin saberlo hubiese ofendido, rompiera el mosquitero en lo mejor de la noche para pegarme, o dirigirme una serie de palabrotas.

No te apasiones, sé calmoso, pacífico, proporciona a los que te rodean tu propia calma, tu paz, tu fuerza”. Tales eran las palabras que Sri me había escrito, cuando finalmente las autoridades nos dieron permiso para mantener correspondencia.

Me horroricé cuando leí estas palabras de Sri; había vivido como si parte de mi ser hubiese sido anestesiada por medio de inyecciones; me habían pinchado y yo me dejaba zarandear como una marioneta atada a un cordel. Un agudo silbido me despertaba por las mañanas; era la llamada para ponerme en fila en el campo de deportes, para recoger el panecillo diario. Otro silbido me llamaba a pelar patatas y otros deberes domésticos. Tenía que lavar ventanas y fregar suelos. Alguien me llamaba a mí y yo a mi vez llamaba a otros. ¿Dónde estaba mi verdadero yo durante este tiempo?

Cuando intento recordar los primeros días de mi detención, sólo recuerdo movimientos de un recinto a otro, de una barraca a una tienda, de una tienda a otra barraca. Tan pronto como empezaba a sentirme bien en un rincón, podía estar seguro de recibir la orden de mudarme. Veces sin cuenta mis camaradas y yo tuvimos que recoger nuestros bártulos y mudarnos de una parte del campo a otra. A veces era todo el campo el que se mudaba. Recuerdo que una vez viajamos formando una larga columna de autobuses a nuevas barracas. En medio de una estepa desierta, todos los coches pararon de repente y nos dieron órdenes de que nos apeásemos y nos hicieron entrar en un cuadro de soldados negros formados en filas cerradas. Los soldados nos apuntaban con los fusiles cargados, y nos mandaron hacer nuestras necesidades. Cuando esta orden fue obedecida nos hicieron entrar otra vez en los autobuses y nos condujeron al nuevo campo, donde no tuvimos más paz que antes.

Entretanto, comités de inspección trabajaban en todos los campos con el fin de decidir los que debían ser puestos en libertad y los que debían permanecer en Darjelling, y en los campos del sur en las montañas de Nilgiri, y uno en Dekhan que estaba ocupado casi exclusivamente por mujeres. Me enviaron allí unas cuantas semanas por equivocación; o ¿fue esto alguna broma intencionada? Allí no había alambradas. Las barracas estaban situadas en hermosas praderas, llenando el espacio entre árboles añosos. Las mujeres europeas, muchas de ellas jóvenes y bonitas, se paseaban por debajo de los árboles con ligeros vestidos de verano, pantalones o calzones. Algunas se mecían en las hamacas, y me hacían señas con los parasoles, cuando me dirigía al campamento en el autobús escoltado por tres soldados. Un hermoso río corría muy cerca de allí, parecido al “Fagervik” (Heitcrbucht) en el drama de Strindberg, Traumspiel. Este campo, donde lápices para labios y otros cosméticos se vendían en la cantina, y donde comíamos en mesas adornadas con flores y con manteles, también estaba dividido en estrechas jaulas de invisible alambre de espino. Las alemanas se negaban a sentarse a la misma mesa en que se acomodaban las judías, o arias casadas con judíos. Estas facciones hostiles comían a diferentes horas y se boicoteaban unas a otras. Las italianas y las alemanas comían juntas, pero aún entre sí no se hablaban. Las italianas respetables y las italianas prostitutas de Bombay se evitaban y despreciaban apasionadamente. En los cuatro rincones del cuarto de tertulia usado por todas las mujeres internadas, divididas en grupos, se cambiaban miradas de odio. Estas encantadoras criaturas echaban mano de todos los medios a su alcance para forjar intrigas y censurarse unas a otras ante el comandante y la comisión investigadora. Esto por cierto, no era ningún “Fagervik”, aunque tenía algún parecido al primer golpe de vista; no, era más bien “Skamsund” (Schmachsund). Muchas de estas mujeres lloraban en silencio por la noche, debido a los chismes que se cuchicheaban de ellas. Algunas se volvieron dementes. Cuando después de corta estancia allí, me volvieron a meter en el autobús que había de llevarme bajo escolta a mi antiguo campo, las mujeres de estos diferentes grupos rodearon el auto. Todas ellas, tanto las que se habían burlado de mí como las que me habían tratado amistosamente, me hablaron emocionadas, temblándoles sus pintados labios, pidiéndome que les prometiera llevar algún mensaje a sus maridos judíos, alemanes o italianos, que se encontraban en campos de concentración para hombres, algunos de ellos en departamentos en los que no tenía ninguna posibilidad de entrar. Hasta cuando las pesadas ruedas del viejo vehículo empezaron a rodar sobre la arena, me gritaban suplicándome que pidiera a sus maridos que intentasen por todos los medios reunirse con ellas. Los comités trabajaron durante meses. Cuando uno se iba, volvía otro. Todos los que estaban internados, hombres y mujeres, tenían que llenar un cuestionario, y eran continuamente llamados para las investigaciones. Los testigos eran interrogados. Se anotaban todas las acusaciones, los informes de la policía secreta sobre cada persona eran perfectamente investigados y a cada uno se le entregaba el respectivo fallo. Un día, inesperadamente, me pusieron en libertad. Asombrado, salí fuera de las alambradas al campo libre. Al día siguiente estaba otra vez en la casa de Sri, y el anciano me abrazó afectuosamente. El enorme campo de concentración, donde centenares de mis camaradas continuaban sentados detrás de la doble alambrada, se había desvanecido de mi memoria como un sueño. Por cierto, a veces me parecía mentira que pudiera ir por donde quisiera, y que en ninguna parte hubiese alambradas que me lo impidiesen. Pronto dejé las llanuras, acompañando a Sri a lo alto de las frescas y verdes regiones montañosas de Mahabalesvar. Vivimos allí solos en una casita. Un antiguo templo de Krishna se elevaba cerca de aquel lugar al borde de un precipicio, y muy a menudo me sentaba en el fresco salón del templo al pie de la estatua de Krishna, que representaba a Krishna, el niño divino, cuando se criaba entre los pastores de Vrindavan, andando por el bosque y tocando una flauta. Al pie de la estatua nacía una clara fuente que se derramaba por el declive abajo, tornándose en la llanura el ancho río que en alguna parte, en la obscura distancia, pasaba cerca del campamento de las mujeres. Rana vino a visitarme. Como antaño, nos sentamos a los pies de Sri, mientras él interpretaba los Upanisads para nosotros. El anciano era tan feliz como un niño, y muchas veces sonreía contento. Pero cuando explicaba las secretas enseñanzas de los Upanisads, sus palabras eran como relámpagos de luz; parecía que el firmamento se iluminaba, que la eternidad, vacía de tiempo y espacio se revelase en nosotros.

Todas las mañanas me levantaba antes de salir el sol, y después de un rápido baño subía a una colina donde meditaba. Durante los primeros meses los cielos de primavera y verano se hallaban despejados cuando abría los ojos después de la meditación. Paulatinamente, las señales de una nueva temporada de lluvias se presentaban sobre los bosques. Grandes nubes negras y densa niebla brotaban de las hendiduras de las montañas, cuando volvía a abrir los ojos y miraba en torno a mí, pasmado. Pesadas nubes cargadas de agua envolvían la tierra. Pronto vendría el tiempo de abandonar la meseta de la montaña con sus grandes florestas, y el fuerte olor de las orquídeas creciendo en las musgosas ramas de los árboles. Los primeros chaparrones ya habían caído. El retumbar del trueno sonaba a distancia. Serpientes venenosas salían de sus agujeros de la tierra, pues se llenaban de agua. Rumores del resultado de la ofensiva alemana en Noruega y en el Oeste alcanzaban nuestro pacífico hogar por medio de los criados de Sri, que compraban en los bazares del pueblo cada semana, a una hora de distancia. También nos trajeron un aviso oficial; la autorización para que mi esposa y mi hijo entrasen en el país, que ya había sido concedida y renovada, súbitamente fue revocada. Un huésped de la ciudad informó que los extranjeros de nacionalidad hostil que habían sido puestos en libertad estaban siendo arrestados de nuevo. Poco antes de nuestra partida, los brahmanas del pequeño templo del pueblo de Mahabalesvar celebraron un banquete en honor a Sri. Recorrimos la corta distancia hacia la casa alegremente adornada, a la que habíamos sido invitados, en un elegante “Ford” de ocho cilindros propiedad de Sri, regalo de uno de sus discípulos indios. El sacerdote, que mucho antes había celebrado los ritos matrimoniales para una de las hijas de Sri en este pueblo montañoso, parecía hallarse embarazado al recibirnos. Parece que algunos brahmanas de los más ortodoxos en el templo del pueblo tenían escrúpulos de comer a la misma mesa que un europeo. Era el deseo de ellos que yo no comiera con los huéspedes, sino que lo hiciera aparte, en la vereda adyacente. Sri desaprobó esta decisión. Explicó que yo era su discípulo, y que él, como mi guru que era, me había conferido el cordón de brahmana y me había aceptado como tal. No había, pues, razón para excluirme. Hubo una larga discusión sin llegar a ningún resultado. Finalmente volvimos a nuestra casita sin comer. Ni Sri ni yo habíamos participado de la festiva comida. En mi estupidez estaba orgulloso por el hecho de que Sri se hubiese puesto de mi parte, de que no me hubiese abandonado o permitido que me tratasen como a un verdadero extraño. No sospechaba que seguramente, en su fuero interno, sin discutir el asunto, él censuraba mi conducta. Naturalmente, como mi maestro que era, había intervenido en favor de su discípulo. Pero mi inmediata reacción debía haber sido declarar decididamente que yo de muy buena gana comería fuera, en la vereda. Poco había aprendido durante mi reclusión. Aún no se me había concedido el don de la humildad. Al día siguiente dejamos el pueblo de la montaña. A medida que nos aproximábamos a las llanuras, la gente parecía más y más excitada. Los alemanes habían entrado en París, y se desparramaban por toda Francia. Corrían y se creían los más fantásticos rumores. “Ocurra lo que ocurra, usted debe conservar su calma interior”, me aconsejó Sri. Lo intenté, pero sólo lo conseguí en parte. Poco después de nuestra llegada a Nasik, la figura familiar del inspector de policía apareció con su séquito, y me presentó una nueva orden de arresto. Bajo fuerte guardia, yo y cientos de otros a quienes se les había concedido la libertad, fuimos conducidos de nuevo al campo rodeado de alambradas. Mi supuesta libertad no había resultado ser otra cosa que unas cortas vacaciones. Otra vez metido en la sofocante barraca, bajo el blanco mosquitero, entre la multitud de personas que se quejaban de su pasado deshecho, y que estaban llenas de temores en cuanto al futuro. Yo no podía dormir. No podía librarme de las escenas que persistían en aparecer detrás de los párpados de mis cerrados ojos. Como los demás, estaba lleno de zozobras y no podía reprimir mis temores por mi familia. Mi madre, mi esposa y mi hijo estaban aún en Austria, donde los peligros aumentaban diariamente. Tal vez ellos estaban en un campo de prisioneros en peores condiciones que yo. No podía vencer la preocupación de mi destino, la pena de que mis ejercicios espirituales, bajo la orientación de mi querido maestro, se truncase ahora por segunda vez súbitamente y al parecer sin razón. Me senté en la cama y traté de meditar, como Sri me había enseñado. Lo conseguí. Pero cuando volví a echarme, agotado por el esfuerzo, las horribles escenas reaparecían y permanecían ante mis ojos, y mis pensamientos volvían a atormentarme. Era como vivir en un mundo de fantasmas. Mis vecinos se quejaban y se revolvían incansablemente durante sus inquietos sueños, haciendo crujir las camas. A menudo la barraca se llenaba de quejidos, como si los que dormían padecieran pesadillas.

Fuera del campo, los chacales aullaban. Yo no podía continuar durmiendo. Una triste visión me acosaba: toda la gente de esta gran barraca, incluyéndome a mí, toda la gente del campo de concentración, toda la gente del mundo, yacía en el fondo de una negra prisión. Todos estábamos atados. Estábamos sujetos a las cadenas de nuestros deseos, nuestros propios prejuicios, atados por nuestra ignorancia, por nuestra falta de humildad. He leído esta metáfora en algún libro antiguo, que es más que una metáfora. ¿No habrá sido en las obras de Platón? No lo podía recordar perfectamente. Todos los prisioneros de la negra cueva tenían la mirada fija en una misma dirección, con los ojos llenos de angustia. Mirábamos una proyección de sombras en una pared vacilante. No veíamos otra cosa que la danza de las torcidas sombras, que no podíamos comprender. Pero las verdaderas imágenes vivientes del reino de la realidad, cuyas sombras habían caído en la mazmorra, no podían ser discernidas; estaban ocultas. Me llevé las manos a los ojos, con el fin de rechazar la visión. Estaba sediento, y me levanté para ir al pozo y beber. Salí quedamente, para no despertar a los que dormían, andando en la obscuridad entre las hileras de camas, hacia la puerta de la larga y estrecha barraca. Fuera, los aullidos de los chacales alrededor del campo resonaban aún más agudos. Pronto se callaron, y sólo un animal continuó desgañitándose. Sonaba como una continua carcajada, como una loca carcajada que se burlaba de este mundo extraño en que vivimos.

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