Walter Eidlitz


La India Misteriosa

El Tambor de Siva

La cosecha en las planicies indias. Alan, el joven químico americano. El Rishi Vasistha, Guru de reyes. Maya, la doncella de dios. Tambores en el templo de Siva. La montaña de la diosa Arbuda. Noticias de la invasión germana de Checoslovaquia. Kali yuga, época de la superstición y de la ignorancia. El avatar de Kali yuga.

El sol despedía rayos de fuego sobre las llanuras indias. Las cosechas fueron recogidas; los campos de rastrojo aparecían amarillentos, quemados, como un desierto. Agotado después de una larga enfermedad, me pasaba los días sentado al lado de la ventana en la casa cerca de Kolhapur, donde yo estaba en calidad de huésped, y miraba cómo los carros de dos ruedas tirados por búfalos, transportaban la cosecha a lo largo del camino. El polvo levantado por las toscas ruedas llenaba el aire y penetraba en los pulmones. Cuando la carretera quedaba bloqueada en alguna parte, uno podía ver las interminables hileras de carros, pesadamente cargados, detenerse silenciosos, alargándose hasta perderse en el horizonte. Por las noches también, y muy de madrugada, mucho antes de que saliera el sol, oía la voz de los carreteros y su incesante cantar. Los millares de vagones cargados de dorado heno no eran para ellos. Todo pertenecía al maharaja de Kolhapur. Ya no había más espacio en sus graneros. La hierba seca se amontonaba como una alta muralla circular alrededor de la ciudad de Kolhapur. Hombres medio desnudos pisoteaban cantando la amarilla muralla de yerba que crecía más y más, como una seguridad contra la futura penuria. Esta reserva era necesaria, sobre todo porque en la India está prohibida la matanza de vacas y la importación de carne. Me escapé súbitamente de la resplandeciente llanura, y me encontré en un alto plano. El sol ya no era una estrella hostil, el espectro del dios de la muerte, que quemaba la tierra. La dorada luz fluía hacia abajo sin alterar la frescura del aire. Un aire fresco soplaba suavemente en las copas de las numerosas palmeras que crecían en la cumbre y en las vertientes de las montañas. Por las noches nos sentábamos temblando Sri Maharaja y yo, y Alan, un joven americano, en las frías losas, frente al bungalow. El viento frío de la noche rebatía las ventanas y abría violentamente las puertas de la casa. ¡Oh! Era maravilloso sentir un poco de frío. Pero la primera carta que Sri me dictó era un pedido urgente de mantas de invierno.

Alan era químico y tenía treinta y un años de edad. Hacía nueve años que había conocido a Sri, cuando éste viajaba por América. Después había estudiado el sánscrito y ahorrado dinero con el fin de poder ir alguna vez a la India a encontrarse con Sri y ser su discípulo. El joven había probado fortuna en toda clase de negocios con el fin de lograr su objetivo: tuvo que luchar valerosamente contra la depresión y la falta de trabajo en América. Estuvo trabajando en una agencia de fincas, y fue despedido porque lo encontraron sentado en una habitación vacía estudiando la gramática sánscrita durante las horas de trabajo. Luego, había encontrado trabajo en una fábrica de municiones y oficios afines; finalmente en una destilería de whisky, con turnos de día y de noche. “En la tienda de Siva el destructor”, observó Sri. Después de unos pocos meses volvió a su acostumbrado trabajo. Pero al recibir el aviso, esta vez acogió la noticia alegremente, informando a su empresario que él había pensado marcharse. “¡Marcharse! ¿Adónde piensa usted ir?”, Le preguntó el empresario. “A la India”. El empresario le estrechó la mano entusiasmado. “Sí, eso está muy bien; vaya a la India, porque usted es un indio. ¿Y puedo preguntarle qué piensa hacer allí?” “Voy a estudiar yoga”, fue la respuesta. Alan no tenía más que unos pocos cientos de dólares que debía gastar muy cuidadosamente. Escogió el barco de carga más barato que pudo encontrar, y el viaje había durado seis semanas, en un camarote de tercera clase, con largos rodeos vía Escocia, Gibraltar y Marsella. Estaba un poco inquieto y confuso después del largo viaje por mar, y con su nuevo conocimiento de esta parte del mundo tropical donde nos sentábamos frente a Sri, en las frías losas del piso del bungalow Shanti Nivas, el hogar de la paz, en lo alto del monte Abu. Diariamente Alan se encontraba con la misma dificultad: no podía sentarse a la moda india, como yo, en el suelo, sobre las piernas cruzadas. Sus rodillas eran muy duras. En dura lucha contra esta dificultad, una vez en América se había roto las dos rodillas, pero no por eso consiguió la elasticidad de sus articulaciones. Allí estaba ahora sentado, desesperado, en cuclillas, y todos los días hacía repetidos ejercicios para vencer la rigidez poco a poco. Cuando se quitaba las gafas, uno podía ver su rostro bonachón, tímido e infantil. Era extremadamente honesto, sobre todo consigo mismo. Se enfadaba si yo sonriendo, le consideraba un poeta. Pero en el fondo, en realidad, él era un poeta, según me confesó mucho tiempo después, aunque hubo una época en que se apartó completamente de la poesía. El cuartico tenía una ventana que miraba hacia el oriente. En el monte Abu conseguí muchas veces levantarme antes de salir el sol. Salía a la terraza y me ponía a mirar la copa de las palmeras, hacia el oriente, por donde el sol tenía que salir. Cuando cantaba el mantra al sol, mirando al cielo que se iba iluminando, sentía una piedad infinita por los infinitos seres humanos. Los primeros rayos luminosos despedían destellos a través de las copas de los árboles. Mientras el disco solar se elevaba, yo cantaba:

“Apártate, disco del sol, para que yo pueda ver tu verdadera forma”.

Pronto se presentó Alan, un poco adormilado, y empezamos a caminar por la montaña. Estas horas mañaneras eran maravillosas cuando hacíamos nuestras primeras excursiones de exploración en el monte Abu. Al principio corríamos a casa a buscar nuestras chaquetas antes de salir, pues el viento de la mañana era frío. La montaña está llena de cuevas y grutas donde yoguis y ascetas, desde tiempo inmemorial, han vivido y meditado día y noche. Abu está rodeado de leyendas. En algunas de las viejas leyendas acerca de los dioses, dicen que Abu es el hijo del Himalaya. En las boscosas vertientes de la montaña, donde se ocultan los animales de presa y asombrosas manadas de macacos, pululan en lo alto de los árboles, dos antiguos maestros de la humanidad, rishis, tuvieron en un tiempo sus cabañas. Pasamos un día en la ermita del rishi llamado Vasistha, hundida en una exuberante selva al borde de un precipicio. Las antiguas leyendas dicen que Vasistha fue durante miles de años el guru de todos los reyes de la dinastía del Sol, estirpe a la que pertenecía mi amigo Rana. Con Rana, que había venido de visita, leíamos en un manuscrito cuyo autor era Vasistha. Se llama Yoga Vasistha, o el Gran Ramayana, y contiene enseñanzas que fueron dadas a Rama, el hijo de un rey y un divino salvador, un avatar. Esta obra expresa gran pena por la brevedad del mundo. Cerca de una de las muchas alturas hay una serie de cuevas subterráneas, donde había existido un templo en la antigüedad. Allí, en la obscuridad, la que gobierna el mundo transitorio tiene su trono. Su nombre es Arbuda. Toda la montaña fue en un tiempo llamada Arbuda, que es uno de los muchos nombres de Maya. Tiene uno que cruzar cuevas y más cuevas para llegar al altar sagrado. En cada uno de los portales construidos en la roca, su signo, el tridente, está pintado de rojo, rodeado por el sol y la luna. La gran Maya, que gobierna la Tierra y sirve a Dios, sale de la esfera celeste y desciende a la obscuridad de la tierra. Reverentemente permanezco delante de su estatua, descalzo como los otros. En la gruta subterránea, el semblante de Maya es negro.

Desde entonces he visto y entrado en muchos templos de Maya. Esta doncella de Dios es adorada en la India bajo muchos nombres. La he visto representada en varias formas y en muchos colores diferentes. Una vez entré en un templo dedicado a ella en la montaña de otra región salvaje, donde aún hoy, tigres y panteras merodean. Este templo también ha sido moldeado a golpes de hacha en la cueva de una montaña. Me asusté cuando vi la estatua de Maya allí, pues se elevaba sobre mí en gigantescas proporciones y era roja como el fuego.

Angustiado, miré a los sacerdotes. Parecían enanos subidos en unos andamios detrás de la estatua, echándole agua fresca como para calmar su cólera. La terrible diosa tenía 10 brazos extendidos y sostenía 10 lanzas en sus sanguíneas manos. Las 10 lanzas indicaban los puntos de la brújula, Norte, Sur, Este y Oeste, los puntos entre éstos, Noroeste, Sudoeste, Nordeste, Sudeste, y el Cenit y Nadir; es decir, el espacio del mundo. La lanza de Maya rechaza al buscador de la verdad que se esfuerza por entrar en el reino de la verdad, el reino de Dios, con propósitos egoístas, sin amor, y con un deseo que no ha sido purificado.

Todas las mañanas Alan y yo recorríamos la montaña de Maya. Por las tardes y noches salíamos de paseo con Sri por los collados de piedra roja, a través de bosques de mangos en flor, que exhalaban un perfume soporífero. Raramente nos encontrábamos con alguien, pues aunque el monte Abu es famoso por su clima, y muchos príncipes indios han construido allí sus palacios, en aquella ocasión no había más que un huésped en el espacioso Hotel Rajputana. Los búfalos eran los únicos que nos observaban. Los monos saltaban de un árbol a otro en lo alto de las palmeras, y en la desierta carretera podían verse las pisadas de los devotos que habían pasado por allí descalzos, en su camino hacia el templo de Arbuda. A menudo en nuestras andanzas, inesperadamente se presentaba a nuestra vista, el panorama de las llanuras debajo de nosotros, en las hondonadas del sur o del oeste, el centelleante desierto amarillo, esplendoroso bajo los rayos solares, y los lechos de los ríos secos.

Todos los días, por la mañana y por la noche, oíamos el redoblar de los tambores en el templo de Siva.

- ¿Qué significa este sonido de tambores? - preguntamos.

- Cuando un alma, un atman despierta - replicó Sri -, entonces Maya se despierta. Ella yace rígida, envuelta en la obscura noche, no solamente en el cosmos, sino también en el fondo del cuerpo humano. Regocijantes, sus fuerzas liberadoras surgen de las profundidades del cuerpo humano, subiendo hacia el corazón y la cabeza de la flor de loto de 1 000 pétalos de Brahma, el Dios. Cuando las corrientes de Maya se precipitan sobre la flor de loto del corazón interior, entonces el yogui oye una melodía que vibra dentro de su corazón, la cual no es perceptible al oído físico. Los que aún no se han despertado tienen que reconocer esta melodía por la diaria repercusión del tambor de Siva.

- Buda, que está incluido también entre los grandes avataras de Dios por nosotros los hindúes - continuó Sri -, probablemente ha experimentado esta sensación. Después de su meditación bajo el árbol Bodi, “el árbol del discernimiento”, cuando Sidharta se despertó completamente, partió a la ciudad de Siva y Benarés, cantando:

El reino de la verdad encontraré. A la ciudad de Benarés iré. Retumbando en los mundos de la obscuridad. El tambor de la inmortalidad sonará.

Casi todos los días al caer la tarde, cuando los colores son más brillantes, íbamos con Sri al gran templo de Siva, erigido en la orilla de un lago junto a una montaña, elevándose majestuosamente con su techo puntiagudo, sus patios y abrigos para peregrinos; era aquí donde los tambores de cobre sonaban todos los días. Una vez Alan, tímidamente, tocó el tambor con un dedo y produjo una resonancia profunda. Luego nos sentábamos en el declive del promontorio, y Sri nos transmitía sus enseñanzas. A veces permanecíamos en silencio y observábamos los animales que jugaban cerca de nosotros tranquilamente. Escarabajos y hormigas, lagartos que desaparecían como flechas, y camaleones que se deslizaban rápidamente hacia adelante, se paraban súbitamente como petrificados y desaparecían otra vez, a menudo cambiando de color, ya verde esmeralda, ya rojo púrpura. Infinidad de hormigas danzaban sobre el lago. Por encima de las hormigas volaban pájaros de especies raras. “Almas, nada más que almas”, dije con admiración infantil. “Nada más que atmas”.

Un día, cuando bajábamos al lago, vimos unos letreros de tamaño enorme en la entrada del Hotel Rajputana: “Los alemanes entran en Checoslovaquia. Praga ocupada”. No sólo el rumor de los tambores del templo de Siva, sino también el rumor de la historia del mundo llegaba hasta nosotros. Esta tarde Alan está algo decaído. Mientras permanecimos sentados en el peñasco de un promontorio sobre la brillante superficie del agua, él hablaba de América. En su juventud, en los tiempos de carestía, había habido muchas gentes en aquel rico país que vivían tentadas por el suicidio, porque temían la falta de trabajo y el hambre. Me habló de madres que se arrepentían de haber dado a luz sus hijos. “Aún en nuestros tiempos hay mucha gente afligida por el miedo; miedo a que su condición empeorara, a que puedan ser atacados por el cáncer, a que Hitler y su maquinaria nos alcance también a nosotros. ¿Cree usted, Sri, que Hitler llegará hasta nosotros? ¿Cree usted en la posibilidad de que una nueva gran guerra estalle y que convierta al mundo en un montón de ruinas?”

- En Kali yuga, la época de la superstición y la ignorancia, todo puede ocurrir - dijo Sri inmutable. Alan dio un salto y pateó el suelo.

- ¡Kali yuga! Aborrezco esos nombres sonoros - exclamó amargamente -. Qué importa que hayan sido inventados por rishis o por Goebbels. No veo ninguna diferencia entre el Dritte Reich y el irrevocable plan divino del mundo. ¡No son más que bonitas frases todos ellos! ¿De dónde vendrá la libertad? ¿Qué pasa con el Atman si uno cae desamparado en manos de Hitler o de Kali yuga? Tal vez me dirá usted que los dictadores de hoy son almas. ¡No son sino demonios!

- Los demonios también son almas - dijo Sri enfáticamente -. Tenemos que luchar con los demonios: son obra de Dios. Y los dictadores de los que usted tiene miedo son enanos comparados con los poderosos demonios que gobernaron el mundo en los tiempos pasados, cuando Krishna descendió a la tierra. Pero cuando Krishna los mató o puso el pie sobre sus cabezas, ellos entraron en el reino de la luz divina.

El joven americano fijó la vista en el suelo. Quejumbroso como un niño soñoliento, dijo:

- No quiero vivir en Kali yuga, el reino de la superstición. ¿Por qué no podemos nosotros tener una edad de oro?

- La edad de oro sólo existe en las almas despiertas - fue la repuesta de Sri.

Los cielos y las aguas habían palidecido. Volvíamos a casa, buena parte del tiempo a la luz de la luna o envueltos en las negras sombras de los árboles. La brisa, llena de un perfume desconocido para mí, nos acariciaba de cuando en cuando, y a veces nos embriagaba la deliciosa fragancia de un bosque de mangos floridos. Los tres, Sri en medio, salimos de las sombras del último grupo de árboles, ganando una pradera alumbrada por la luz de la luna, enfrente de nuestra blanca casa de verano, Shanti Nivas, la cual se elevaba bajo el cielo estrellado en medio de las susurrantes palmeras.

- ¿No es esto en realidad un hogar de paz? - preguntó Sri alegre, y acarició suavemente el rubio cabello de Alan, casi como en un gesto de bendición. Nos demoramos un poco gozando de la luz de la luna sobre el césped de la pradera. La mirada de Alan estaba fija en el suelo.

- Sri - empezó después de un rato, con la voz algo intranquila aún, durante todo este período de Kali yuga, quiero decir desde el tiempo de Jesucristo, algún salvador, uno de los avataras de Dios, ¿no ha descendido a las tinieblas de la tierra?

- Es una pregunta razonable - dijo Sri, manifestando alegría -. ¡Claro que ha venido! Numerosas veces las Sagradas Escrituras han profetizado Su venida, lo mismo que fue profetizada la de Cristo. Grandes sabios, que vivieron en la edad de oro, han pedido a Dios que les concediera el favor de renacer en esta época de superstición e ignorancia, la época de la discordia, con el fin de vivir en la Tierra cuando Kali yuga debía volver. Pero cuando este Salvador anduvo entre nosotros, y esto fue hace poco más de cuatrocientos años, él no realizó maravillas, no levantó a los muertos, no mató ningún demonio. Sin embargo, todos aquellos que lo vieron, sintieron que una ola de inimaginable afecto brotaba en ellos. Era el avatar oculto de Kali yuga, el Avatar Dorado.

- ¿Cuál era su nombre? - preguntó Alan muy quedamente.

- Krishna Cheitanya - replicó Sri.

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