Fiesta India
Celebración del cumpleaños de Sri. El cartero del pueblo. Contemplando los macacos. “Divali”, la fiesta de la luz. Visitas nocturnas. Alegría y buenos sentimientos.
Por el tiempo de la luna llena del mes de marzo, Sri celebraba su 59 aniversario. Todos nosotros estábamos convidados a celebrar la festividad en la casa de Rana, en Sudra. Rana y un brahmana, extraño para mí, realizaron los rituales de una larga ceremonia. Yo sólo comprendía unas pocas palabras de los himnos Védicos del viejo sánscrito que ellos cantaban, en coros alternados, sentados a los pies de Sri. “¡shanti, shanti...!" ¡Paz, paz, paz!”
Sri estaba cubierto de flores. Cuando acabó el canto, derramaron sobre él, leche y agua. Cada uno de nosotros recogió una gota del líquido que había sido vertido sobre su cuerpo, y extendimos nuestras manos sobre las velas encendidas puestas delante de él. Cuando me incliné hasta tocar sus pies con mi frente, lleno del más profundo afecto y gratitud, él me abrazó afectuosamente, y poniendo sus manos en mi rostro dijo:
- Me alegro que te encuentres aquí hoy, Vamandasji.
La sílaba “ji” es una partícula afectuosa y amigable, que se usa con mucha frecuencia. Es en realidad la antigua palabra “arya”, noble. Experimenté la sensación de caer sobre un lecho de rosas.
Hacia la tarde, se celebró otra ceremonia para los numerosos huéspedes. Habían llegado también algunos príncipes de las cercanías. En el centro del vacío comedor habían sido colocados cuatro bananos en formación cuadrangular, simbolizando la creación del mundo. Enfrente había montones de flores, frutas, dulces, hileras de velas encendidas, y flameantes antorchas de incienso. Todo esto, que había sido llevado allí ceremoniosamente, era un sacrificio al Altísimo en gratitud por Su creación, y que luego fue distribuido entre los huéspedes.
Uno de estos, discípulo de Sri, era un anciano administrador de correos de un pequeño pueblo indio en el Sur. Hacia muchos años, en una de sus andanzas, Sri había entrado en su oficina en busca de alguna información. El administrador de correos quedó tan profundamente impresionado por la presencia y santidad de Sri, que lo buscó aquel mismo día. Un sentimiento de humilde afecto y respeto había sido el resultado de este encuentro con Sri. Desde entonces, cuando tenía un par de días libres preguntaba a Sri si podía visitarle, y ahora había venido para saludarle en ocasión de su cumpleaños. Dentro de dos años obtendría el retiro, y para entonces deseaba quedarse con Sri y servirlo. “Qué feliz debe de ser usted, que tiene la bendición de Sri y puede estar a su lado constantemente”. Me dijo.
Rana era como un hermano para mí. Vivía en una casa muy bonita, que tenía algo de bungalow y de palacio, construida sobre blancos pilares. Grandes árboles la rodeaban, y las paredes estaban pintadas de verde. Dos pieles colgaban de sus paredes, la de un tigre y la de una tigresa que Rana había matado. El techo estaba pintado de cuadros blancos y obscuros. Frente a la casa había un verde prado, muchas flores y plantas frutales cargadas de fruto, y viejos y nudosos árboles. Una docena de criados cuidaba de que el terreno cultivado estuviese fresco y verde regándolo con cubos de agua, pues toda aquella región estaba amarillenta y seca, quemada por el ardiente sol. Sus carreteras estaban cubiertas de polvo; un polvo suave como cojines de pluma. Grandes nubes de polvo se elevaban en el aire, levantadas por hordas de animales errantes, por mendigos y ascetas que andaban descalzos. Entre ellos corrían chillando gigantescos pavos reales silvestres. Camellos y manadas de búfalos vagaban por las amarillentas estepas. Las frondosas copas de los árboles se veían animadas por las blancas ardillas y grandes macacos de color gris plata. Uno de los muchos criados de Rana no hacía otra cosa durante el día que mantener esos macacos a distancia. Con un arco y una flecha, con una goma protectora en la punta, disparaba sobre ellos con el fin de asustar a los más atrevidos. Los monos saltaban sobre los neumáticos del coche en que Rana nos fue a buscar. Por la noche bailaban sobre el techo de la tienda en que yo dormía cuando la casa estaba llena de huéspedes. Esta tienda era excelente, de lona doble, como las que usan los oficiales indios. Siendo doble se está más protegido contra los rayos solares. Contenía una alfombra, una cama, un diván, una butaca y un escritorio. También había una especie de baranda y un cuarto de baño. Era delicioso echarse sobre el diván y mirar el follaje de los árboles y contemplar los monos. Sri aprobaba el hecho de que los monos jugasen en el techo de mi tienda por la noche. “Ellos lo protegen. Hanuman, el jefe de los macacos, lo está protegiendo”, me decía, en broma. El cumpleaños de mi guru acaecía en un domingo de luna llena. Los indios no cuentan sus aniversarios según una fecha cierta. Dicen que han nacido en luna llena, o en la luna nueva de cierto mes, o a tantos días de la luna creciente o menguante. La luna, pues, rige los años. En el segundo día de los festejos, lunes día de Siva, Rana invitó a todos los brahmanas del distrito (cerca de doscientos) a comer, en honor a Sri. Comían fuera de la casa, sentados en el suelo. Varios cocineros habían sido empleados para ese día, pues Rana tenía 30 huéspedes más a la misma hora, los cuales comían en el salón del primer piso. Durante varios días, aquella parte del patio que permanecía en la sombra a las cuatro de la tarde había sido regada con latas regaderas para que no se levantara polvo del suelo. Ahora los brahmanas se sentaban allí con las piernas cruzadas, en dos hileras, la una frente a la otra, esperando. Había niños y viejos entre ellos, y todos los hombres llevaban la parte superior del cuerpo desnuda, salvo la cinta brahmínica alrededor del cuello. La parte inferior de sus cuerpos estaba cubierta con telas de color azul, rojo, verde o púrpura. Las mujeres se sentaban aparte, también en largas filas, y con sus vistosos vestidos. Algunas de ellas se acomodaban en pequeños grupos aislados, divididos según las castas. Pacientes y silenciosos, dentro de una atmósfera de paz, esperaron allí sentados cerca de una hora, pues llevó mucho tiempo preparar alimento para tantos. En una ocasión semejante, en Europa, la gente se hubiera alborotado y habría armado un alboroto mayúsculo.
Poco a poco empezaron a llegar los camareros y pusieron delante de cada uno de los huéspedes, grandes platos hechos de hojas de bananos trenzadas. Después de esto, un tazón también tejido con hojas, para la rica sopa llamada “dhal”. Grandes pelotas de azúcar morena, harina y manteca líquida fueron echadas dentro de los platos. A los que querían dos o tres terrones de azúcar se les daba lo que pedían, y los que con uno quedaban satisfechos, lo significaban con un gesto de la mano. Los criados les servían, yendo a lo largo de las filas, metiendo la mano en el fondo de los potes de metal, sirviendo puñados de arroz en platos de hoja de bananos, y ellos vertían manteca líquida sobre el arroz. Pequeñas pilas de legumbres se echaban sobre éste. Varias calidades de pan, algunos delgados como hojas, eran así mismo servidas. Todo este tiempo los huéspedes esperaban sentados tranquilamente, hasta que el anfitrión les hizo una señal. Entonces cantaban a coro un himno a Siva, y después de esto la fiesta empezó. Incansablemente los criados traían nuevos platos, más arroz, pan fino y terrones de azúcar. Los macacos miraban con ojos codiciosos. Es un fino arte, que a pesar de muchos esfuerzos, aún estoy lejos de dominar, el de comer elegante y limpiamente con las manos. Primero, el arroz tiene que ser cuidadosamente amasado con la mano derecha, luego mezclado al agua de las legumbres, y puesto dentro de la boca. El pan debe ser partido sólo con la mano derecha, sin ninguna ayuda de la izquierda. Estos huéspedes, la mayoría de ellos gente sencilla, dominaban este arte. Luna nueva en octubre, llamada divali, se considera como el día más feliz de todo el año. En ese día Rama mató al demonio Ravana de 10 cabezas. Por tanto en la India el curso escolar empieza en ese día, y antiguamente los ejércitos marchaban a la batalla en esa feliz solemnidad. Divali significa la fiesta de la luz. Es también la fiesta de gracias por la cosecha, y divali es el primer día de invierno y el primer día del año nuevo.
¡Esta fiesta nos eleva como las olas del mar!
Ya por la madrugada las hogueras empiezan a arder en una ciudad exaltada de alegría. De arriba, de abajo y de todos los lados se oyen estallidos. Niños de cuatro o cinco años encienden triquitraques. Estallan bajo nuestros pies, y las chispas vuelan de izquierda a derecha cuando se discurre por las calles. Todo el país celebra la fiesta durante cuatro días sucesivos. A las cinco de la mañana, antes de salir el sol, la gente se baña y empieza a comer. Y entre las comidas mascan una pasta hecha de una especie de nuez, y tortas llenas de coco. Para la comida de la tarde, arroz dulce azafranado y otros platos que eran enteramente desconocidos para mí. Sri Maharaja y toda su familia, hijos, hijas, yernos y nueras, otros huéspedes y sus criados, todos nos sentamos en unos asientos muy bajos en el clásico sistema de las piernas cruzadas, y lo hacemos muy ordenadamente. Nuestro huésped tenía un asiento con respaldo y una mesa baja. Yo también tenía un asiento con respaldo, pero mi mesa consistía, como la de todos las demás huéspedes, en una gigantesca hoja de banano dispuesta en el suelo. Alrededor de cada “mesa”, en las losas del suelo, habían pintado unos adornos con tiza roja, que semejaban flores de loto. Constantemente los platos y los tazones de plata se rellenaban de legumbres. El alimento era colocado en pequeñas pilas en las hojas de plátano. La comida comenzó con arroz y “dal” y diferentes especies de legumbres saladas y mantequilla. Luego siguieron los dulces. Y finalmente arroz, legumbres y yogur. La “mesa” era más baja que los asientos. Era difícil comer en ella. Mis pies estaban fríos y entumecidos de tenerlos tanto tiempo cruzados bajo mi cuerpo. Cuando la comida terminó, salí de la casa cojeando penosamente, lo cual divirtió mucho a los otros, que se echaron a reír. Reí también con ellos, y me alegraba que ellos se rieran de mi conducta y modales, los cuales no eran muy indios todavía.
Por la noche nos dedicamos a hacer visitas. Íbamos de una tienda a la otra, a través de la ciudad que estaba brillantemente iluminada y llena de gente alegre. No había clientes. Todo el mundo se dedicaba a hacer visitas de felicitación. En todas partes nos recibieron alegremente; los visitados vertían en su mano derecha un líquido perfumado y nos rociaban la cabeza con él. “La cosecha fue buena”, decía el propietario con satisfacción. Nos ofrecieron un plato que contenía especias, y nos dieron hojas de betel para mascar y ramilletes de flores. Rodearon nuestros cuellos con guirnaldas. Cargados de flores y dulces, con los bolsillos repletos, nos volvimos a casa. En ninguna parte nos sirvieron cerveza, vino, o cualquier otra bebida alcohólica. No vi a nadie borracho. No sólo los hindúes, sino muchos mahometanos también, celebraban esta festividad de la luz. En el exterior de las más pobres cabañas de barro también ardían luces esta noche. Cabañas que alojaban gentes tan pobres que no podían costearse una vela más que una vez al año, durante la festividad de divali. Para esta fiesta me había vestido con mi traje europeo de gran gala, chaqueta y unos zapatos blancos que aún no había estrenado. Thakur Sahib, el gobernador del estado de Vasana, nos había invitado a comer. Thakur Sahib era un joven viudo. Era uno de los pequeños príncipes de la India. Su renta privada más la del Estado que gobernaba no excedía de las 40 000 rupias. Pero él tenía un coche “Chevrolet”, un primer ministro y un sueldo mensual de 100 rupias. Una indescriptible alegría reinó durante todas las comidas. Yo me senté allí en mangas de camisa como los otros, en un asiento cuya altura no era superior a la de un dedo, y “cogí con mis dedos”, como dice la Odisea. En el gran plato de metal en forma oval puesto delante de mí estaban todos los alimentos, dulces y desabridos, muchos de cuyos nombres me eran extraños, dispuestos alrededor de una pila de arroz, y todo combinado y mezclado, según el gusto de cada uno, el amarillo pudín, las alubias, nata, yogur, y las muchas especies de pan: chapati, puri, y muchos otros. Todo tenía buen sabor.
El palacio del príncipe me recordaba la residencia real de Ulises en Itaca, tal como lo puede uno imaginar. Los pastores que cuidaban de las vacas entraban y salían. El castillo tenía tres pisos, empinadas escaleras de madera y gruesas vigas en el techo. Antiguamente era una vieja mansión, suntuosa pero arruinada. Madera por todas partes, madera maravillosamente trabajada. Cada soporte que sostenía una viga o el techo, estaba decorado con entalladuras; por ejemplo: un jinete con un escudo y una espada y una vistosa celada, con animales mitológicos a ambos lados. Las ventanas y las puertas estaban abiertas de par en par. A pesar del calor del mediodía, una corriente de aire corría por toda la casa, refrescándola. Mecedoras o amplios sofás se balanceaban en pesadas cadenas de cobre en todas las habitaciones. Cada eslabón de las cadenas estaba echo de pequeñas figuras de dioses. Aquí también había un criado cuyo único deber era ahuyentar a las manadas de macacos que intentaban trepar por el techo. Desde la morada del príncipe, en lo alto de la colina, descendimos por curvas y revueltas de pésimas carreteras llenas de agujeros, surcos profundos y mucho polvo. En el campo del castillo, un mísero pueblo, un grupo de destartaladas cabañas de barro, colgaba de la vertiente de la montaña.
