La Majestad del Señor
El cuento de Krishna y Narada, el gran sabio. Poderoso mantra acerca de rama. Leyendo la Biblia con Sri.
El cuarto de meditación de Sri, en Nasik, muchas veces me parecía estar revestido del oro de la fuerza espiritual que se había acumulado allí durante los años de concentración del espíritu. En este cuarto, y en otro grande y aireado que está próximo a éste, he escuchado muchas historias relatadas por mi maestro.
La primera de las leyendas que repetiré aquí tiene su origen en el mismo Krishna Cheitanya. Aparentemente sólo describe la divina majestad que gobierna nuestro universo.
Nuestro universo es corruptible. El poder de Brahma, el creador del mundo, también es corruptible, según la creencia de los indios, aunque dure un billón de años. Indirectamente, la cohesión interior del discípulo se dirige hacia el reino incorruptible de Dios.
KRISHNA Y BRAHMA
Cheitanya contó una vez lo siguiente a Sus discípulos: La múltiple divinidad de Krishna, tal como se revela en Su propio reino, excede a todo lo que pueda ser dicho con palabras. Por tanto, solamente les hablaré de una fracción de Su divinidad, la que se revela en la majestad del universo.
Un día, Brahma, el creador, vino al castillo del Todopoderoso para visitar al Señor. El portero llevó la noticia a Krishna. Este preguntó: “¿Qué Brahma es ese?” El portero volvió y repitió la pregunta: “Krishna desea saber qué Brahma eres”. Impaciente y estupefacto, el creador del mundo respondió: “Ve y dile que yo soy el Brahma de las cuatro cabezas”. Cuando el portero obtuvo el permiso de Krishna, consintió que el creador del cielo y de la tierra entrase. Brahma se inclinó reverentemente a los pies de Krishna, y Este le preguntó la razón de su visita. Brahma contestó:
- Señor mío, primero contéstame una pregunta: ¿Qué quisiste decir cuando preguntaste qué Brahma era yo?
Krishna sonrió y se puso a meditar. Inmediatamente se presentaron huestes infinitas de Brahmas: Brahmas con 10 cabezas, con 20, con 100, con 1 000, un millón, sí, y con un millón de millones de cabezas; era imposible contar tantas cabezas. Se presentaron sivas con millones y millones de cabezas. Indras con millones de ojos. A la vista de esto, el Brahma de cuatro cabezas casi perdió el dominio sobre sí mismo, como un conejo cercado por un grupo de elefantes. Todos estos Brahmas se inclinaron ante el trono de Krishna, tocándolo con sus coronas, ellos se inclinaban hasta el suelo. Desde el trono, rodeado de las coronas de estos Brahmas, empezaron a salir melodías, como si todas las coronas estuviesen cantando himnos de alabanzas al trono de Krishna. Con las manos cruzadas, los brahmas, los sivas y otras divinidades glorificaban a Krishna de esta manera: “Señor, grande es Tu misericordia para con nosotros, ya que permites que contemplemos Tus pies. ¡Oh! Dicha infinita, nos has llamado y recibido a Tu servicio. Si lo ordenas, Te llevaremos sobre nuestras cabezas”.
Krishna contestó:
- Tenía muchos deseos de verlos y por eso los he llamado aquí. ¿Están satisfechos? ¿Tenéis algo que temer de los demonios?
Y ellos contestaron:
- Gracias a Tu poder somos victoriosos en todas partes. Y finalmente Tú has aparecido sobre la Tierra y has destruido el pecado que la arrastraba al abismo.
Entonces Krishna despidió a todos los brahmas, y ellos volvieron cada uno a su casa, inclinándose profundamente al despedirse. El Brahma de las cuatro cabezas, de nuestro universo, se arrojó una vez más a los pies de Krishna y dijo:
- Hoy he tenido que recordar de nuevo algo que hace mucho tiempo sabía muy bien.
- Aunque tu universo tenga 500 millones de kilómetros de circunferencia - le replicó Krishna -, aún es pequeño. Por eso no tienes más de cuatro cabezas. Hay otros universos que miden mil millones, cien mil millones, y millones de millones de kilómetros de circunferencia, y sus brahmas tienen un número de cabezas en proporción. Y Yo sostengo todos estos reinos en los espacios del mundo. Mi divinidad es inconmensurable. ¿Quién intentará conocer la anchura de Mí oculta divinidad?
De la infinidad de Dios en la Tierra hay otra historia. Esta es una especie de chiste cósmico, pero que nos sirve para calcular Su eternidad. Brahma, el creador, Siva el destructor, y Vishnu, que rigen y penetran el universo, son sus figuras principales.
BRAHMA, VISHNU Y SIVA
Siva tuvo una vez un pensamiento que no llegó a desarrollarse del todo: no era más que el origen de un pensamiento: “¿Qué ocurriría si yo dejase de destruir?” Este mal pensamiento había entrado en su cabeza, cuando Brahma el creador llegó y dijo: “Escucha, ¿qué ocurriría si yo dejase de crear?” Precisamente en ese momento llegó Vishnu el conservador y les dijo: “¿Qué ocurriría si yo dejase de regir el mundo?” “¡Yo dejaré de destruir!” “¡Yo dejaré de crear!” “¡Yo dejaré de regir!” De esta manera contestaron los dioses, y muy divertidos se pusieron a batir palmas.
Llegó un vagón cuyo origen era desconocido. Asombrados los dioses vieron que el vagón no contenía más que huevos. Y cuando un huevo caía al suelo y se rompía la cáscara, un nuevo brahma, un creador, salía del huevo. Y cuando otro huevo caía, un siva, un destructor, aparecía. Y cuando cayó el tercer huevo, un Vishnu, conservador, salió. Y más huevos continuaron cayendo. Entonces los dioses se asustaron, juntaron las manos y se postraron ante el Todopoderoso. Súbitamente el vagón desapareció. Brahma, Vishnu y Siva reanudaron sus trabajos. Vamos a ahondar más aún en el gran río de maya, el río del desengaño, en la historia de un gran sabio, Narada, uno de los amigos íntimos de Krishna, a quien Krishna habla de esta manera: “Tú eres Mi ojo”. Porque Narada vagaba constantemente por los tres mundos, buscando seres que fuesen dignos de liberación. Hasta el gran rishi Narada, cuando Dios así lo desea, puede caer bajo el poderoso hechizo de la ilusión. Pero esta ilusión, maya, también pertenece a Dios.
KRISHNA Y NARADA
Una vez Narada se aproximó a Krishna. Este estaba ausente de Su palacio e invitó a Su huésped a entrar.
- Mi comida pronto estará lista; ven a comer conmigo.
Narada se lo agradeció muy contento.
- Sí, pero antes tomaré un baño en el río. Volveré dentro de cinco minutos.
Bajó al río. Al zambullirse en las aguas, con gran sorpresa sintió que había sido transformado en mujer. Asombrado, se palpó los largos cabellos, los senos, el cuerpo. Aún recordaba que era Narada, el gran sabio. Pero cuanto más tiempo permanecía en el agua, más se debilitaba su memoria. Se transformó en Naradi; la joven Naradi. Un joven se paseaba por la orilla. Ella lo cogió de la mano. Él la condujo a su casa. Ella vivió con él, y con él tuvo numerosos hijos. Su belleza desapareció. Los hijos gritaban desesperadamente. Todas las inquietudes de la vida la envolvieron. Envejeció y enfermó. Imploró a Dios. Fue entonces cuando volvió a ser Narada, el sabio; y el Señor, que estaba en la puerta de su palacio, le llamó:
- Narada, los cinco minutos han pasado; la comida ya está lista.
Narada se había zambullido en las aguas del maya, del cual Krishna es el dueño. Esta historia de Narada que fue transformado en Naradi, es muy repetida en la India, y gusta mucho. Hasta una película se ha hecho de esta historia, y se ha proyectado durante mucho tiempo en los grandes cines de todo el país. Las películas de más éxito en la India, por extraño que parezca, no son las comedias habladas, ni películas de gángsters, aventuras e historias policíacas, en que la atracción del bello sexo desempeña el papel principal, como ocurre en el oeste. Las películas de más éxito en toda la India, representadas a veces durante años seguidos, son las representaciones del poder y del afecto del Todopoderoso, y de los nuevos salvadores y enviados que manda a la Tierra.
En cierta ocasión me senté en un asiento de los más baratos (un tosco banco de madera), en un cine que parecía un garaje, pero atestado de gente. Probablemente era el único blanco entre aquella multitud de espectadores. A veces las ratas corrían cerca de mis pies. Nadie se preocupaba de esto, pues todos estaban completamente fascinados por la película.
De repente un grito de entusiasmo resonó en toda la sala. Los espectadores que se hallaban cerca de mí, enteramente extraños, en su excitación me cogieron fuertemente por los brazos. Me preguntaban anhelantes, si yo, europeo, podía realmente ver y comprender que Dios había intervenido. Yo asentí con un movimiento de cabeza. En la blanca pantalla delante de nosotros, el sabio, milagrosamente liberado, salía de su negra cárcel dando tumbos por las calles que resplandecían de luz. Abrió los brazos y cantó lleno de alegría uno de los nombres de Dios: “¡Rama!” La multitud que lo rodeaba hacía coro con él, cantando alegremente: “¡Rama! ¡Rama! ...” No sólo los personajes de la película, sino casi todos los espectadores del cine, levantándose con delirio, habían empezado a cantar en voz tan alta que yo creí que el techo se venía abajo: “Rama, Rama, Rama..”. Con todas las fuerzas de sus pulmones cantaban el poderoso mantra que levanta y purifica a los caídos.
Ahora los espectadores se habían acallado otra vez y escuchaban. El héroe, que tan pacientemente había soportado tantos sufrimientos, quedamente rogaba a Dios. Era la misma oración de hace 1 000 años, que Sri muy a menudo me había repetido:
“Tú eres nuestro padre. Tú eres nuestra madre. Tú eres nuestro querido amigo. Tú eres el origen de nuestra fuerza. Tú, que soportas el peso del universo, ayúdanos a soportar el pequeño peso de nuestra vida”.
No debemos imaginar que las películas indias sean sosas, ni que tengan la belleza de una pintura. Tal vez resulten demasiado largas para nuestro gusto occidental, pero están llenas del humor y austeridad e ilustraciones de la vida del pueblo, y algunas escenas son verdaderas obras de arte. En un concurso para la mejor película del mundo, que se celebró en Venecia, uno de estas películas religiosas indias recibió el más alto honor que jamás se había concedido a una película. Durante un período de varios meses estuve muy alejado, perdido en el oriente, pero gradualmente el este y el oeste empezaron una vez más a intentar una alianza dentro de mí. Cuando leía el Bhagavad-gita con Sri, por las tardes, las puertas de la antigüedad germánica, los runas, súbitamente se abrieron ante mis ojos. Yo hacía traducciones de los Edas, del Voluspa, para Sri.
También durante un rato diariamente leía la Biblia para Sri. Hablábamos de Abraham, José, Salomón, Elías, Josías y sobre todo de las “Epístolas a los romanos”, de San Pablo, y de las “Epístolas a los Corintios”. Sri pensaba que una de las cosas más obscuras del Viejo Testamento eran las palabras: “Polvo eres y al polvo volverás”.
- No - decía -, tú eres luz y a la luz volverás.
