Anandapith
La casa de la bienaventuranza. Vrindavan, lugar de nacimiento de Krishna. Flores y mendigos. La casa de Sri en Nasik. Construcción de un templo a Dattatreya. Los sin casta. Krishna Cheitanya.
El día de mi regreso a Almora era mi cumpleaños, y me parecía que nunca estuve ausente. El paisaje del terraplén que había estado seco, ahora reverdecía. El trigo crecía a gran altura. Los ríos se llenaban, pero el agua continuaba siendo clara. Y árboles que me eran extraños florecían como altos candelabros de blancas llamas: La esencia de cada día era la meditación. Así, finalmente, dejamos Almora y nos dirigimos a Nasik.
Cruzamos ríos anchos y tranquilos. En sus orillas se divisaban bancos de arena, verdes sotos y templos. No lejos de las casas antiguas se veía gente sentada cantando himnos a los dioses, a la luz de candiles o lamparitas de aceite. El ferrocarril de vía estrecha que conduce al Himalaya, tiene su punto de partida en Mathura, y allí nuestro viaje quedó interrumpido durante algunas horas. Era muy temprano. Me dirigí con Sri a la ciudad, donde según la tradición, Krishna nació hace 5.000 años. El ruido salvaje de la multitud asiática llenaba las calles. Grandes carros de cuatro ruedas tirados por búfalos. Vacas ociosamente echadas en el suelo. Mercaderes y mendigos con los brazos comidos por la lepra, que rodeaban nuestro coche sin cesar de gritar. A través de los bajos sotos, que habían sido una vez floridos bosques vírgenes, nos dirigimos a Vrindavan, donde Krishna había pasado Su feliz juventud entre los pastores. Para el próximo año pensábamos pasar aquí unos cuantos meses durante la estación más fresca. Esta vez sólo me senté con Sri un rato a la sombra, en uno de los escalones que conducen al río llamado Yamuna. Nos quitamos los zapatos y los calcetines, y sumergimos nuestras piernas en la cristalina agua que se deslizaba resplandeciente.
Después de mis andanzas por el Himalaya, un dedo de uno de mis pies se hinchó, se enconó, y probablemente estaba lleno de pus. Medio en broma dije:
- Tal vez el agua sagrada del río Yamuna me cure el pie.
- Lo curará, sin duda - contestó Sri con seriedad.
Era una delicia sentir el agua cálida y suave en mi rostro y manos, y sobre todo en mis cansados pies. Peces de sabios ojitos se acercaban a nosotros confiadamente y luego huían nadando. Al mirarlos más de cerca, vi que lo que había creído que eran peces, eran en realidad las cabezas y cuellos de tortugas.
Con el fin de conseguir un poco de cambio para dar a los mendigos, Sri había comprado flores y guirnaldas a una de las muchas chicas que las vendían sentadas en cuclillas en las calles. Por sugerencia suya, yo ahora sacrificaba las flores del río, recogía la límpida agua en el cuenco de mis manos, y la dejaba correr otra vez, lentamente, mientras un sacerdote en la orilla decía una oración. Luego, el sacerdote puso a mi lado una concha, en el mojado escalón de piedra, llena de un tinte encarnado tal como el que se usa para pintar el signo que llevan en la frente. Yo mojé un dedo en el tinte y pinté el signo encarnado en la cabeza de una de las tortugas, al tiempo que pensaba en los pretéritos tiempos en que, según los indios, el Dios del universo, en la forma de una tortuga, levantó el mundo sacándolo de los océanos donde había sido ahogada la tortuga en el diluvio. Luego, el sacerdote pintó el signo sagrado de Krishna en nuestras frentes. Al día siguiente, cuando llegamos a Nasik, mi pie estaba completamente curado. Nasik es uno de los grandes puntos de reunión de los peregrinos de la India. Todos los miembros de las antiguas familias indias que hacen su peregrinaje a Nasik dejan en el templo su genealogía. La casa de Sri llevaba el nombre de Anandapith, la casa de la bienaventuranza. Tenía el aspecto de una mansión campestre. Él recibía a sus huéspedes en una enorme habitación. Los cojines y la blanca tela, que constituían su asiento, reposaban sobre una piel de tigre. La habitación adyacente estaba destinada para su meditación. Cuadros de dioses, y de maestros de la humanidad, adornados con guirnaldas, colgaban de todas las paredes. Yo debía llevar a cabo mis meditaciones en su cuarto de recepción con la puerta abierta, con el fin de que pudiera estar cerca de él pero sin estorbarle. Por la noche, la puerta entre mi dormitorio y el de Sri quedaba abierta de par en par. Cuando me despertaba, a las tres o tres y media de la madrugada, contemplaba siempre con la misma emoción a este anciano sentado allí, tieso a la luz azul de las estrellas, meditando en el inquieto mundo. Por la tarde, Sri me llevaba con él en sus paseos a través de su propiedad. Sri era maestro constructor. Precisamente en aquella ocasión estaba construyendo un templo a Dattatreya. El esqueleto del edificio ya estaba armado, y era maravilloso. La cúpula brillaba como una flor blanca.
Dattatreya es también uno de los salvadores que según la creencia de los hindúes, ha ayudado a redimir al mundo. Dattatreya está representado con tres cabezas y seis brazos, ya que se dice que había combinado dentro de él, la fuerza de la trinidad india; la de Brahma, la de Vishnu y la de Siva, cuando enseñaba a la humanidad en la tierra, sabiduría y equilibrio. En sus seis manos lleva la flor de loto del creador, y su concha sonora, la rueda de la justicia y el bastón de mando del conservador, y el tridente y jarro de agua del destructor. Profundo simbolismo se oculta dentro de estas llamadas “armas”, llevadas por los tres dioses que son uno. En sus giras Sri siempre lleva una pequeña estatua de marfil de Dattatreya en un estuche de terciopelo azul. Dondequiera que pasa la noche, saca esta estatua. En sus pies suele poner flores. Me ha cantado canciones que habían sido escritas por Dattatreya. “Es mi guru, mi maestro espiritual”, dijo. El interior del nuevo templo está aún vacío. La palabra Aum luce en letras de oro, encima de la entrada. La escultura de mármol del Dattatreya de tres cabezas, que debe instalarse en el interior, no está terminada.
Cuando me dirijo a la ciudad, me visto con mis ropas de europeo, pero en la casa de Sri, en su propiedad, llevo un dhoti, indumento de delgada tela blanca en la que el aire circula por todas partes. Es delicioso en verano. Lentamente maduran los plátanos; es la primera vez que estas plantas crecen en el jardín de Sri. Se desparraman como manos con muchos dedos verdes. A veces se estiran hacia arriba, como velas en un candelabro. Pero la fruta más deliciosa de todas es el mango. Hay tal dulzura y aroma en los mangos que no se encuentran en ningún otro fruto; pero desgraciadamente no resisten la exportación. Acompaño a Sri a un bosque de mangos, propiedad de uno de sus amigos. Sri se había detenido allí muchas veces en sus giras de ermitaño. Lo había hecho durante muchos años. Los frutos colgaban por centenares en las verdes y delgadas ramas de la copa del viejo y gigantesco árbol. De color amarillo dorado o lila, o rojo púrpura, docenas de especies diferentes, con diferentes matices de color. “Como papagayos”, dice Sri. Yo pensaba que el fruto se parecía a las doradas y plateadas nueces del árbol de Navidad, colgando de sus delgadas ramas. Entre los bosques de mangos había grandes extensiones donde crecía la viña. En lugar de enrejado, se habían plantado árboles de fino tronco, de copas altas y estrechas. Uno andaba debajo de las parras de viñas, como si fuesen arcos de hojas. Las uvas de Nasik son muy famosas. Yo todavía no las he probado. La cosecha no estará madura hasta abril. Aquí y allí un campo de trigo, un pozo. Una pareja de búfalos tira del bíblico saco de cuero, chorreando agua, del hondo brocal del pozo. El coche corre ligero por la carretera principal de Agra a Bombay, a través de infinitas alamedas de chumberas, muchas de las cuales tienen 600 años. Acá y acullá, cabañas extremadamente miserables con los tejados de hojalatas llenas de oxido. En la India, muchos millones de habitantes viven constantemente poco menos que muriéndose de hambre. Aún hoy, los hombres y mujeres sin casta van de un sitio a otro con sus escobas a la espalda, limpiando letrinas. Se cree que Dios ha mandado y preordenado esto. Y si ocurre que uno de los intocables, ávido de saber, anhela el yoga (esto sucede muy a menudo), resulta en la mayoría de los casos tan creyente y amante de la verdad, que puede ser reconocido como un brahmana. Los grandes maestros de la sabiduría, los rishis de la antigua India, tenían el derecho de hacer de un sudra (miembro de la casta más baja) o de una persona sin casta, un brahmana.
“Pero si uno rompe las leyes de las castas a ciegas” - dice el Gita -, “entonces entra la confusión, y todo orden desaparece. El mismo Dios, el Todopoderoso, tiene que descender a la tierra, con el fin de salvar a la humanidad”.
Sri batía palmas: esto significaba que me estaba llamando, y que me recordaba que tenía que empezar mi meditación. Había un huésped en el cuarto, y conversaban, a veces en voz alta, otras muy quedamente. Sri llevaba una guirnalda de flores alrededor de su cuello y tenía en la mano algunas flores. Me senté para la meditación y deseché el pensamiento que me estaba perturbando: “¿Por qué me llama precisamente ahora? ¿Por qué desea que medite en presencia de un extraño?”
“¿Si mis sentidos, mis ojos y oídos, me estorban durante la meditación, qué debo hacer?” Esto le había preguntado a Sri una vez.
Su respuesta fue: “Dígales amablemente: ojo, tu tarea no debe ser exterior, sino interior; mira la luz espiritual. Oído, tu tarea ahora no es oír las cosas exteriores, sino la música interior”.
Esto me sirvió de mucho. El esfuerzo dentro de mí me ayudó a lograr una concentración más intensa. Cuando me levanté, el huésped ya se había marchado, y Sri también había concluido sus meditaciones. Mis ojos se fijaron en un cuadro de la pared que yo no había notado antes; un joven de reflejos dorados, de pie, a la orilla de un río. Sri me dijo que era Krishna Cheitanya, que había vivido en Bengala hacía algunos siglos, en ocasión en que la América fue descubierta, y que era considerado por muchos como la reencarnación de Krishna. En Bengala aún se cantan canciones en Su alabanza.
