Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Peregrinajes al Himalaya

Los peregrinos parten cantando. Una localidad sagrada. Estatua de hanuman, el jefe de los macacos. Kaka-bushunda, el matusalén del mundo. Casas de reposo del estado en la floresta. La montaña de la serpiente. Visita de un principe. Inundaciones y accidentes. Sri decide regresar. Sus enseñanzas en el viaje de regreso.

Después de la meditación matinal me siento a escribir un rato. Sri Maharaja llamó a la puerta de mi cuarto de meditación.

- ¡Tenemos que marcharnos ahora!

De un salto me levanto y me pongo los zapatos más que deprisa. Fuimos al refugio de los peregrinos donde yo dormía. Dos mantas bordadas estaban colocadas sobre una butaca para Sri. Esta vez yo también me senté en una silla en medio de los ascetas, sentados en el suelo, y pude observarlos sin obstáculo.

Los signos que tenían pintados en la frente brillaban más que nunca. Un hombre se había untado toda la parte superior del rostro con tierra blanca. Detrás de él un hombre muy joven, poco más que un muchacho, estaba sentado en cuclillas. Las líneas de su frente se arqueaban sobre el puente de la nariz de forma que parecían formar una flor de loto. Había otro de piel tan obscura que parecía un negro. Dos o tres tenían magníficas barbillas. Orgulloso como un rey, el viejo y bien conservado sannyasi estaba allí sentado - el que dormía en el pasillo de las columnas del lado de fuera de mi cuarto, y que ejecutaba el pintado de su rostro tan cuidadosamente como si fuera una hermosa joven.

Cantamos. Había un monje gordo, con un tupé de pelo espolvoreado de ceniza, situado en lo alto de la coronilla de su cabeza; era el superintendente de la cocina. Me había tratado con especial cuidado, y esta mañana me estrechó afectuosamente contra su ancho pecho. Ahora era él quien daba el tono e iniciaba el canto. Nosotros cantábamos a continuación. De repente su potente voz cambió y se tornó chillona. Vi que el sudor corría abundante por su rostro y sus ojos estaban llenos de lágrimas. La partida se efectuó con mucha ceremonia. Marchábamos en cuatro columnas. El Maharajá, el príncipe que había venido desde muy lejos para tomar parte en aquella festiva ocasión, Sri Maharaja y yo, los tres, marchábamos delante. Cada uno de nosotros llevaba una flor amarilla en la mano. Ibamos cantando y en las montañas repercutía el eco del canto. Los moradores del lugar permanecían delante de sus casas y nos saludaban con las manos cruzadas. Nosotros respondíamos agitando las flores en alto, mientras el rumor de nuestros pasos se confundía con el canto. Pasábamos sobre los asperones de Almora, siguiendo la interminable calle llena de tiendas alineadas sobre las irregularidades de la montaña. Unas veces a la derecha, otras a la izquierda, el panorama se desplegaba súbitamente y nuestra mirada seguía las vertientes y terraplenes de cada lado de la ciudad. Cantábamos. Este día, que era el primero en que los peregrinos se ponían en marcha sobre la carretera del Kailasa, la montaña sagrada, morada terrenal de Siva, era lunes, el día de Siva. Aquel nombre vibrando en nuestros labios, el nombre de Dios, nos transportaba como sobre las olas del ondulante mar. El panorama se ofrecía majestuoso a nuestros pies. Alargadas nubes de niebla de muchas millas de longitud, se enroscaban sobre el paisaje como la gruesa serpiente gris que Siva lleva alrededor de su cuello. Por deseo de Sri, nos reuníamos en un grupo separado de los otros peregrinos. Esto es un paseo encantador. Un mundo de rica floresta, con claros arroyos que reflejan el cielo. De todas las direcciones, cristalinos arroyuelos fluyen hacia abajo, de los pantanos, de los precipicios y de los árboles que suben hasta los cielos. Flores bellísimas y raras crecen en los cenagales. Los torrentes de agua cantarina y las cascadas, no parecen ser cosa terrenal. ¡Es agua celestial, el agua de la vida! El lugar donde el valle se ensancha entrando en una extensa pradera, se llama Jageshvar, es decir, Siva, el señor del mundo. Es uno de los lugares más sagrados de la India; sí, de todo el mundo. También se llama “El Pequeño Kailasa”. El gran Kailasa está situado más al norte, en el Tíbet, al otro lado de las cumbres cubiertas de nieve, de los Himalayas.

Es un retiro mundialmente famoso de peregrinación, y sin embargo, hasta ahora no he encontrado ninguna tienda de comestibles. Una o dos docenas de casas de madera; pero todo un mundo de maravilloso trabajo en madera tallada. El árbol de la vida, la centelleante rueda del sol, y similares representaciones en rojo y azul, ennegrecidas por el tiempo, adornan las ventanas y puertas de las cabañas. Y en la playa, donde corre el agua cristalina, se ve el atrio del templo, rodeado por un muro. Dos grandes templos a Siva, y muchos otros de menores dimensiones se encuentran en los alrededores. Balaustradas con tejados de madera ensanchan todos los lados de las inclinadas torres. El templo no está dedicado a Siva el destructor, sino a Siva “el conquistador de la muerte”.

Yo iba al lado de Sri con mi vestidura anaranjada, a través de los patios por entre las frías y húmedas paredes, y en cada puerta recibía flores. Finalmente me paré delante de una estatua de piedra roja que representaba a Hanuman, el jefe de los monos, que con un pie aplastaba a un monstruo, lo mismo que en los países cristianos el arcángel Miguel tiene el pie puesto sobre un dragón. No ha sido por medio de la fuerza humana que él ha vencido al dragón. Hanuman está tranquilo, absorto en la meditación, con la mano puesta sobre la frente encendida de fuerza espiritual. Sus pómulos de animal son bien ostensibles. Pasamos bajo otro árbol gigante, y vi en otra piedra una pintura representando a Hanuman, dibujada en colores muy rojos. Hanuman sostiene una montaña en la mano. Laksman, el hermano de Rama, había sido herido en una batalla. Rama ordenó a su fiel sirviente, Hanuman que fuese al Himalaya a buscar cierta hierba medicinal. Hanuman voló en un segundo, desde el lejano sur de la India al Himalaya. Pero como no pudo encontrar la hierba enseguida, cogió sencillamente una montaña con todos sus bosques, árboles y hierbas, y volvió volando con ella al lado de Rama. De este modo, pensó, la hierba deseada se encontraría allí.

Siva, Rama y Hanuman, el sirviente de Rama, todos pertenecen a esta montaña y a esta floresta. En las paredes del templo, en los troncos de los árboles y en las paredes de los precipicios, los eremitas que viven en las cuevas rocosas han escrito el nombre de Dios con letras muy grandes: Rama, Rama... este nombre significa dador de alegría. En su corazón, Hanuman lleva el nombre de Rama escrito con letras de luz. Se dice que es este Divino Nombre el que le da su poder.

Hay en la India aproximadamente 700 000 pueblos. En la mayoría de ellos existe un templo a Hanuman. Dice la gente que Hanuman impide que los demonios entren en el pueblo.

Estoy muy contento. Seguimos nuestra caminata en paz, llueva o haga sol, a través de las florestas interminables; una caminata tal como la pintan el artista Schwind o el poeta Eichendorff, y sin embargo es una caminata sagrada. Puede uno dejar el pequeño pueblo y seguir hacia arriba al lado del río que se precipita, en cuyas aguas el mismo Dios Se inclina.

El camino sube lentamente hacia el monte Kailasa. Numerosos hechos físicos y espirituales han tenido lugar a lo largo de este camino sagrado, en sus vertientes y en sus barrancos.

Se dice que la persona más vieja del mundo, Kaka-Bushunda vive allí. Tiene miles y miles de años. Está sentado, absorto en profunda meditación, y contempla el curso de los acontecimientos en el mundo. Él ha visto al mundo fenecer y renacer una y otra vez. Me siento en el enlodado suelo, bajo las vigas que están ennegrecidas por los años, en una de las salas del templo de Siva. Es un asilo de peregrinos, en el que encontramos alojamiento. Una linterna de petróleo cuelga de una de las vigas. Tiene uno que andar con cuidado para no dar con la cabeza contra el techo. Y sin embargo, este ático es sagrado. En poco tiempo se llena de gente. Sri se sienta sobre una manta de viaje bordada, como en un trono, y delante de él, en cuclillas, están los hombres de las antiguas familias de brahmanas, que han venido a rendir homenaje al santo, y discutir con él cuestiones religiosas. Muchos de ellos también buscan que les curen sus enfermedades. Más hombres hacen su aparición por la puerta trampa del suelo y sus sombras se proyectan hasta donde yo estoy. Precisamente ahora acaban de llegar unos cuantos que desean someter un caso legal a Sri. Él tiene que aconsejar y juzgar.

En medio de la multitud, mientras unos vienen y otros van, y los peregrinos cantan, y mientras el estrépito nocturno del río penetra en la habitación, yo me siento muy tranquilamente con mis piernas cruzadas y continúo escribiendo.

Hemos pasado las últimas noches en casas de reposo del estado, con largas extensiones de montañas cubiertas de bosques alrededor de nosotros. Hemos alcanzado el punto más elevado del viaje hasta aquí, la cabaña llamada “Berinag”, que significa el “rey de las serpientes”. Ha sido una marcha penosa. La carretera tiene subidas y bajadas, a veces extendiéndose en un valle profundo e interminable y cálido como en los trópicos. Búfalos, cabras, pita, bananos. Luego, el camino conduce hacia arriba como si buscara la luz del mediodía. Ahora, la cadena de montañas del Himalaya se halla a nuestra vista tras unas selvas que se elevan entre ella y nosotros. En el centro, una pirámide de hielo se alza a 7 600 metros de altura, más alta aún que las montañas que alcanzan las nubes. Se llama Nanda Devi. Montañas sobre montañas: la esposa de Siva, las criadas de Siva, los seguidores de Siva, todos resplandecen en sus bordes de hielo a la luz del sol, el más cercano, y por lo tanto, aparentemente el más alto, el monte Trishul, el tridente de Siva el destructor. ¿Qué ocurrirá en Europa? ¿Habrá estallado la guerra?

Después de un baño caliente y una comida satisfactoria me encuentro maravillosamente reconfortado. Tendremos que permanecer dos días aquí arriba en la montaña de la Serpiente. Alrededor nuestro, nogales, cedros y árboles desconocidos para mí, cargados de flores encarnadas. Ahora sólo nos faltan tres días de marcha para alcanzar Askot. Cuatro veces más tenemos que descender a los valles, y otras tantas volver a subir a las cumbres de las montañas.

Cuando me aproximo solo por la espesura de los bosques a Berinag en el Monte de la Serpiente, oigo que cantan por allí cerca himnos antiguos de los vedas: era un coro de escolares cantando en honor a Sri, las viejas canciones que durante miles de años han sido cantadas por reyes y sabios. Los chicos llevan una bandera de Gandhi que ellos mismos han confeccionado. Días después, cuando volvíamos, los niños volvieron a seguirnos, cantando. La naturaleza de las montañas del Himalaya me recordaba la del Gran Cañón de Norteamérica. Al recoger una piedra, casi se asusta uno al ver que inmediatamente se desmenuza haciéndose polvo. Imposible hubiera sido intentar clavar un clavo en un zapato con la ayuda de una piedra, y las suelas de nuestros zapatos estaban deshechas. En Askot hay un zapatero, según me prometieron. El Raja, el pequeño príncipe de Askot, quien hizo una visita a nuestro albergue, llegó con malas noticias. Nos informó que el pacífico río Kali, que se divisaba desde nuestra cabaña, se había vuelto muy impetuoso en la parte superior de su curso. Había llovido demasiado. Todos los puentes estaban destruidos, la estrecha carretera sufrió muchos desprendimientos y en muchos sitios se había hundido en el abismo. Los grupos de peregrinos que salieron delante de nosotros se habían encontrado con indescriptibles obstáculos. Algunos incluso con la muerte. Después de un largo silencio, Sri decidió definitivamente que regresáramos. Muchas veces me había sorprendido el hecho de que el amable anciano se hubiese mantenido tan apartado e indiferente hacia Nityananda. Ahora yo comprendía la actitud de Sri. Las magníficas profecías de Nityananda no se habían realizado. Él, que había declarado solemnemente que nadie moriría en este peregrinaje, se había equivocado, se había engañado a sí mismo y a los demás. Sri continuó recibiendo noticias desastrosas. Los mercaderes que habían entregado los quinqués de petróleo, sombrillas, impermeables y víveres al comité para los peregrinajes, no habían cobrado, y ellos echaban la responsabilidad sobre Nityananda. Éste se vio envuelto en serios juicios. La gente empezó a rumorear que se trataba de un aventurero que nunca había sido elegido legalmente sucesor de Sankaracharya, puesto que desconocía el sánscrito que era indispensable. No me corresponde a mí juzgarlo. Un recién llegado a la India tiene dificultad para evitar esto, y entre la multitud de ascetas que engañan a los otros y a sí mismos, es difícil encontrar el que realmente dedica su corazón a Dios. Los amigos de Dios no hacen alarde de ello. Es preciso la gracia de Dios para reconocerlos. Miré suspirando desde las alturas de Askot, hacia las selvas vírgenes de abajo, los campos y las montañas rodeadas de nubes en la comarca independiente del Nepal, que parecía hallarse debajo de mis pies, al otro lado del reluciente río Kali. Era un panorama maravilloso y sonriente. Me disgustaba no poder continuar caminando más al norte, pues desde que estaba en la compañía de Sri, el Tíbet, la tierra prohibida, no quedaría cerrada para mí como para todos los europeos. Sri había recibido una invitación del virrey del Tíbet occidental. Se rumoreaba que durante varias semanas, 25 caballos habían estado preparados para recibirnos en la frontera.

- Espere hasta que llegue su hora. Entonces Siva lo llamará - dijo Sri.

Camino de regreso, nos quedamos dos días en Askot. Durante estos dos días el hermano más joven del Raja estuvo con nosotros en nuestro bungalow. Los miembros de esta noble familia, cuyos antepasados habían gobernado el poderoso reino de Kumaon, extendiéndose de Sikkim a Kabul, ahora vivían como nobles campesinos o terratenientes en un pueblo de Askot. Ellos también son descendientes de la dinastía del sol, y pueden remontar su origen a muchos miles de años. Hasta hace 100 años, todos los de la familia real llevaban el noble título “deva” (dios). Cuando los ingleses tomaron su ciudad principal, Almora, en 1815, y tuvieron que retirarse a Askot, depusieron aquel nombre. Eché una mirada más al serpenteante río Kali, y me puse a correr tras los otros en medio del bosque. El regreso a Almora me llenaba de una extraña alegría. De nuevo cuatro veces montañas arriba y montañas abajo, adentrándonos en los valles de calor tropical, y luego otra vez hacia arriba, hacia el plan, trepando por senderos empinados. “No es tan importante ir al Kailasa físico. ¡El verdadero monte Kailasa que reside en nuestra alma, éste es el que debe uno procurar alcanzar!” Algo parecido a esto me había escrito Sri al principio de nuestra amistad, en las instrucciones que me enviaba. La montaña de Siva parecía aproximarse más y más, aunque aparentemente yo le volvía la espalda. Por la noche soñé con el monte. Su cumbre helada y sus resplandecientes laderas se hallaban dentro de mi alma, mientras solo conmigo mismo en mi camino hacia casa, yo cruzaba una vez más el Himalaya. En cada asilo que pasábamos la noche en nuestro viaje de regreso, Sri me comunicaba sus enseñanzas. Empezó en el albergue Tal, que está situado en una hondonada de murmurante floresta, el punto más bajo de todo el viaje. Pero la luz de las cumbres nevadas del Himalaya llegaba hasta aquella hondonada.

Sri dijo: “Hoy es el aniversario del día en que Krishna descendió a la Tierra. Debemos celebrarlo leyendo todos juntos el Bhagavad-gita”. - Vamana Das, ¿ha traído usted el Gita?
- No, no he traído el Gita. El libro se ha quedado en Almora.
- ¿Qué libro tiene usted, entonces?
-Sólo el Vivekachudamani (la joya heráldica del discernimiento), por Sankaracharya.

Pasó que uno de los días que Dios escogió para nacer en la Tierra, yo estaba sentado en el fondo de la hondonada y leía el magnífico libro de Sankaracharya, que es ateo en extremo, pues afirma que el mundo y el Dios personal son una ilusión: No existe ningún mundo, no existe ningún Dios; sólo el omniconsciente, el Brahman sin forma.

Durante el continuado viaje, mientras yo corría hacia arriba o hacia abajo de las colinas, meditaba incesantemente en una palabra del Upanisad, la que Sankaracharya había constituido en piedra fundamental de su concepción: “aham brahmasmi”, yo soy Brahman. Tras esta poderosa y atrevida palabra, a veces las montañas, los bosques y los ríos desaparecían, y hasta la cresta nevada de la montaña. Pero secretamente, todo el tiempo yo me sentía avergonzado; deseaba de veras el volumen del Bhagavad-gita que había dejado dentro de un baúl en la pequeña casa blanca de Sri, cerca de Almora. No me preocupaba ningún verso en particular que escapase a mi memoria. No, era el libro lo que yo quería, porque este libro contenía las palabras que Dios, el mismo Krishna, había una vez dirigido con Sus propios labios a Su discípulo y amigo, Arjuna.

Cuando volví a Almora, los barrenderos levantaban nubes de polvo con sus inmensas escobas, de tal manera que tanto la nariz como la boca quedaban atascadas; yo pensé con regocijo: ¡Eso también le pertenece a Él! ¡Es el polvo de Krishna lo que los barrenderos están levantando!

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