Diario de los Himalayas
Cantando himnos a Siva. El tamil del sur de la india. Historia acerca de Gandhi. “aum”, la sílaba mística. Dieta sencilla. Preparativos para la partida. Ataque de disentería. Sri regresa.
Esta es mi primera noche en la casa de los peregrinos. Desde las ocho hasta las nueve me siento en el suelo de piedra con los otros peregrinos sobre mi pequeña estera. La única luz es un pequeño quinqué de petróleo. Los swamis se sientan uno al lado del otro a lo largo de las paredes. Sólo uno, un hombre de ojos obscuros y fanáticos, se ha sentado en el centro del salón. Los otros lo sacuden y lo empujan con el fin de quitarlo de allí. Él no se da por enterado. Se halla sumergido en profundo trance. A veces parece que dirige su penetrante mirada hacia mí, con aquellos ojos desencajados de glóbulos fijos, pero en realidad está bien ajeno de lo que pasa en torno a él.
Durante más de una hora cantamos himnos a Siva, el divino destructor, que destruye las cosas terrenales y libera el espíritu. Uno tras otro, los peregrinos forman en las nuevas filas llenos de felicidad. Una ola bate contra la playa. Luego otra... Centenares de ellas.
No es una oración obligatoria. Es una canción cantada con alegría, consciente de poder, jubilosa. Así como un atleta en tierras occidentales disfruta con el ejercicio de sus músculos y prueba la fuerza de su cuerpo, así ellos prueban la fuerza de su alma. Al empezar, apenas hubo alguna tímida conversación entre el magro y casi lampiño tamil de la India del Sur, quien me había buscado. Había sido dependiente en una librería de Madrás. Cuando le pregunto si tiene padres o parientes, queda penosamente impresionado. No parece que esté enterado si viven o no. Puesto que un swami debe abandonar su hogar, sus padres, todo lo que sea un vínculo para él, así como debe olvidar su propio cuerpo, él decidió mudarse del sur de la India al norte. Había vivido cinco años en Rishikes, otro valle del Himalaya, como discípulo de su guru. Ahora quiere ir al Kailasa. Es joven; no tendrá más de veinticinco años, y es tal vez un poco fanático.
Me desperté a las cinco y media de la mañana. Llovía suavemente. Las nubes colgaban densas sobre los precipicios de los Himalayas. Hice mi cama, es decir, colgué la manta que había echado en el suelo, así como la que me había puesto encima en el corredor de los pilares. No hubo chinches, de otro modo se habrían presentado a millares. Los chinches y la guerra tienen algo de común en las trincheras: no atacan más que a los recién llegados. El pequeño tamil me había enseñado a no acostarme demasiado cerca de la pared. La sola idea de matar un chinche le horrorizaba, y estaba convencido de que si lo hiciera renacería en la próxima vida en la forma de uno de estos asquerosos insectos. Cuando pregunté a Sri acerca de ello, me enteré que tenía una opinión muy diferente sobre este asunto. Si yo los echaba, ellos volverían y molestarían a los otros swamis. Los chinches tienen una existencia miserable. Pero Rana me explicó que era mejor que los chinches me despertaran durante la noche. Así me recordaban que yo realmente debía estar meditando. El joven tamil me cuenta una historia digna de repetirse acerca de Mahatma Gandhi. Gandhi había abierto un ashram (un retiro) de su propiedad, y el pueblo lo buscaba para que él les enseñara yoga. Pero en lugar de las exaltadas prácticas de yoga que ellos esperaban, recibieron instrucciones para empezar a limpiar las letrinas. Cuando rehusaban, o si alguno enfermaba, él mismo ejecutaba el trabajo. Porque yoga es servicio. El guru del tamil una vez le dijo: “Aunque uno llegue a ser un yogui renombrado, debe estar constantemente preparado, aún en medio de sus discípulos y seguidores, a cargar un baúl en su cabeza y llevarlo hasta la estación sin manifestar ninguna humillación. Si uno no puede hacer esto, no es un verdadero yogui”. El joven swami Nishabodth vive según estas enseñanzas. A menudo pienso que este individuo feo y delgado, que alegremente me ayuda y me sirve, es como un ángel de luz, y eso lo ha logrado por medio del yoga. Me siento en mi habitación embargado de la profunda paz que sigue a la meditación. Desde allí veo hacia abajo los quietos y soleados terraplenes del otro lado del valle, donde yace el pueblecito de Kalamati. Luego echo a andar a la clara luz de la mañana, descendiendo un poco hacia el valle. En la distancia diviso los marcados contornos de una puntiaguda cúpula, que termina en un falo de piedra vertical, símbolo del poder cósmico creativo. Al acercarme más, veo que es un viejo templo de Siva. A la entrada se ve un gigantesco árbol, que hace poco fue rajado y carbonizado por un rayo. Encima y debajo del templo hay inmensos estanques de piedra llenos de agua. En uno de los de arriba hay dos hombres desnudos que acaban de enjabonarse y empiezan a enjuagarse. Yo me quito los zapatos y los calcetines y me lavo los pies y las manos. Uno de los hombres, amablemente, retira su bacía de cobre del chorro de agua con el fin de que yo pueda aproximarme más y lavarme. Me dirijo descalzo hacia el umbral del templo que está ennegrecido por los años, con el techo a punto de hundirse. Me inclino profunda y reverentemente hacia el suelo. Los hombres de las mantas anaranjadas aprueban mi actitud, asintiendo con la cabeza. Ahora sé dónde van todos los días cuando dejan la casa de peregrinaje con sus bacías de cobre y bronce, aunque una excelente fuente vierte sus aguas muy cerca del abrigo. Buscan el agua del antiguo templo de Siva, y se bañan allí. Siva, el destructor, es el dios de los yoguis, el dios de la muerte y de la resurrección. Un fino chorro de agua cae sobre su cabeza donde está sentado, absorto en la más profunda meditación.
Me han dicho que el que elige al divino salvador Rama como su Dios, y desea adorarlo, primero tiene que prestar servicio a Siva durante tres o seis meses... Rama, Narayana, Brahma, Vishnu, Vamana..., todos éstos no son más que diferentes aspectos del único Dios todopoderoso, Krishna. En el grande estanque cuadrado situado en la parte baja del templo no hay más que verde limón; sólo de un lugar sale agua limpia y clara. Un hombre está allí bebiendo agua en un bote. Me hace señas para que me siente. Delante del estanque se ven naves de pilares caídos. Pequeñas cabañas cuadradas, con un falo de piedra en lo alto son comunes en aquellos alrededores. En uno de los pasillos veo una estera. El templo también sirve de albergue nocturno.
Alrededor del templo las sombrías vertientes montañosas se extendían majestuosamente, formando una amplia cuenca redonda. Como en un prado en lo alto de los Alpes, me senté sobre la hierba. Cuando volví la cabeza, vi allí abajo las vertientes cubiertas de hierba surcadas de senderos por donde pasaban las cabras. Más abajo, en las profundidades, aquello era todo un mundo forestal.
Nubes grises giraban sobre las montañas por el lado del oeste. En los apeaderos, frente al templo, un animal demonio, tallado en piedra negra, está orando en medio de caballos y vacas que pastan. Arriba, en el techo en forma de pirámide, cubierto de musgo, un animal demonio semejante está sujeto por un soporte parecido a un balcón.
Una amplia carretera llena de curvas, que no había visto antes, sube por las empinadas laderas desde el templo hasta el refugio de los peregrinos. El cambio gradual del terreno durante centenares de años, ha dislocado violentamente tanto los pequeños guijarros estratificados como los planos bloques de piedra que forma la carretera. A menudo es necesario saltar de un bloque de piedra a otro. La luz del mediodía se ha tornado blanca y ofuscante.
“Aum”, dicen los peregrinos cuando me encuentran en el camino del templo del agua donde van a tomar sus baños. “Aum”, repite el magro joven tamil, como saludo matinal, cuando entra en mi cuarto para despertarme, trayéndome un vaso de metal lleno de té negro.
De la palabra aum, se dice, todos los idiomas y todos los libros de Veda tienen su origen. Los vedas son hojas de un árbol que tiene sus raíces en el cielo y crece hacia abajo. Ahora la estación de las lluvias ha empezado de veras. Truenos y relámpagos descienden del cielo. A cada momento pienso que alguno de los rayos ha caído en el edificio del asilo. Pero media hora después reina la paz, la lluvia ha cesado, y la tierra sedienta se ha tragado todas aquellas masas de agua. La promesa de silencio que me impuso Sri Maharaja antes de su partida, me ha proporcionado gran felicidad. Durante toda la mañana no debo pronunciar ni una sola palabra. Si necesito algo, tengo que informar a los peregrinos por escrito. Existe una poderosa fuerza en conservar realmente el silencio en nuestro yo interior. El silencio del alma, no sólo el de la lengua.
El delgado swami Nishabodh y yo formábamos una extraña pareja. Su idioma nativo es el tamil, el mío, el alemán. Casi todas las tardes salíamos a dar largos paseos por los bosques y hablábamos en inglés, idioma que ambos dominamos bastante mal. En la plaza del mercado y en las ferias él ha podido aprender algo el indostano, y ahora trata alegremente de compartir conmigo lo poco que ha aprendido. Por las noches estudia incansable en una gramática indostánica que encontró entre mis enseres; luego viene triunfalmente con las nuevas reglas que acaba de aprender. Nishabodh está muy sorprendido de que yo no fume ni beba, y que me sea tan fácil dejar de comer carne. Pero la comida del asilo es tan sencilla y tan llena de especias que los alimentos le queman a uno la lengua. Arroz, legumbres y pan indio, que es tan delgado como una hoja de papel, a las once de la mañana. Un pequeño tazón de legumbres con pan, a las diez de la noche. En la mayoría de los asilos indios sólo se sirve una comida al día. Por la noche, los peregrinos se sientan en largas filas fuera del edificio en espera de su alimento, mientras alrededor de ellos las flores despiden su fragante aroma. Gentes de todas partes de la enorme India, y de todas las castas y religiones, se han reunido aquí. Todos ellos han abandonado por completo su pasado, han cedido todo lo que poseían, con el fin de tornarse sadhus. Pero no todos han logrado olvidar completamente castas y distinciones, aunque éste sea un requisito indispensable. Desde mi habitación, hasta altas horas de la noche, se oyen a menudo violentas discusiones. Se preocupan mucho de la cuestión de la comida. También Nishabodh habla a veces de ello durante horas enteras.
Nuevos peregrinos se unen a nosotros todos los días y llenan todos los rincones del abrigo. Aproximadamente cien viven en el albergue, muchos otros están alojados en varios edificios de la ciudad. Llegan hasta por la noche y golpean los cristales de las puertas pidiendo que los dejen entrar. Es que rápidamente se ha difundido por toda la India la noticia de que el Comité sufraga completamente todos los gastos, equipos, alojamiento y comida durante el largo peregrinaje. Muchos de ellos son verdaderos buscadores de la verdad, otros sólo usan el manto de color anaranjado de los monjes. Se dividen en grupos. Tanto en la planta baja como en el primer piso se celebran ejercicios divinos. De todas partes, por las tardes llegan hasta mí los himnos a Siva. Por fuera de mi ventana oigo cómo en el pasillo de las columnas la gente se entretiene casi toda la noche en empaquetar sus cosas, sacan trastos de los equipajes. Los peones indios se acurrucan en el suelo y esperan. La empresa que se prepara es verdaderamente enorme.
La estación de ferrocarril más próxima está a 120 kilómetros de Almora. El recorrido del peregrinaje es de unas 600 millas, y hay pasos que están a una altura de 6 000 metros. No existe lo que se dice una carretera. Los quinqués de petróleo, los sacos de arroz, todo tienen que ser llevado a las espaldas de alguien. Parece que hay falta de dinero, porque han llegado más peregrinos de los que se esperaban. Swami Nityananda, que asume toda la responsabilidad, ha ido a Delhi y a Karachi, con su piel de tigre a la espalda, con el fin de lograr donativos de los ricos mercaderes. Pero la India también siente la crisis económica. Nityananda vuelve, enfermo y molesto, sin haber logrado cumplir su misión. Por primera vez en los 65 años de su vida, tiene fiebre. Pero su lema es: “Yo no cederé”. Mañana a pesar de su enfermedad, irá a Bombay, en una excursión que durará dos días largos con el fin de colectar dinero para el peregrinaje.
En el asilo de los peregrinos vivimos como si fuéramos una gran familia, una familia que es a menudo molesta y llena de disensiones, pues nuevos trotamundos llegan diariamente y se alojan con nosotros. Vivimos hacinados. El espacioso ático, al que se sube por una escalera de mano, estaba ya lleno de peregrinos que se dirigen a Manasarovar y al monte Kailasa. Uno de ellos, un robusto anciano con una barba blanca, me ha recogido bajo su alero. Había sido ingeniero industrial y vivió mucho tiempo en Europa. Me dijo que en su juventud construyó millares de motores Diesel en Estocolmo. Ahora no poseía nada más que un libro: un comentario del Bhagavad-gita por Sankaracharya. Cuando vio que yo estaba interesado por el libro, me lo quiso dar enseguida. Tuve mis dificultades para impedirle que me lo diera. Luego, cuando se me agujereó una de mis sandalias, él y el joven tamil me acompañaron protectoramente a Almora, con el fin de que no me engañaran por mi inexperiencia. El zapatero pidió dos annas por la reparación. Pero mis dos protectores volvieron desdeñosamente la espalda a este codicioso individuo, y me apartaron de allí, mientras discutían acaloradamente. Era demasiado caro; otro zapatero pidió sólo una anna, y eso también era demasiado caro. Anduvimos de un lado para otro por las calles, por barrios cada vez más pobres. Por fin, uno de los muchos zapateros remendones, estacionado en una puerta, compuso el agujero de mi sandalia por media anna, mientras yo esperaba descalzo a su lado. Mis compañeros estaban muy satisfechos; tan felices como si hubiesen ganado una gran batalla. A nuestro regreso nos sentamos entre los arbustos floridos al lado de las colinas, cerca del refugio de los peregrinos. He enfermado de disentería. El agua de Almora tiene mala reputación. El pequeño tamil trata de curarme con una medicina que él posee. Tengo también los ojos inflamados; algún ácido muy fuerte los habrá contaminado. Durante tres días he estado casi ciego. Hoy estoy algo mejor. Fuera, la lluvia cae incesantemente. ¿Cuándo volverá Sri?
Ya está Sri aquí otra vez. Ha vuelto unos días antes de lo que pensaba, porque se dio cuenta que yo lo necesitaba. Aún paso las noches en el atestado refugio de los peregrinos, pero durante todo el día estoy junto a Sri en la casita de la floresta, que él llama Ananda kutir: la cabaña de la bienaventuranza. Un brahmana de Almora tuvo la buena inspiración de poner esta casa a la disposición de Sri mientras viviera. Se me curaron los ojos. Sri me dijo con toda seriedad que hubo un tiempo en que los buscadores de la verdad solían echarse unas gotas de un fuerte ácido en los ojos para ver si podían mantener su equilibrio y compostura a pesar del dolor. La disentería también ha desaparecido. Tomo mis alimentos con Sri, y comparto la ligera comida que su criado Govinda Singh prepara para él con mucha devoción. Otra vez realizo mis diarias meditaciones en presencia de Sri, en el cuarto que parece estar iluminado por una luz divina. Cuando abro mis ojos miro fijamente su semblante.
No está aún decidido si debemos emprender este año el viaje por los pasos de las altas montañas que conducen al lago Manasarovar y al monte Kailasa en el Tíbet, o si esta vez sólo será una corta expedición con el fin de explorar el camino.
Sri me ha pedido que después vaya a su casa, en la ciudad de Nasik, y viva allí como su discípulo, como su hijo.
