Swami Nityananda
Almora, la ciudad montañosa. Una carta de admonición de Sri. El Swami Nityananda. Sus ambiciones modernas. La vida en el refugio de los peregrinos.
La ciudad de Almora está situada en lo alto de la estrecha cumbre de una montaña. A ambos lados se divisa un magnífico panorama, monte abajo o sobre los grisáceos terraplenes, y a lo lejos hacia el muro de montañas en el horizonte. Pero las verdaderas montañas gigantes están siempre ocultas. Almora fue durante largo tiempo la capital del reino independiente de Kumaon. Hace poco más de cien años los ingleses tomaron la ciudad por asalto. Ahora el palacio de justicia está instalado en el antiguo castillo real, en lo alto de un peñasco. La ciudad está repleta de jurisconsultos.
El hotel de Almora tenía un bonito nombre, precios elevados y chinches. Cuando, como viajero recién llegado y no experimentado que yo era, me quejé de los chinches, muy atentamente me trajeron más esteras que pusieron en el suelo. Pero Rana vino en mi socorro, y en repuesta a su solicitud cortés y militar, todos estos nidos de chinches fueron aireados al sol durante todo un día. Después de esto la situación mejoró un tanto. Frente a la hilera de nuestras habitaciones había un terraplén con una hermosa vista sobre la rocosa vertiente. Cuando el cielo estaba despejado, podían verse hacia el norte las más altas cimas de los Himalayas del otro lado de los valles. Mi habitación, por cierto, miraba en aquella dirección, pero precisamente en el exterior habían situado el lugar dedicado a las diarias necesidades de los seres humanos. ¡Maldito sistema! En vez de amar a la humanidad, empezaba a odiar parte de ella. En lugar de alegrarme a la vista de la pintoresca multitud de gentes que llenaba la plaza frente al hotel, yo me afligía a causa del ruido y de los malos olores que penetraban en la casa día y noche. Era una prueba que soportaba con mucha dificultad al principio. Con gran sorpresa mía, Sri Maharaja hasta en esta casa era feliz y conservaba su buena disposición. Se diría que él no se daba cuenta del típico conjunto musical de la región, que día tras día tocaba frente a la entrada del hotel con un infernal ruido de trompetas anunciando algún cine o alguna marca de medicina europea. Parecía que Sri no observaba nada de todo esto, pero si alguna vez algún mal pensamiento asaltaba mi espíritu, él lo descubría inmediatamente. Silenciosamente me miraba y todo lo más, hacía un movimiento reprensivo con la cabeza. Y eso era peor que un castigo. Pese al ambiente exterior, su habitación se había tornado después de pocas horas en un santuario tranquilo y luminoso. En Almora también constituía una dicha inefable meditar en su presencia.
Así, diligentemente, daba los primeros pasos hacia una completa aclimatación india, porque en Nainital, por deseo de Sri, aún había vivido a la moda europea en la pensión del parsi. El único cambio era que yo había dejado de comer carne. Pero esto fue mucho tiempo antes de que me acostumbrara a los diferentes alimentos indios que el cocinero de Sri nos preparaba en el hotel de Almora.
Una tarde el secretario de Sri me dio una carta. El yerno de Sri, que me visitaba, se rió. Le pregunté de qué se reía.
- Sri me envía cartas parecidas también - me contestó -, siempre que está descontento conmigo.
La misiva contenía un consejo sencillo y afectuoso sobre mi modo de vivir. Decía poco más o menos:
“Regule sus comidas cuidadosamente. No coma arroz más que una vez al día. Coma muy poco por las noches. Aprenda a ser paciente y a no irritarse. Venza el temor y el nerviosismo. Piense en la fortaleza y usted se tornará fuerte. Aprenda a vivir con sencillez y aseo. No es de tanta importancia venir al lago Manasarovar y al monte Kailasa. El verdadero Kailasa yace dentro de usted mismo. Este es su objetivo”. Estas advertencias me fueron muy útiles. Lo más difícil de todo era penetrar el sentido de las palabras acerca del lago Manasarovar y el monte Kailasa. Rana también me había advertido muchas veces, con palabras o con mudos reproches: “Su guru está aquí, el verdadero maestro espiritual. Los tesoros espirituales que usted busca, están aquí. Es insensato dejarlo y echarse a correr hacia arriba a las Montañas. Tenga paciencia.
Sri, Rana y yo estábamos sentados en profunda meditación, sobre la alfombra que cubría el suelo. Yo acababa de pasar por una hora difícil. Había logrado convencerme a mí mismo de contenerme este año de hacer el largo peregrinaje al Kailasa y al oculto reino del lago Manasarovar. Al fin me di cuenta que Sri tenía razón, que físicamente yo no me encontraba en condiciones de hacer la difícil excursión, y sobre todo, aún no estaba espiritualmente preparado. Tenía mucho que aprender todavía.
En aquel momento entró un extraño en la habitación. Iba casi desnudo, con el pelo muy largo y grisáceo, espolvoreado de cenizas y recogido en un nudo en lo alto de la cabeza. Su cuerpo brillante era tan recto y musculoso como el de un joven, aunque luego me enteré que tenía sesenta y cinco años. Su indumentaria estaba constituida por un estrecho taparrabos de color anaranjado. De su espalda colgaba una piel de tigre, y llevaba en la mano un cetro de madera. Después de saludar a Sri y a Rana, me abrazó.
- Sin duda usted viene al Kailasa. Le prometo que este año usted irá allí y al lago Manasarovar. ¡Usted vendrá conmigo!
Estas fueron las palabras que pronunció aquel hombre, y mi asombro no tuvo límites. Era el swami Nityananda Saraswati, presidente del comité de ayuda a los antiguos peregrinajes al monte Kailasa y al lago Manasarovar. Me dijo que había sido recientemente elegido director espiritual de más de cien millones de hindúes. En el último festival de Kumbha mela en Hardvar, en el Himalaya, donde se reúnen más de un millón de peregrinos, él había sido considerado digno sucesor del gobernador de la India del norte, y ascendió al trono con todas las manifestaciones de honor. Este reino espiritual y religioso había carecido de director durante 200 años, porque nadie había sido juzgado digno del trono. Ahora, después de tanto tiempo, él era el primero a quien se daba otra vez este poder, -afirmó-. Y en contestación a mis preguntas me relató lo siguiente:
El restaurador del hinduismo durante la Edad Media, Sri Adi Sankaracharya, fundó cuatro centros religiosos en el norte, sur, este y oeste de la India, con el fin de fortalecer la religión y la justicia social para todos los hindúes. El dirigente de cada uno de estos cuatro centros tenía poder espiritual y jurisdicción sobre la cuarta parte del inmenso reino de la India. Jyotrimath, situado en los Himalayas, tenía las mismas atribuciones religiosas que el centro del norte. Esta plaza tiene una especie de jurisdicción espiritual sobre cierto número de provincias indias, y así mismo sobre Cachemira, Nepal, la ciudad de Kabul en el Afganistán y, además, el monte Kailasa y lago Manasarovar. En un documento oficial escrito en sánscrito, que él me mostró, estos honores y derechos habían sido concedidos a Swami Nityananda:
“El gran santo de los santos, que gobierna todas las esferas de la vida espiritual, que es un gran yogui muy dentro del paso, con el poder de interpretar, explicar y efectuar la iniciación, que conoce todos los textos religiosos, a quien se le ha dado el poder de castigar las cuatro castas de Veda: los brahmanas, los katryas, vaisyas y sudras, que tiene superintendencia sobre todos los ascetas, que tiene ilimitado poder para aplicar las reglas y leyes en las vidas religiosas y sociales de todos los discípulos, y cuya superintendencia y reconocimiento son requeridos ante los gobernadores de todos los estados civiles en este territorio para que puedan ascender al trono, el que es el dirigente espiritual sobre centenares de millones de hindúes, por ello ha ascendido al trono en este reino del norte, con el fin de administrar allí justicia social y religiosa con poder ilimitado”.
Este hombre estaba deseoso de que precisamente este año emprendiese con él el peregrinaje al lago Manasarovar.
- Dentro de poco seré inaccesible - dijo -. Viajaré de un lado para otro llevado en un palanquín, constantemente rodeado de rígidos ceremoniales exigiendo silencio, y acompañado de antorchas y sirvientes.
Yo iba a emprender la excursión vestido con la manta de color anaranjado usada por los peregrinos. Nityananda expresó el deseo de que me mudase al refugio de los peregrinos, el cual visitamos inmediatamente.
- Le sentará bien vivir entre los ascetas. Esto purificará su alma - me dijo.
Él hubiera querido que me quedase allí desde aquel momento, pero Sri amablemente lo impidió.
Nityananda era un dictador. Venía del sur de la India y hablaba el inglés mucho mejor que el indostano. Sus facciones se parecían más a las de un ruso que a las de un indio. Noche y día, en verano y en invierno, vestía su taparrabos de color anaranjado, con la piel de tigre echada sobre su espalda, pero todo lo demás desnudo, aún cuando vagaba por la cima de las montañas. Con tal indumentaria, y con el negro cetro de madera en la mano, visitó al virrey inglés y a los ministros y maharajas que incluía entre sus amigos. Nityananda en cierta ocasión había vivido una vida muy diferente. Primeramente fue un joven y famoso abogado con una respetable clientela, luego gobernador de tres distritos indios combinados, tan grandes como un reino europeo. Era un hombre poderoso cuando se encontró con su guru, y súbitamente decidió renunciar a las cosas mundanas, cediéndolo todo: su esposa, sus hijos, renta, posición y poder, y se retiró a la cueva de una roca para vivir como un asceta. Me dijo que durante su soledad recibió un mandato de Dios para encargarse de las dificultades sin fin, relacionadas con el peregrinaje al lago Manasarovar y el monte Kailasa.
Mientras permanecimos sentados en el suelo alrededor de él y de Sri, Nityananda explicó su plan. Iba a introducir la electricidad e higiene en los claustros de los Lamas del Tíbet. Quería construir media docena de refugios para los peregrinos a lo largo del camino. Examinó y rechazó la posibilidad de que estos viajes se realizaran por aire: las mesetas del Tíbet eran suaves como la superficie de una mesa, desde luego, y excelentes para el aterrizaje, pero las tormentas y las sierras interminables de montañas eran dificultades demasiado grandes. Yo casi me estremecí cuando él exclamó enfáticamente:
- ¡Nadie morirá en este peregrinaje! - Y añadió -: Yo no cederé nunca.
Ante el gran atractivo de la población de Almora, me dirigí aquella tarde en un coche con mi guru Sri Maharaja y Swami Nityananda al refugio de los peregrinos. Una estrecha y serpenteante carretera, subían la empinada cuesta adentrándose en la espesura del bosque. La última parte del camino estaba constituida por una larga escalera de piedra. Arriba en el terraplén había una media docena de peregrinos. Sus rostros, cuellos y brazos estaban pintados con ceniza. Nos saludaron cantando en coro, alegre y ceremoniosamente:
“Aum Aum Aum, Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare, Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare”
Con sorprendente potencia, el nombre de Dios y la palabra sagrada Aum hacían eco por las montañas y valles, a través de las florestas y en nuestros corazones a medida que subíamos los escalones. Con el sonido a la canción se elevaba, demorándose el tono trémulamente, hasta que con la u alcanzaba su mayor potencia, y con la m lentamente se desvanecía.
La canción, sus palabras y su melodía, el secreto que yo suponía tras ella, me fascinaba con irresistible intensidad.
Llegó la hora del crepúsculo. Mientras el pacífico Aum del coro llegaba hasta nosotros desde arriba, regresé con Sri otra vez a Almora a través de la densa obscuridad de la noche en la floresta. A la luz de un candelero empaqué mis enseres en el hotel. Al día siguiente, Sri mismo me condujo al refugio de los peregrinos. Este consistía en un grande bungalow, hermoso, pero en penosa decadencia, con pilares en todos los salones, el cual había sido remodelado como un ashram, o casa de peregrinos. Me concedieron un cuarto para mí solo. Tenía dos ventanas y una puerta de cristales. Sri me aconsejó que tirara todas las sillas, dejando una o dos solamente. Así lo hice. Ahora el mueblaje constaba principalmente de una mesa y una alfombra muy sucia en el suelo. Me enteré que Sri pensaba marcharse dentro de pocos días y que tal vez no volvería durante algunas semanas. Cuando mi maestro se despidió, y la brisa de la tarde murmuraba en la copa de los árboles alrededor de aquella extraña casa, me di perfecta cuenta de esto: por primera vez estaba completamente solo.
