Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Vamana

Cantando un “mantra”. La carretera de almora. Historia de Vamana, el poderoso zancudo. Calor y tormenta. Un cuadro de Krishna.

Dos días antes de que yo abandonase Nainital. En una excursión a Almora, logré cantar un mantra a satisfacción de Sri.

- Ya no es usted Walter - exclamó -, sino Vamana Das. De ahora en adelante su nombre será Vamana Das, el sirviente de Vamana.
- ¿Quién es Vamana? - pregunté -. ¿Cuándo vivió?
- Hace muchos miles de años - dijo Sri, y me miró bondadosamente -. Vamana era pequeño en su forma exterior, pero conquistó los tres mundos.

Durante los años siguientes que permanecí en la India me familiaricé con la historia de Vamana, el cuento de “Sus tres poderosos pasos” y otros numerosos cuentos acerca de los hechos de Dios. No era sólo Sri Maharaja quien me los contaba, sino también Rana, su alumno más adelantado, y Joshi el dependiente indio, y los sencillos peones indios, que nunca habían aprendido a leer ni a escribir. Porque estas historias aún viven en el corazón de los hindúes. Sin embargo, cada narrador alteraba un tanto la historia. Así como los diferentes estratos de las profundidades del océano, las historias podían a veces cambiarse completamente, asumiendo de repente nuevo esplendor y vida. Otra vez se alteraban, logrando más fondo y tornándose más transparentes, **cuando más tarde las leí una y mil veces en el texto original. Era como si se crecieran y descendieran más cerca de su fuente. Pero esta fuente era insondable, porque la fuente era Dios, Al que mis amigos llamaban Krishna, de Cuya plenitud, los divinos salvadores, los avataras, descendieron a la tierra. Vamana era uno de los grandes salvadores, uno de los avataras de Dios.

Vamana Das, el sirviente de Vamana, era como me llamaban ahora Sri y Rana, y todos los hindúes con que me encontraba.

Viajé en autobús desde Nainital a Almora, adentrándome en el Himalaya. Me senté al lado del chofer en el enorme y casi deshecho “Chevrolet”. La palabra sagrada “Aum” estaba pintada en la plancha de metal encima del volante. El regreso de aquellas alturas entre las muchas curvas sinuosas de la carretera, fue pacífico. Pitas, profundas hendiduras, campos quemados...

El autobús se paró de repente. Enfrente de nosotros, bajo los centelleantes rayos solares, dimos con largas columnas de coches que entorpecían el camino. Dos autobuses habían chocado. Un chofer estaba gravemente herido. La carrocería estaba destrozada. Nadie se acercaba; Eran las 9:45 A.M. Se rumoreaba que tendríamos que esperar hasta las dos de la tarde, hasta que viniera la policía e hiciera su informe. Me sorprendía de mí mismo por no impacientarme en lo más mínimo. Nuevos coches iban llegando en rápida sucesión. La hilera de coches en ambos extremos se alargaba más y más a lo largo de la serpenteante carretera. Se notaba gran actividad por los alrededores. Hombres, mujeres, niños, peregrinos de todas partes de la India se aglomeraban en los muros, a los lados de la carretera, en el polvo del suelo y sobre la pendiente de la montaña. Yo andaba de un lado para otro de la carretera con Joshi, un joven oficinista que Sri había enviado para que me hiciera compañía. Mientras esperábamos a la policía, él me contó la historia de Vamana. En tiempos remotos, Dios había bajado a la tierra en la forma del joven brahmana, Vamana. En aquellos tiempos el poderoso rey demonio, Bali, gobernaba los tres mundos; es decir, la Tierra, los Infiernos y el Cielo. Tímidamente el pequeño Vamana llegó donde el poderoso Bali y le pidió que le concediera un deseo. El poderoso rey aceptó el pedido por adelantado, aunque el sacerdote superior de los demonios, el guru de Bali, le advirtió. El muchacho le pidió una extensión de tierra como la que podría cubrir en tres pasos. Vamana dio el primer paso. Sorprendido y asustado, el arrogante rey y todos los que le rodeaban vieron que el niño crecía a medida que daba el paso, y creció hasta alcanzar las nubes. No quedaba ni un palmo de tierra, ni un grano de arena en el inconmensurable reino de Bali, en toda la Tierra y en todos los planetas estrellados, que no estuviesen cubiertos por el pie del poderoso Zancudo. Vamana dio el segundo paso. Y ahora Bali, cuyos ojos se abrieron a la visión espiritual, vio que no sólo en el mundo visible, sino también en los mundos futuros y en el cielo, no había ningún rincón que no estuviese cubierto por el pie del poderoso Zancudo. Como el retemblar del trueno sonó la voz de Vamana desde las nubes:

- Bali, ¿dónde hay un poco de tierra que te pertenezca, donde yo pueda poner mi pie para el tercer paso?
- ¡Oh, pon tu pie sobre mi cabeza! - tartamudeó Bali temblando.

Aquel hombre ignorante no sabía que ni siquiera su cabeza le pertenecía, que ella también pertenecía a Dios. Vamana puso su pie sobre la cabeza de Bali. Y el roce del pie de Dios le arrebató no sólo el poder y su deseo de poder; también le libró de su maldad e ignorancia. Bali fue redimido. Con inefable amor, lavó con lágrimas los pies de Dios, fuente de todas las cosas. Una de esas lágrimas que tocaron los pies de Dios cayó en nuestro mundo y se tornó en el río Ganges, que recorre toda la India. Desde hace miles de años el demonio Bali ha sido glorificado en la India como uno de los queridos amigos de Dios. Esto me dijo Joshi. Los ríos y riachuelos de los profundos valles, vistos a través de la niebla del mediodía que envuelve las planicies de la India, súbitamente asumieron un nuevo esplendor. Todos eran tributarios del Ganges. La multitud que llenaba la carretera decidió hacer algo. Un centenar de ellos tuvo la buena idea de excavar la grava de la pendiente de un lado de la carretera, la que mediante esta operación se ensanchó gradualmente. Un pequeño coche pudo pasar y la multitud lo aclamó triunfalmente. Todos corrieron a sus coches, y mientras unas decenas de personas continuaban cavando y quitando tierra, hasta los más voluminosos autobuses pudieron pasar. Nosotros nos dirigimos más al Norte, montañas arriba, sin esperar a la policía.

La brisa acariciaba mi encendido rostro, y con alegría sentí el fresco que venía de la floresta. Habíamos salido de un estrecho y boscoso valle para subir a una altura descubierta. Maravillado miraba a mí alrededor. En los terraplenes, en los impetuosos torrentes, en bosquecillos de encinas plateadas y árboles de flores rojas y violetas, el terreno se inclinaba hacia un río. El arroz y el trigo crecían allí en aquellas profundidades, hasta sobre las piedras del lecho del río. Abajo en la orilla, bajo un elevado peñasco, se veía una cabaña donde un mahatma había permanecido durante toda su vida. El autobús se paró un minuto haciendo rechinar los frenos. El chofer se apeó con el fin de coger rápidamente un par de ramas floridas de un arbusto que se consideraba sagrado. Seguimos viajando en una compacta columna. En un lugar donde el río se ensanchaba vimos búfalos en el agua. Gigantescos árboles, tales como yo no había visto nunca, inclinaban sus copas sobre los techos de las cabañas. Algunos peregrinos venían hacia nosotros, muchos de ellos medio desnudos; regresaban de la fuente del Ganges. Un peregrino vestido con una manta de color anaranjado nos saludó con un gesto de la mano. Le devolví el saludo de la misma forma. Yo era uno de ellos, en peregrinaje. Me hacía muy feliz el que esta tierra me hubiese recibido con los brazos abiertos. Durante el período de las lluvias todos estos torrentes casi secos se llenan de agua, me explicaba mi compañero. Todos los chamuscados terraplenes reverdecen. Poco después el aire se estremeció por un fortísimo trueno. El sol desapareció. El agua empezó a caer de los cielos en torrentes. Rápidamente tratamos de desenrollar la lona azotada por el viento y la atamos a ambos lados. Esto no fue bastante. La lluvia torrencial penetraba por todos los lados. Completamente empapados nos sentamos allí acurrucados, mientras el trueno retumbaba en la selva.
- La estación de las lluvias ha empezado - murmuraban los pasajeros -. Ha llegado demasiado temprano.

El pesado autobús, que no podía ser bien dominado, avanzaba resbalando penosamente sobre la carretera que súbitamente quedó inundada por los torrentes de las montañas, avanzando a través del agua, y a través del bosque envuelto en una espesa niebla. El secretario privado de Sri, que se había adelantado en el viaje con el fin de buscar alojamiento en Almora, oprimía contra su pecho, protectoramente, un cuadro. Era un retrato de Krishna. Krishna se presentaba como un niño sonriente envuelto en la antigua palabra sagrada Aum. Numerosos mundos innatos suponen las curvas de la palabra Aum, pues según la fe de los hindúes, toda creación tiene origen en esta divina palabra y es mantenida por ella. Y cuando el mundo llegue a su final, todo volverá otra vez a esta palabra, en la cual Dios vive.

Insaciablemente aquella tierra seca bebía el agua vital de la inundación.

< Los cuatro grados de la meditación | La India Misteriosa | Swami Nityananda >

Page last modified on May 20, 2008, at 01:19 PM