Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Viaje a Oriente

Rumbo a la India. Pasajeros de muchas razas. Recuerdos de los días que precedieron a la guerra. La llamada silenciosa de la India - Bombay- en busca de Sri. Mensaje del Brahman.

El barco que me llevó a la India era un vapor corriente, pintado de blanco, de la “Lloyd Triestino Line”. En la actualidad reposa en el fondo del mar.

Durante este viaje no sentí la relajación que había experimentado antes, cuando respiraba el aire salobre del mar abierto. En todos los comedores y vestíbulos de a bordo aparecían escritas todos los días las últimas noticias radiadas. Cada tablón, cada barandilla de la cubierta y cada cuerpo humano vibraba incesantemente al ritmo del trepidante motor invisible, y al mismo tiempo cada corazón temblaba secretamente por el próximo destino que se acercaba. La gente se agolpaba ansiosamente ante las noticias escritas que hablaban de cambios en las leyes referentes a los judíos en Alemania, de nuevos armamentos o nuevos discursos de los que se hallaban en el poder, que amenazaban con la guerra o sostenían esperanzas de paz.

Los fanfarrones italianos que iban al nuevo imperio de Abisinia pedían botellas de vino de Chianti en sus comidas. Hablaban gesticulando mucho, muy excitados, aunque confidencialmente. Cuando el barco dejó Massawa habían desaparecido todos. Se quedaron en África. ¿En qué pozos de tiradores entre la espesura de las desiertas montañas blanquearán sus huesos ahora? ¿En qué campo de concentración habrán sucumbido? ¿Cuántos de ellos habrán sobrevivido a la guerra y al tumulto que despertó la misma?

¿Qué habrá sido del callado músico judío de Hungría que deseaba escapar de los terrores que amenazaban su patria, y que se sentía seguro porque llevaba en su cartera un contrato por el que tenía que actuar en un club de Penang en la península de Malaya?

Acuden a mi memoria recuerdos de muchas personas de aquel gran barco, con las que comía diariamente, con las que me encontraba constantemente, o con las cuales hablaba o solamente observaba. Estaban divididas en cuatro clases bien diferentes según el pasaje que habían podido pagar. Amontonados en los centenares de pequeños rincones improvisados, cada uno de estos individuos tenía un destino problemático, y sólo las finas paredes de acero los separaban del fondo del mar, donde yace el barco ahora. Había allí un estudiante de Medicina, filipino, con su rubia esposa alemana. Hombres de negocios y oficiales ingleses que regresaban a sus puestos en la India o Burma. Indios, estudiantes y negociantes que volvían de América. Una cirujana que regresaba a su país nativo después de haber estado en Londres. Un conjunto de bailarines clásicos que durante dos años había estado haciendo una gira por Europa y América. En la frente de las mujeres parecía leerse un terrible secreto que se ocultaba dentro de su cerebro, pero al llegar la noche estas mujeres bailaban el swing y el tango. Incansablemente daban cuerda al viejo gramófono. Los hombres jugaban a las cartas casi todo el día en el sofocante salón de fumar.

Los misioneros se paseaban entre los indios. Iban a Oriente a convertir los pueblos al cristianismo. Estos sacerdotes católicos llevaban sotanas negras, y largas barbas grises. Uno de ellos, un francés que iba a China, se paseaba por la cubierta silenciosamente, de un lado para otro, durante toda la semana, dando largas zancadas y moviendo la sotana tras de sí. Cuando por fin empezó a hablar, pronunció discursos apasionados que durante mucho tiempo había reprimido. Dos monjas se mantenían separadas de los demás pasajeros. Eran hermanas de Bayern, en las cercanías de Passau. Iban a instruir los niños de Filipinas. Una de ellas era hermosa como un ángel, y la otra, arrugada y pequeña, vigilaba protectoramente a su compañera, como preocupada por su belleza.

¿Qué habrá sido de todos ellos? ¿Cuál habrá sido su destino?

Alrededor de nosotros, los colores cambiaban y el aspecto del mar se alteraba. Aquel mar azul que una vez había surcado Ulises, batía contra las playas de Egipto. Entrábamos ahora en un mar para mí desconocido. Entre las interminables dunas de un amarillento desierto de arena, había sido construido el cauce artificial de un río con sus orillas de cemento. El desierto de arena se precipitaba sobre la pendiente de cemento: el canal de Suez. Cautelosamente el barco se abrió camino por el estrecho paso del azul y resplandeciente elemento. Desde mi camarote, a través del ojo de buey que estaba siempre abierto, podía ver el inmenso desierto. Ahora el mar cambiaba su nombre. Sobre un desnudo y amarillento peñasco, un faro se levantaba en medio del mar Rojo. Otra vez la superficie sin fin del mar se extendía en todas direcciones. A veces podíamos distinguir montañas; montañas del Sudán, o montañas envueltas en las nieblas de la Etiopía, o las fantásticas montañas que forman la costa árabe. Después que los italianos abandonaron el barco en Massava, los indios empezaron a extenderse por la cubierta; acampaban allí día y noche, envueltos en sus transparentes ropas blancas o de color. Cuando los otros pasajeros sucumbían al calor opresivo y sofocante, ellos parecían despertar a la vida. Por la noche, parejas abrazadas se inclinaban en la barandilla sobre las rugientes olas.

Los ventiladores eléctricos funcionaban continuamente a toda velocidad. El aire entraba silbando en los camarotes por unas aberturas del blanco techo. En vano yo sacaba la cabeza fuera del ojo de buey respirando el aire caliente de la noche. No encontraba ningún alivio. Un poco debajo de mí rugían las aguas puestas en movimiento por la quilla del navío. La luz de las lámparas brillaba como llamas a través de las ventanas de los camarotes, arrojando sobre las revueltas aguas un brillo blanquecino. A distancia el mar era negro hasta el horizonte de la noche, donde negras nubes se reunían en el norte. Subí los vibradores escalones hasta el puente del capitán, y allí me eché en un asiento. El cielo de la noche con sus incontables estrellas estaba ante mí. La Vía Láctea, donde su amplio arco casi se echa sobre la superficie del agua, tenía un aspecto poco familiar. Allí permanecí casi toda la noche sobre la desértica cubierta, mientras el barco surcaba el mar a través del océano Indico, oyendo el ruido de las olas y mirando hacia arriba cómo se movía lentamente el cielo estrellado. Una vez más traté de recordar los confusos acontecimientos de los últimos días en mi domicilio de Viena. Recordé aquella noche en que las multitudes corrían atropelladamente por los puentes del Danubio y cómo levantaban sus crispados puños amenazantes hacia los negros muros de las casas, gritando todos: ¡Muerte al Judas! ¡Muerte al Judas! Yo permanecía allí entre mi esposa y mi madre, en una de las obscuras ventanas, mirando ansiosamente la multitud que gritaba. Nuestro hijo, el pobre pequeñuelo, afortunadamente ya se había dormido. En el centro de la habitación yacían mis maletas preparadas. Mi corazón estaba oprimido: en un momento tan inseguro tenía que dejar a mi esposa, a mi hijo y a mi madre. Y sin embargo, una voz dentro de mí parecía ordenarme: “¡Ve! ¡Ve! ¡Debes ir a la India! ¡Debes ir!”

Y ahora el océano Indico rugía en la proa del barco, abriéndose camino a través de las blancas y espumosas olas hacia Oriente. Permanecí allí mucho tiempo en el puente del capitán, respirando la cálida brisa y mirando las estrellas. Otra vez apareció ante mi destino, la montaña de la revelación divina, Kailas, y en su base, el claro lago Manasarovar, el lago del espíritu divino. Allí, dice la leyenda, atma, la eterna alma humana, se mece sobre las límpidas olas como un cisne, libre de temor, odio o deseo.

Los ventiladores eléctricos se habían parado, privándonos del poco alivio que nos proporcionaban. Las máquinas del barco también cesaron de trepidar. Ante las mesas del magnífico comedor de primera clase, estaban sentados los oficiales encargados de la revisión de pasaportes. Los pasajeros, en fila, pasaban ante ellos. - ¿Qué va usted a hacer en la India? - me preguntó un oficial de inmigración de piel tostada por el sol que vestía un uniforme blanco, resplandeciente de oro.
- Voy a estudiar religión y filosofía indias - respondí.

Los oficiales me miraron con desconfianza, y dudando, pusieron el sello en mi pasaporte. Mientras me empujaban hacia la salida, entre la multitud y el calor sofocante, pude permanecer un momento al lado de la mayor de las dos monjas. - Me imagino lo que debe sentir un refugiado - dijo quedamente -. Dios le ampare. ¿Era yo un refugiado? Me pregunté sorprendido. Yo me dirigía a Kailas, la montaña sagrada de la revelación, pensé. Pero la montaña de la revelación se había hundido bajo el horizonte. La aduana, enormes almacenes, grúas, me rodeaban por todas partes; y la misma actividad reinaba en la India como en todos los otros lugares del mundo. El coche abierto que me conducía al hotel pasó por una callejuela repleta de una multitud de gentes que gritaba de una forma ensordecedora. Miles de individuos proferían gritos agudos, todos al mismo tiempo. Por momentos parecía que el alarido se apaciguaba, pero recrudecía enseguida con nuevos bríos. El desespero y la alegría se sucedían entre ellos como los rompientes del mar. - ¿Se lamentan de alguien que ha muerto?- pregunté al chofer con toda simplicidad.
- No, ésta es la calle del cambio de oro - me explicó.

Gritos salvajes de angustia o placer acompañaban cada oscilación del cambio en la plata y en el oro. La India no era una tierra de hadas. La India era un país lleno de egoísmo en la salvaje lucha por el pan, por el dinero y por el oro. Cansado y agotado pasé a lo largo de una de las alamedas de Bombay. Venía un poco de brisa del mar. Mi vista no podía apartarse de la hermosa gran ciudad, la puerta del oriente. Mis pensamientos volvían constantemente hacia mi mujer, mi hijo y mi madre. ¿Me esperaría en Bombay alguna carta aérea de casa? Tan pronto como me bañé y me estiré un rato sobre la dura cama de turista en la desamueblada habitación de la hospedería, me apresuré a ir, a pesar del calor del mediodía, al departamento de viajeros de la compañía “American Express”, donde había dejado mi dirección. Nada, ni una noticia de casa. Estaba muy sorprendido. La única carta que había allí para mí llevaba un sello de la India. ¿Quién podría escribirme de la India? Indiferentemente rasgué el sobre. La carta me esperaba desde hacía varias semanas. Un abogado indio me informaba que Sri se hallaba en Hardvar y pensaba emprender un largo peregrinaje desde allí. Si deseaba más informes debía dirigirme cualquier tarde, de 3.00 a 6.00, al despacho del abogado.

¿Quién era Sri? Traté de recordar. Sri Maharaja era el anciano sabio brahmana que estaba preparando un peregrinaje al lago Manasarovar, en el Tíbet. Yo le había escrito desde Viena diciéndole que era mi intención acompañarle, pero no había obtenido respuesta. Traté de ver al abogado de Sri inmediatamente. El atento oficial del departamento de viajeros puso a mi disposición un guía a pesar de mi resistencia en aceptarlo. El despacho estaba situado en un viejo barrio de la ciudad donde me habría sido muy difícil encontrar el camino. “Aunque yo tomara un coche, el chofer nunca daría con el lugar”, -afirmó.-

El hombre, ricamente vestido, con un turbante de seda, caminaba delante de mí bajo los ardientes rayos del sol. Durante todo el camino iba por el lado de la calle que daba al sol, esforzándose por evitar la sombra. A lo largo del pavimento de piedra pude ver manchas de sangre y charcos. Alguna epidemia debía haberse declarado aquí en Bombay. Luego descubrí que las manchas rojas del suelo tenían un origen muy inocente: indios mascadores de betel habían estado escupiendo en la calle. Mi guía no ahorró trabajos para llevarme por un camino completamente equivocado. Me hacía subir por unas calles y bajar por otras, soportando aquel terrible calor, y por fin me condujo al despacho de un abogado. Pero, ¡qué diantre! Era el despacho de otro abogado, no el que yo buscaba. Con un suspiro de angustia pagué al charlatán y lo mandé de paseo. Me puse en camino solo, en busca del abogado. Muerto de cansancio, me paré por fin frente a la casa que buscaba. Estaba en la misma calle del departamento de viajeros, calle Explanada, exactamente enfrente del punto de donde habíamos salido, apenas unos 10 metros de distancia. El despacho del abogado constaba de una sola habitación, la cual estaba llena de dependientes muy ocupados. Dependientes y clientes entraban y salían. Un incesante murmullo reinaba en la amplia habitación. Una puerta situada un poco más arriba del nivel del suelo se abrió ruidosamente y yo entré en el compartimento donde el abogado estaba absorto en su trabajo ante una mesa cubierta de montones de papeles. El hombre giró hacia mí su tranquilo y bien formado rostro. Me tranquilicé enseguida, aunque aún me palpitaba el corazón, y el sudor corría abundante por mi cara. Por las amplias ventanas abiertas, el aire fresco llegaba hasta el rincón de la habitación como una alentadora caricia. Con mirada escrutadora sus inteligentes ojos se posaron sobre mí.
- Así que usted es Walter Eidlitz... ¿Cuándo llegó?
- Hoy.
- Sri ya no está en Hardvar. El cólera se ha manifestado entre los peregrinos. Ayer recibí carta de Sri. Se ha adentrado en las montañas, hacia Nainital, que está situada en los Himalayas a una altura de unos 2 000 metros.
- ¿En Nainital? - exclamé con sorpresa - ¿No está en la carretera del peregrinaje que conduce al lago Manasarovar en el Tíbet?
- Sí - dijo al mismo tiempo que hacía un signo afirmativo con la cabeza - hacia el lago sagrado, Manasarovar. ¿Qué es lo primero que piensa usted hacer aquí en la India? ¿Tiene intención de ir a Benarés? ¿O desea usted encontrarse con Sri inmediatamente?
- Deseo reunirme con él enseguida.

Sonrió y mandó a buscar un impreso para telegrama. Escribió: Walter Eidlitz ha llegado hoy. Desea verle inmediatamente. Entregó el telegrama a un mensajero.
- Vuelva por aquí mañana a la misma hora, y tendrá usted la contestación sin falta.

La contestación llegó puntualmente: Conduzca Walter Eidlitz aquí. Sri.

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