Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Sri

Adios a Bonbay. Calor tropical. El viaje a Nainital. Sri y sus discípulos. Empieza una vida.

Multitud de nativos me rodeaba. Me hallaba en una moderna ciudad de considerable extensión, con tranvías y grandes autobuses; constaba de unos cientos de millares de morenos habitantes. Moreno claro, moreno aceitunado y moreno negruzco, jóvenes y viejos, vestidos con trajes blancos, finos como la gasa. Era difícil encontrar un rostro blanco entre aquel hormiguear de personas. Entretanto los anuncios luminosos se habían encendido sobre los bazares, cinemas y restaurantes. La América de hoy y la antigua Asia ofrecían un fuerte contraste en aquella ciudad. El pueblo no había perdido sus características orientales. Sus rostros, sus ojos y sus manos eran orientales, y sin embargo aquellas manos conducían numerosos coches a través de la multitud. Se sentaban acurrucados en el polvo de las calles, con sus blancas vestiduras; se apiñaban en mil posturas, algunas veces imitando al Buda meditativo tal como generalmente lo pintan. Sobre ellos se mecían altas palmeras. Tras ellos, a menudo, hay un tenderete en el que se venden legumbres y donde pies sucios pisotean descuidadamente las pilas de guisantes, arroz o harina. Tal vez hay allí un hotel mahometano que parece una baja cabaña, o la parada de un barbero donde los clientes, sentados en medio de la multitud que recorre la calle, se hacen afeitar la cabeza. Sólo un pequeño tupé queda en lo alto de la coronilla, marcando el lugar para la flor de loto de 1 000 hojas de Brahma, por el cual, según dicen, el alma del que está espiritualmente despierto, deja el cuerpo cuando muere. En la frente, hombres y mujeres llevan cuidadosamente pintado con ceniza el signo del vidente ojo espiritual. Esto es lo que vi en el centro de aquella ciudad ruidosa y medio americana. Durante algunos minutos me hallé sofocado por aquella compacta multitud asiática. La gran ciudad de Bombay había desaparecido tras de mí en la noche india. Desaparecieron los anuncios luminosos, los arcos iluminados y las chillonas caravanas de carros en las calles. Ahora sólo había alrededor de mí las trémulas paredes del gran vagón de ferrocarril, los grises bultos humanos que dormían en los bancos, y afuera, la noche. Torpemente, por vez primera, hice mi cama, y me eché en mi sitio a obscuras, mientras el tren rodaba suavemente, dejando oír lo que ocurría en torno a mí. Con su incesante traqueteo, el tren se abría camino rápidamente a través de la noche tropical. ¡Qué lejana comarca era aquella por la que yo viajaba por primera vez! Respiraba hondo el aire de aquella noche interminable. Un día cruel sucedió a la noche. En vano giraban los ventiladores en el techo del coche. El aire era sofocante, y sin embargo el compartimento, cuyo techo era mojado en cada parada, estaba fresco en comparación con el exterior. Las ventanas estaban cerradas y permanecíamos a media luz dentro del coche. La luz sólo entraba por pequeñas hendiduras, una luz blanca y ofuscadora que descendía del resplandeciente cielo o era reflejada por la desnuda tierra de aquellas quemadas planicies, a través de las cuales el tren se precipitaba en una marcha incesante, hora tras hora. Cuando a mediodía salí a la plataforma del vagón para ir al coche restaurante (no hay pasillos en los trenes indios), me caí de espaldas; por poco caigo en la vía, víctima del espantoso calor. Debí haber venido en noviembre, desde luego. Estábamos en mayo, el mes más caluroso de la India. Sobre puentes, sobre amplios ríos, sobre el Yamuna, sobre el Ganges, el tren avanzaba siempre. Fuera, el enorme país se ensanchaba, y el calor, el húmedo calor tropical iba en aumento y tras el las nubes de polvo del nuevo día. Ya no podía estar muy lejos de la montaña del norte del Himalaya, pero aún no podía verlo. No pude verlo ni cuando el coche de Sri Maharaja me llevó bajo un calor tórrido hasta las faldas del Himalaya. A mi lado en el coche se sentaba el viejo secretario de Sri, medio reclinado, cansado y dormido. Me había ido a buscar a la estación de Kathgodam. Luego me enteré que acababa de recobrarse de un fuerte ataque de disentería. Casi me mareé en la carretera que, con sus numerosas curvas, me llevó rápidamente a una altura de unos 2 000 metros. Multitud de macacos se sentaban sobre las piedras de los muretes de los puentes en actitud meditabunda. El aire empezó a refrescar. Algo resplandecía ahora a lo lejos. Pronto vislumbramos un lago entre las verdes hojas de los árboles al otro lado del paso de la montaña. Sobre el reluciente espejo de las aguas y los cauces de ríos secos que yacían ocultos en las nieblas de las llanuras, se erigían, con aireados balcones, las casas de muchos indios. La gente hormigueaba por la calle de la cuidad. Conducía a una región de feria en lo alto de una empinada colina por donde el coche no podía pasar. Tuvimos, pues, que dejar el coche y subir a pie la empinada cuesta. Por la puerta de un hotel para nativos salió un anciano de ojos grandes y amables y larga barba gris. Un signo dorado se veía en su amplia y arrugada frente. Era Sri.

Algo dentro de mí me impulsaba a inclinarme ante éste venerable anciano. Sentí su mano - ¿o era el poder de su bendición?- sobre mi cabeza. Un hombre de unos 40 años, con el rostro de un caballero oriental de la leyenda de Parsifal, me condujo a una habitación de al lado. Era Rana, discípulo de Sri. Me bañé para quitarme el polvo que el viaje había depositado sobre mi cuerpo. Al mismo tiempo me bañé de los sufrimientos de las últimas semanas. Volví a la habitación de Sri, que se hallaba medio alumbrada. La sola presencia de Sri me calmó y me purificó. Sri y Rana me dieron naranjas para comer; acababan de madurar en lo alto de aquellas montañas. Me comí por lo menos una docena de ellas, una tras otra. Me refrescaron muchísimo. Poco después vi en la calle a un musculoso peón indio, casi desnudo, que cargaba todo mi bagaje puesto sobre su cabeza como una torre. Rana y yo le seguimos. El viento soplaba desde el lago, y Rana me condujo a lo largo de aquella agua verde a una casa en la orilla del lago, una pensión propiedad de un parsi, donde Sri había encontrado alojamiento para mí. Allí me sirvieron alimentos vegetarianos, preparados entonces según la moda europea. Mis nuevos amigos me miraban para ver como iba yo a reaccionar. Porque Sri no siempre sacaba agradables experiencias de los discípulos americanos o europeos, pues no todos se habían amoldado a los alimentos indios y a su modo de vivir. Por la tarde, Rana se presentó súbitamente delante de mi puerta.
- Sri le espera - me dijo -. Venga inmediatamente.

Me paseé a lo largo de la orilla del lago en compañía de Sri. Estaba silencioso, pero a veces lo oía murmurar para consigo mismo: Hari Om, Hari Om. Cuando llegamos al templo de la diosa Naini, nos encontramos con el viejo secretario que se arrojó al suelo ante Sri, tocando los pies de su maestro con la frente. Una multitud de europeos e indios miraba. Luego, juntamente con Rana, se marchó, la multitud se dispersó y me quedé solo con Sri. Le hablé con toda sinceridad. Le hablé de mi trabajo y de mi vida. Todas mis esperanzas, mis temores y dificultades, toda mi fe y mis dudas fueron sometidas a su apreciación sin reservas. También le hablé de mi esposa y de mi hijo, a quienes había dejado tras de mí, solos y en difíciles circunstancias. Él no hacía más que escuchar. No lejos de nosotros había un sanatorio lleno de gente. Alrededor de nosotros, las enfermeras indias (ayahs) cuidaban de sus enfermos, pálidos niños europeos. Nada de esto nos perturbaba.

Algunos días más tarde Sri me dijo:

- Por ahora aún no debo concederle los ejercicios superiores de yoga. Por el momento sólo quiero darle shanti, paz solamente. ¡La paz divina!

¿Hay algo más grande que la paz divina? Me pregunté. Sri me dio la paz por algún tiempo. Y no sólo me la dio a mí, sino también a mi mujer, que vivía a miles de kilómetros de distancia, al otro lado del océano, en un tiempo y atmósfera llenos de amenazas y peligros.

El primer “mantra” de iniciación que él me dio, también se lo envió a mi mujer. Hasta le dio un nuevo nombre. En las cartas que le enviaba a ruego mío, él no la llamaba Hella, sino shanti, Paz. Expresó el deseo de que la paz divina penetrase no solamente en ella, sino que se comunicara a quienquiera que estuviese en contacto con ella.

En efecto, todos los que estuvieron al lado de Hella en los días de confusión, en los días de peligro vital, quedaron sorprendidos ante el valor inquebrantable de Hella (Paz) y su confianza absoluta. ¿Era la bendición de Sri que la protegía?

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