El principe nace... y muere. Muchas esposas estériles
Había una vez un rey llamado Citraketu, que vivía en la provincia de Surasena, India, y regía el mundo entero. Citraketu tenía una infinidad de esposas, y aunque estaba en capacidad de engendrar hijoos, ninguna de ellas le daba uno. Por casualidad, todas sus esposas eran estériles. Citraketu, el esposo de una gran cantidad de mujeres, estaba dotado de un hermoso físico, magnanimidad y juventud. Él había nacido en una familia de alta alcurnia, había recibido una buena educación, y era acaudalado y opulento. Sin embargo, a pesar de estar dotado de todos esos bienes, estaba sumido en la ansiedad porque no tenía un hijo.
Al parecer, el rey se había casado primero con una mujer, pero esta no podía concebir. Luego se casó con una segunda, una tercera, una cuarta, y así sucesivamente, pero ninguna de las esposas podía tener hijos. Su pesar era, sin duda, natural. Canakya Pandita‚ una gran autoridad, dice: “Si un hombre casado no tiene hijos, su hogar no es más que un desierto! El rey se sentía en verdad de lo más desgraciado por no poder tener un hijo, y es por eso que se había casado tantas veces. Especialmente a los ksatriyas, o los miembros de la orden real, se les permite casarse con más de una mujer, y este rey así lo hizo. No obstante, no tenía descendencia. Todas las reinas esposas de Citraketu tenían una hermosa cara y ojos atractivos, mas, sin embargo, a este último ni sus opulenciass, ni sus muchísimas esposas, ni las tierras de las que era propietariio supremo, lograban proporcionarle felicidad.
Una visita inesperada
Un día, mientras el poderoso sabio de nombre Angira se hallaba viajando por todo el universo, se le ocurrió ir al palacio del rey Citraketu. Al verlo, Citraketu se levantó de inmediato de su trono y le rindió adoración. Él le ofreció agua de beber y comestibles, y de ese modo cumplió sus deberes como anfitrión de un gran huesped. En cuanto el sabio se hubo sentado muy cómodamente, el rey, conteniendo la mete y los sentidos, se sentó en el suelo, a un lado de los pies del sabio.
Rey autocontrolado... rey feliz
Cuando Citraketu, con una actitud muy humilde se sentó a los pies de loto del gran sabio, éste lo congratuló por su humildad y hospitalidad. El sabio le habló con las siguientes palabras: “Mi querido rey, espero que te sientas bien en cuerpo y mente, y que tus asociados y enseres reales estén bien. ¡Oh, soberano!, ¡oh, señor de la humanidad!, el rey es feliz si depende directamente de sus asociados y sigue sus instrucciiones. Así mismo, los asociados también son felices si le ofrecen al rey sus regalos y actividades y siguen sus órdenes. “¡Oh, rey!, continuó diciendo Angira, ¿están bajo control tus esposas, ciudadanos, secretarios y sirvientes, así como los comerciantes que venden aceite y especias? Además, ¿tienes pleno control de los ministros, de los residentes de tu palacio, de tus gobernadores provinciales, y de tu hijos y otros dependientes? Si el rey tiene la mente bien controlada, todos sus familiares y funcionarios de gobierno se subrdinan a él. Sus funcionarios provinciales presentan los impuestos a tiempo, sin ofrecer resistencia, y ni qué hablar de los sirvientes inferiores. “¡Oh, rey Citraketu! —dijo el sabio—, observo que no estás complacido. Pareces no haber logrado la meta que deseabas. ¿Se debe esto a ti mismo, o lo han causado otros? Tu pálida cara refleja tu profunda ansiedad”
“¡Quiero un hijo!”
Como la cara es el reflejo de la mente, una persona santa puede estudiar la condición de la mente de alguien con sólo verle la cara. Cuando Angira Rsi hizo la observación acerca de la descolorida cara del rey, el rey Citraketu explicó la causa de la ansiedad de la siguiente manera.
“¡Oh, gran señor Angira! —dijo él—, en virtud de la austeridad, el conocimiento y el trance trascendental, estás libre de todas las reacciones de la vida pecaminosa. Por lo tanto, como yogi perfecto que eres, puedes conocer todo lo interno y externo que esté relacionado con almas encarnadas y condicionadas como nosotros. ¡Oh, gran alma!, tú estás consciente de todo, y sin embargo, me estás preguntando por qué estoy lleno de ansiedad. Por consiguiente, en respuesta a tu orden, permíteme revelar la causa. Así como una persona afligida por l hambre y la sed no se complace mediante el placer externo que brindan las guirnaldas de flores o la pasta de sándalo, así mismo a mí no me complacen mi imperio, opulencia o posesiones —que incluso anhelan los grandes semidioses—, porque no tengo un hijo. Así pues, ¡oh, gran sabio!, ten la bondad de hacer algo para que yo pueda tener un hijo”.
A falta de pan...
Respondiendo al pedido de Maharaja Citraketu, Angira Rsi fue muy misericordioso con él. Como el sabio era una peronalidad extremadamente poderosa, celebró un sacrificio en el que ofreció a Tvasta oblaciones de arroz con leche. Los remanentes de la comida que se ofreció se los dio el gran sabio Angira a la primera y más perfecta de las innumerables reinas del rey Citraketu, la cual se llamaba Krtadyuti. Luego, el gran sabio le dijo al rey: “¡Oh, gran rey!, ahora tendrás un hijo que será tanto motivo de júbilo como de lamento”. El sabio partió entonces, antes de que Citraketu pudiera responder.
El rey se llenó de dicha cuando supo que tendría un hijo. Debido a su gran júbilo, no logró entender bien la declaración del sabio Angira. Él la interpretó como que, a causa del nacimiento de su futuro hijo habría sin duda júbilo, pero que el niño sería el único hijo del rey, y, sintiéndose muy orgulloso de su gran riqueza e imperio, no sería muy obediente. Así pues, el rey se sintió satisfecho, pensando: “Que venga un hijo, aunque no sea muy obediente”. En Bengala hay un proverbio que dice que, antes que no tener ningún tío es mejor tener un tío ciego. El rey adoptó esta filosofía, pensando que un hijo desobediente sería mejor que no tener hijo en absoluto. En gran sabio Canakya Pandita dice: “¿De qué sirve que ni es un gran erudito ni tampoco es devoto?. Semejante hijo es como un ojo enfermo y ciego, el cual es siempre causa sufrimiento”. Sin embargo, el mundo material es un lugar tan contaminado, que uno quiere tener un hijo aun a pesar de que este vaya a ser un inútil. Esa actitud quedó reflejada en la historia del rey Citraketu.
El príncipe nace
La reina Krtadyuti habiendo recibido sémen de Citraketu, quedó en estado después de comer los remanentes de la comida del sacrificio celebrado por Angira. Su estado de gravidez se fue desarrollando paulatinamente, tal como la Luna se desarrolla durante la quincena de luna creciente. Después, a su debido tiempo, al rey le nació un hijo. Al oír las noticias de esto, todos los habitantes del Estado de Surasena se sintieron sumamente complacidos.
El rey Citraketu estaba especialmente complacido. Después de purificarse mediante el baño y adornarse con ornamentos, ocupó a eruditos sacerdotes brahmanas para que le ofrecieran bendiciones al niño y celebraran la ceremonia natal. A los brahmanas que participaron en la ceremonia ritual, el rey les dio caridad en la forma de oro, plata, ropa, adornos, aldeas, caballos, elefantes y vacas. Así como una nube vierte agua sobre la tierra sin discriminación, el benefactor rey Citraketu, para aumentar la reputación, opulencia y longevidad de su hijo, distribuyó entre todos, como lluvia, toda clase de cosas deseables.
Cuando un hombre pobre obtiene un poco de dinero después de muchas penurias, su afecto por él aumenta días tras día. De forma similar, cuando el rey Citraketu, después de grandes dificultades, recibió un hijo, su afecto por él aumentó con los días. La atracción y atención de la madre por el hijo, al igual que en el padre, aumentaron excesivamente. Las otras esposas, viendo al hijo de Krtadyuti, se pusieron muy agitadas, como atacadas de fiebres altas con el deseo de tener hijos.
El príncipe muere
Mientras el rey Citraketu criaba a su hijo muy cuidadosamente, su afecto por la reina Krtadyuti iba aumentando, pero gradualmente fue perdiendo el afecto por las otras esposas, las cuales no tenían hijos. Las otras reinas se sintieron extrmadamente infelices por no tener hijos. Debido al desdén del rey para con ellas, se condenaron a sí mismas llenas de envidia y se lamentaron. Una esposa que no tiene hijos es desdeñada en el hogar por su esposo, y vilipendiada por sus coesposas tal como una sirvienta.
Las reinas pensaron: “Hasta las sirvientas que están constantemente dedicadas a prestarle servicio al esposo son honradas por el, y, en consecuencia, no tienen nada de qué lamentarse. Nuestra posición, sin embargo, es que somos sirvientas de la sirvienta. Así pues, somos de lo más desafortunadas”. De este modo, a las coesposad de Krtadyuti siempre las quemaba la envidia, la cual se volvió extremadamente fuerte. A medida que su envidia iba aumentando, fueron perdiendo la inteligencia. Encontrándose muy insensibles e incapaces de tolerar el desdén del rey, un día, le administraron veneno al niño.
De la alegría a la desesperación
Ignorante de lo que sus coesposas habían hecho, la reian Krtadyuti, caminaba por la casa creyendo que su hijo dormí tranquilamente. Ella no sabía que su hijo estaba muerto. Pensando que el niño había estado durmiendo por mucho tiempo, la reina le ordenó a la nodriza: “Querida amiga, por favor, tráeme a mi hijo”. Al acercarse al niño que estaba acostado, la sirvienta vio que él tenía los ojos volteados hacia arriba. El niño no daba señales de vida, pues todos los sentidos habían dejado de actuar, y ella entendió que estaba muerto. Al ver esto, de inmediato exclamo: “¡Ahora estoy perdida!”, y cayó al suelo.
Con gran agitación, la sirvienta se golpeó el pecho con ambas manos y se puso a gritar profiriendo exclamaciones de dolor. Debido a sus gritos, la reina llegó de inmediato, y cuando se acercó a su hijo, vio que éste habñia muerto súbitamente. En medio de una gran lamentación y el cabello y el vestido desarreglado, la reina perdió el conocimiento y cayó al suelo. Al oír los alaridos, todos los residentes del palacio, hombres y mujeres, llegaron al sitio. Sintiéndose igualmente acongojados también comenzaron a llorar. Las reinas que habían administrado el veneno, pero fingidamente muy conscientes de su delito. Al recibir la noticia de que su hijo había muerto por causas desconocidas, el rey Citraketu perdió la vista casi por completo. Debido al gran afecto que tenía a su hijo, su lamento creció como un abrasador fuego, y mientras se dirigía a ver al niño donde yacía muerto, contínuamente se resbalaba y caía al suelo. Rodeado por sus ministros y demás funcionarios, y por eruditos brahmanas, el rey se acercó al niño y cayó inconsciente a sus pies, con el cabello y la ropa en desorden.
Cuando el rey, respirando dificultosamente, volvió en sí, tenía los ojos llorosos y no podía hablar. Y cuando la reina vio a su esposo sumido en un gran lamento y vio al niño muerto, que era el único hijo de la familia, se lamentó de muchas maneras. Esto aumentó el dolor que sentían en lo más profundo del corazón todos los habitantes del palacio, los ministros y todos los brahmanas. La guirnalda de fflores que la reina llevaba en la cabeza se cayó y el cabello se le desordenó. Las lágrimas le corrieron los cosméticos de los ojos y le humedecieron los pechos que estaban cubiertos con polvo de kunkuma. Mientras ella lamentaba la pérdida de su hijo, su fuerte llanto se asemejaba al dulce sonido de un pájaro kurari.
