Sabidurías Védicas por Swami B.A. Paramadvaiti

Cómo Afrontar Deficiencias Mentales y Físicas

El deseo de vivir en mundos materiales implica tanto tener que aceptar cuerpos que demandan muchos esfuerzos y cuidados, como tener que vivir con limitaciones relacionadas generalmente con el sufrimiento. En esa medida, las personas deben afrontar complejidades mentales, patrones psicológicos y cuadros clínicos graves que perturban a las personas.

¿Cómo enfrentar la vida con deficiencias mentales o físicas?, es una buena pregunta, a sabiendas de los profundos cambios que estas generan en la vida. Hay una historia que ilustra tales cambios, así como la necesidad de valorar la salud ante la probabilidad de su pérdida.

Había un zapatero muy pobre, que contaba con lo mínimo para vivir. Un día llegó un mendigo y le dijo: —Tengo mis sandalias rotas. ¡Por favor, arréglamelas!
—Y ¿tienes dinero? —dijo el zapatero—.
—¡No, no tengo dinero! —contestó el mendigo—. Pero aun así puedo pagarte. Ahora, si eres tan amable, arregla estas sandalias. ¡Tú lo sabes hacer!
—¿Qué te pasa? Soy más pobre que tú y ¿me pides que trabaje gratis? ¡Eso es injusto!
—Bien. Me doy cuenta de que eres muy pobre —le dijo—. Te ayudaré. Dime, ¿cuánto necesitas? ¿Un millón? —dijo el mendigo—. Te puedo conseguir esa suma, pero tienes que darme algo a cambio.
—Bueno, y ¿qué tengo que darte a cambio? —dijo el zapatero—.
—Una de tus piernas.
—¿Qué?, entonces ¡no podré caminar más! Es ridículo lo que me propones.
¡Mejor déjame en paz!
—Ya veo —dijo el mendigo—, un millón no es suficiente. Entonces serán cinco millones. Pero a cambio tienes que darme tus ojos.
—¿Cómo?, no digas esas cosas. ¿Estás loco?
—¡Oh!, en verdad eres la persona más necesitada que he conocido. Está bien, entonces te conseguiré cien millones, pero tienes que darme tus manos.
—¿Mis manos? ¿Qué haré yo sin ellas? —respondió el zapatero—. No te las daría ni por esa suma. ¡Definitivamente estás loco!
—¡Es increíble! —concluyó el mendigo—. No me imaginé que fuera a encontrar a una persona tan rica como para rechazar mi propuesta. En fin, eres tan rico que tienes piernas, ojos y manos.
—¿Sabes algo? —dijo el zapatero—. Mientras miraba tus pies y manos me di cuenta de la fortuna que tengo. La verdad es que me acabas de abrir los ojos, me has mostrado algo maravilloso. Estoy muy agradecido.
—Está bien —le respondió el mendigo—. ¡Entonces, arréglame las sandalias!

Esto nos recuerda que debemos apreciar lo que tenemos. Ahora bien, las limitaciones y los sufrimientos que padezcamos vienen a nosotros por la acción del karma (la ley de acción y reacción), o sea, como resultado de lo que hemos hecho en el pasado. El karma es un regalo de Dios para enseñarnos que debemos afrontar las consecuencias de todo lo que hacemos. En relación con las deficiencias mentales y físicas, esta ley indica que aquellas se deben a errores previos.

Aunque las deficiencias mentales y físicas puedan causar depresión y dolor, lo cierto es que Dios no desampara ni abandona a nadie. Él es quien favorece estas experiencias difíciles, pues nos conducen a ser humildes y agradecidos por lo que tenemos. Sin embargo, agradecidos o no, nuestras facultades son de naturaleza temporal, así que, de todas formas, llegará el momento en que debamos devolverlo todo. Cuando este cuerpo muera, veremos nuestro próximo cuerpo, el cual no será otra cosa que el resultado de lo que hayamos hecho en esta vida.

Las Escrituras Védicas explican que la causa de nuestra tristeza es el sufrimiento que, sin duda, le hemos causado a otros seres en el pasado. Cuando aceptamos esto, podemos decir: “¡Oh mi Señor!, ¿cuántos errores habré cometido? ¡Ahora tengo que aprender esta lección!”. Así, lo que nos queda es una vida de aceptación y corrección, con la aspiración a emplear todas nuestras capacidades para ser útiles a la sociedad y tratar de hacer felices a los demás.

De acuerdo con lo Vedas, el que sirve de corazón es glorioso, afortunado y tiene mucho más que aquel que —en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, y en posesión de todas las riquezas materiales— sólo se sirve a sí mismo y a sus planes egoístas. Es glorioso aquel que ilumina su vida con la certeza de que su causa es servir la causa del infinito Señor. Muchos sabios de la India han concluido que tal certeza determina la perfección de la vida.

En esa medida, es afortunado aquel que anhela la presencia del Señor e implora su misericordia a través de la recitación de sus Santos Nombres: Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare

Al pronunciar estos nombres de Dios, se está meditando en lo siguiente:

¡Oh mi Señor, quiero ser un instrumento de tu amor! Esta es mi vida, no tengo otra cosa que hacer; así quiero vivir y así quiero morir. Lo único que me llevaré será el recuerdo de esos momentos yendo hacia Ti, en busca del refugio de Tus pies, cumpliendo Tu voluntad. Cualquier otra cosa fuera de esto es una fantasmagoría, una batalla por la complacencia de los sentidos, sin la posibilidad de satisfacer el alma.

Esta conciencia permite una vida plena: “Om purnam idam purnam…”. Purna significa pleno; Dios es pleno, así que, cuando entramos en relación con Él, no hay nada más que obtener, ni siquiera en el momento de la muerte. Pronunciar y recordar los santos nombres de Dios nos puede salvar, incluso, del mayor de los peligros: la muerte.

Lo primordial en la vida es apegarse al Santo Nombre del Señor y a los mensajes de la sabiduría védica. Así se comprenderá el significado de la existencia, para luego transmitirlo a las demás personas. En este contexto, todo el mundo —tenga deficiencias o no— puede alcanzar la perfección de la vida por afianzar y expandir el canto de los santos nombres del Señor. Ese es el sello del éxito.

Estimado lector, ante cualquier deficiencia o privación, ¡jamás te desesperes!; antes bien, sé agradecido por estar vivo, por tener la oportunidad de contemplar a Dios y por comprender que la perfección no consiste en acomodarse en el mundo, permaneciendo caídos en él. No hay ningún argumento que pueda sustituir a la Divinidad.

Swami B. A. Paramadvaiti

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