Walter Eidlitz


La India Misteriosa

Mi Amigo Sadananda

Llega Sadananda. El camino del mundo olvidado. Primera conversación con mi nuevo Guru. El significado de “el amigo de los desamparados”. Preguntas que no se debían hacer.

Cuando rogué a Dios por un guru, ya tenía uno muy cerca. Un día encontré un recién llegado fuera de la cocina de la barraca, donde una multitud hambrienta se había reunido, y los pájaros de rapiña revoloteaban sobre nuestras cabezas en número inquietante. Era alto y delgado, y llevaba la cabeza afeitada. Vestía la túnica de los monjes indios, aunque era europeo. Se llamaba Sadananda. Le hablé y él me contestó con algunos monosílabos. Realmente nuestra primera conversación tuvo lugar por la noche en el campo de fútbol. Allí me habló de un antiguo jarrón griego que había visto una vez. El decorado del mismo representaba una rueda con dieciséis radios, con una inscripción alrededor: “He saltado fuera de la rueda de Ixión”.

Según la opinión de los antiguos griegos, Ixión era un hombre cargado de delitos, que fue atado después de su muerte, para toda la eternidad, a una rueda que gira, la rueda de las existencias repetidas en la tierra.

Se me ocurrió pensar en una rueda de un viejo molino abandonado, a la que yo solía mirar fijamente durante horas en cierta época de mi infancia. Sus radios estaban cubiertos de musgo gris; giraba torpemente en una obscura hendidura cuyas paredes estaban ennegrecidas por los años, y elevaba el agua del río en cascadas, que inmediatamente volvían a caer y dispersarse: ganancia y pérdida, honor e ignominia, victoria y derrota, pena y alegría, salud y dolencia, reunión y separación, vejez, muerte y renacimiento. La fuerza del deseo personal era el agua del río, el cual incesantemente hace ir la rueda dando vueltas en la transformación del mundo. Toda la sabiduría de la India se esfuerza por libertar a la humanidad de esta rueda de Ixión. Sri también consideraba esta liberación como el más alto objetivo por alcanzar.

- La liberación de la hoguera de los sufrimientos en el mundo alterado no es el fin más loable - dijo mi compañero -. Esa liberación no es más que el primer paso en el camino que conduce al mundo olvidado de Dios, el camino por el cual el guru que ama a Dios conduce a su discípulo.

¿Qué camino es ese? ¿Adónde conduce? - pregunté ansioso.

El camino es el amor que nos lleva al verdadero amor, cada vez más grande, un amor más querido por Dios. Así como la naturaleza del fuego es quemar, así la naturaleza del alma humana es amar a Dios. Así como una chispa es la evidencia del fuego, porque quema, así el alma es la evidencia de Dios, porque ama. El alma es sólo una chispa, el gran fuego del amor es Dios. La chispa es pequeña e insignificante comparada con el fuego del cual procede. Pero su infinita insignificancia únicamente se refiere a su forma exterior. El alma está oculta, y nada sabe de su naturaleza real, pero cuando se despierta y empieza a amar otra vez y se colma de un inefable deseo de volver a Dios, entonces participa de Su naturaleza, de Su plenitud, pureza, libertad y eternidad. Entonces queda despojada de todo egoísmo, y toda su lucha se basa en complacer a Dios. Luego, con la devoción, puede llegar a ser parte de la vida interior divina.

- Conocer la verdad, ¿no es el más alto objetivo humano? Así me hablaba mi guru.

- La sabiduría no se alcanza por desear saber, sino por la devoción. Desear saber es únicamente egoísmo.

- Shanti, la paz divina, ¿no es el más alto objetivo? - pregunté -. Piensa en las esculturas budistas. Piensa en la inefable paz, en la tranquila sonrisa de Buda meditando. ¿No están todas las religiones del mundo unidas en sus oraciones por la bendición de la paz? “Que Dios te bendiga y te conserve; que te dirija la mirada y te dé la paz”.

- Sí - continuó Sadananda -, las religiones están unidas en sus ruegos de paz, ya que se hallan aún en un estado preparatorio y son como lecciones para niños obstinados. Ellos creen que lo único importante es lavarse de las miserias terrenas, y librarse de las luchas humanas. Observa los devotos de varias religiones; todos ellos le piden algo a Dios. Como si Dios fuera un tendero. Uno le pide poder. Otro pide riquezas. Un tercero le pide una joven hermosa. El cuarto le pide un hijo. El quinto, salud y larga vida. El sexto le pide la victoria para los de su bando y aplastante derrota para el enemigo. Los cristianos piden poder entrar en los cielos y disfrutar allí de eterna bienaventuranza. El hindú desea verse libre del samsara, la ardiente rueda del mundo mutable, y luego caer en éxtasis eternamente. Los budistas desean entrar en el Nirvana. Todos piden y desean lo mismo, una garantía de paz, seguridad, liberación del sufrimiento. Lo mismo ocurre con los seguidores de Sankaracharya. Quieren participar de la esencia de Brahman, hundirse en la informe luz divina, donde todas las disensiones desaparecen. Hasta quieren identificarse con el mismo Dios. Tú también, Walter Eidlitz, estás entre éstos. No cantabas cuando andabas por el Himalaya, “aham brahmasmi... ¿Yo soy Brahman?” Además, has entendido mal esta sentencia de los Upanisads, que dice: “En lo más íntimo de mi alma soy de la naturaleza de Brahman, lo mismo que la chispa es de la misma naturaleza del fuego”. Sadananda dejó de hablar. En silencio nos pusimos a andar arriba y abajo a lo largo de la alambrada. Por los alrededores del campo los chacales aullaban, y sus aullidos se iban perdiendo poco a poco en las profundidades de la selva. - Sri nunca aseguró que la paz fuese el más alto objetivo - dije yo después de un rato -. Más bien decía: “Con el tiempo yo te concederé la paz”. Y yo no he logrado ni siquiera obtener la paz.

- No te aflijas, Vamana Das - me dijo Sadananda poniendo suavemente su mano en mi hombro, no te aflijas porque te veas abrumado y creas que lo has perdido todo. Krishna a veces es llamado Anathabandhu, el Amigo de los desamparados, el señor de aquellos que ya no poseen nada excepto su miseria y su amor por Él. Créeme, amará más al que, pese a los muchísimos obstáculos, ansía amarle y servirle, en las multitudes y en la mugre de las barracas dentro de estas alambradas, que a uno que medita en un abrigo limpio y tranquilo, dentro de una habitación lujosa. Perteneces a Krishna. Y tu meditación, tus éxitos o fracasos, y aún tus enfermedades, son de la divinidad. Pero, ¿quién osa someterse completamente a los términos de Dios y no a los suyos? Muchos han intentado seguir el ejemplo de un divino salvador, y dicen como él: “Tu voluntad será cumplida, no la mía”. Pero cuando la cosa se pone seria, cuando la voluntad de Dios lo vence a uno, el miedo se apodera de nosotros y murmuramos en secreto: “No, yo no quería decir eso precisamente”. Nadie quiere creer que Dios puede hacer a veces acto de presencia en la forma de una catástrofe, un completo derrumbamiento. Pero créeme, si uno es capaz de entregarse verdaderamente en manos de Dios, no tiene por qué preocuparse. Dios asume la responsabilidad de todas sus acciones. Entonces no tiene porqué temer las consecuencias de encontrarse en un abismo del mundo mutable, o en el reino de los cielos, pues se encuentra siempre en el reino del amor de Dios, desempeñando su papel en el drama de Dios y sus eternos fieles, de lo que nada sabe el mundo. La paz, el Nirvana, ansiado por tantos, no es más que un estado intermedio en el camino del verdadero reino de Dios, aunque muchos se queden eternamente en esta maravillosa antesala. Pero el que se atreve a penetrar más allá, con el deseo de entregarse a Dios, no por eso pierde la paz. La verdadera paz no es solamente librarse de la angustia. La ausencia de la pasión está considerada de una forma exagerada por los yoguis indios. La verdadera paz significa obtener la certeza de que en el fondo de nuestro ser se está para siempre unido a Dios. Volvimos a caminar en silencio.

- Swamiji - dije tranquilamente -, ¿qué te ha dicho tu guru respecto a la razón de nuestra vida? ¿Por qué tenemos estos cuerpos terrenales?

- Mi guru dijo - contestó Sadananda enardecido -: “Se nos ha dado este indolente cuerpo para dejar que el fuego de nuestro aliento lo consuma en nuestra devoción a Dios”. Pero no creo que lo entiendas aún, Vamana Das. Aún no sabes quién es Dios, quién es Krishna.

- Oh, cómo me gustaría poder contemplar a Dios.

- No se trata de contemplar a Dios - corrigió mi compañero severamente- Se trata más bien de que Dios te vea a ti, que sea atraído hacia ti por la belleza y pureza en tus ansias por fervorosa devoción. Cuando una persona quiere ver a Dios, este deseo es a menudo una ambición egoísta. Así como los seres humanos degradan en su egoísmo todos los fenómenos mundanos, transformándolos en objetos, relacionándolos con ellos mismos, y gozándolos, así muchos de ellos intentan ganar a Dios.

- ¿Cómo me puedo librar de ese egoísmo? - le pregunté.

- No se debe formular esta pregunta nunca - contestó Sadananda con austeridad -. Esta misma pregunta tiene origen en el egoísmo. Ruega a Krishna, el Desconocido, el Oculto, para que te dé algún día fuerzas para servirlo honestamente, para aprender a amarlo...Ya es tarde. Debemos irnos a dormir. Buenas noches, Vamana Das.

La India Misteriosa

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