Siva Te Llamará
Paz en la casa del Guru. Brusco despertar. Tras las alambradas. Los campos de concentración en la india. Sospechas mutuas. Los macacos miran estupefactos. Prisioneros políticos. Pequeñas contrariedades en la vida de los prisioneros. Al abrigo del hospital. Los buitres acechan. La canción de los campesinos.
Vivía pacíficamente en la casa de mi profesor en Nasik; en el jardín los rosales florecían por todas partes casi todo el año y llenaban de alegría la vista. Todas las mañanas cogía un gran ramillete de rosas y lo ponía en el cuarto de meditación de Sri.
Sri me había expresado varias veces su deseo de que no leyera ningún periódico, ya que mi progreso por el camino espiritual, a lo largo del cual él me conducía, podría ser perturbado por la lectura de los diarios. Desde luego, él se dio cuenta de que los acontecimientos mundiales de entonces me inquietaban, y comprendí que sería más prudente obedecerle. No obstante, cuando no podía reprimir mi ansiedad por mi esposa y mi hijo en Austria, él me aseguraba con toda seriedad que ellos estaban protegidos. Con el fin de calmar mis temores, tuvo la bondad de invitar a mi familia a venir a la India, y vivir lo mismo que yo, como hijos suyos en Anandapith, la morada de la bienaventuranza, su espaciosa casa de Nasik. Incluso habíamos empezado a discutir sobre cuál sería la escuela de la India a la que iría mi hijo cuando llegara. Fue muy difícil lograr el permiso para que mi esposa y mi hijo (Shanti y Gunananda, como Sri los llamaba) pudiesen entrar en la India. Sin embargo, por fin llegaron los papeles con la autorización del gobierno indio. Europa estaba muy lejos, y muy lejanas también la cordillera Himalaya, la frontera norteña de la India, donde, en mis viajes con Sri, no había llegado más allá de las primeras montañas. Muchas veces preguntaba a mi guru: “¿Sri, cuándo reemprenderemos el interrumpido peregrinaje al hogar de Siva?”
El anciano sonreía de un modo extraño. “Espera hasta que llegue la hora. ¡Siva te llamará!”.
Tenía vehementes deseos de ver los bosques, los solitarios lagos, las vertientes de las montañas deshabitadas, donde Siva tenía su trono. A menudo soñaba que otra vez me encontraba sobre las rudas tablas de uno de los humildes abrigos peregrinos, donde el fétido humo de una hoguera encendida en el cuarto de abajo penetraba por las rendijas del suelo. Y de ver cómo los peones indios, empleados para llevar la silla de manos de Sri al lago Manasarovar, preparaban su frugal comida allí abajo. El retrato de Siva colgaba de las blanqueadas paredes de piedra de la casa. Este retrato representaba a Siva, “el gran dios”, en profunda meditación. Estaba allí erguido, sentado sobre sus piernas cruzadas. Su cuerpo desnudo, untado con blanca ceniza de cuerpos incinerados. En sus brazos se enroscaban serpientes de lenguas vivaces; están representando los deseos del mundo de los sentidos que se extendían hasta él. Pero Siva no los percibía. Él tenía la mirada fija en un reino que no es de este mundo. Debajo del retrato se leían estas palabras: “Siva meditando en Krishna”. Algunas veces era otro el retrato de Siva que colgaba en el refugio de los peregrinos. Una vez adquirí un retrato de Siva en un bazar y lo coloqué en la pared de mi pacífico cuarto, en la casa llamada Anandapith. Aquí Siva estaba representado como el destructor del mundo, en la figura de un joven que bailaba con éxtasis en los espacios etéreos de un mundo en llamas, el cual era aplastado por sus pies, tornándose un montón de cenizas. Siva, el destructor, bailaba con el fin de tener espacio para una nueva creación. Una mañana, muy temprano, cuando aún estaba obscuro, fui despertado mientras dormía profundamente. Me pareció oír el retumbar del trueno. Abajo alguien golpeaba impacientemente con los puños, o tal vez con la culata de un revólver en la puerta de la casa de Sri. Pero Sri no estaba; había ido a casa de su discípulo Rana, donde pasaría algunos días. Alguien abrió la puerta. Fuertes pisadas, como las de zapatos herrados, subieron la escalera de madera. Un inspector de policía indio, en uniforme, seguido por cierto número de soldados, entró en el cuarto.
- Queda usted detenido - dijo el inspector -. Prepárese inmediatamente. Llévese únicamente las cosas más necesarias. Y venga con nosotros, pues la guerra ha estallado.
Mientras yo me vestí lo más deprisa que pude, ellos inspeccionaron mi aparador y el baúl. Después me empujaron dentro de un coche que aguardaba abajo. Pasamos por el paisaje familiar, que tantas veces había visto al lado de Sri en su coche; esta vez tenía dos soldados indios sentados a lado y lado, y otro que se sentaba al lado del chofer. Todos llevaban los fusiles cargados y las bayonetas caladas. El coche se paró delante de un portón de una alta cerca de alambre espinoso. Con asombro recordé que hacía poco más de 20 años yo mismo, en mi calidad de soldado de la primera Guerra Mundial, había montado la guardia con un fusil cargado y la bayoneta calada en una entrada de alambre espinoso, exactamente como esta. Esto fue en Austria, donde montaba la guardia en un campo de prisioneros de guerra rusos. Ahora, en la India, era internado en el campo como prisionero, a través de las dos puertas de la doble alambrada del campo, e introducido en una barraca donde unos cuantos individuos esperaban sentados. Durante el resto del día, varios centenares de personas entraron en el campo de concentración, transportados allí en coche o en tren. Como había llegado a la India con un pasaporte austríaco, la guerra había hecho de mí un “enemigo extranjero”. Cientos de millares, sí, tal vez millones de personas, se encontraron con un destino igual al mío durante estos días: confinamiento en campos de concentración rodeados de alambradas.
Mientras Siva el destructor bailaba, y la tierra temblaba bajo sus pies, y los imperios y otras formas de gobierno que habían durado miles de años se derrumbaban como un castillo de naipes, los pueblos de todo el mundo se vieron obligados a construir poderosas fortificaciones de cemento y acero con el fin de poder conservar sus varios sistemas, los cuales, aunque muy diferenciados, tenían sin embargo algo de común entre sí: reivindicación y venganza. Por esta razón los campos de concentración se llenaban. Y como antes de la irrupción de la guerra estos campos de concentración eran muy pocos, nuevos campos se construyeron a toda velocidad en todas partes del mundo: en Africa y en Asia, en América y Australia, en Europa y, naturalmente, en la India también. Día y noche los trabajos continuaban bajo el achicharrante sol y a la luz de los proyectores. En casi todos los países, con gastos increíbles, se construían barracas horribles cubiertas con tejas, o bálago, o con chapa ondulada. Viajando en tren se pueden ver inmensas extensiones de terreno donde no hay más que barracas, una después de la otra. Grandes bosques fueron talados con el fin de procurar toda la madera que era necesaria para los campos de concentración. Miles de camiones y centenares de barcos cargados de alambre espinoso llegaban de todas partes. Este alambre era desenrollado y extendido inmediatamente, y luego retorcido en púas agudísimas. Campos de trigo fueron allanados por las pesadas apisonadoras, pese a que el hambre existía en muchas partes del mundo, con el fin de tener bastante espacio para los campos de concentración. Arboles frutales fueron derribados para aumentar el espacio conveniente. Los campos indios en los cuales pasé cerca de seis años de mi vida eran tolerables. Allí no había cámaras de gas, ni celdas de castigo o tortura, ni hornos para quemar los seres humanos. De ningún modo podían ser comparados con los campos de concentración de Alemania o países vencidos. El frugal alimento era en general bueno y suficiente. Naturalmente se componía casi exclusivamente de carne en conserva. No era culpa de las autoridades que muchos de los que fueron internados sufrieran la falta de vitaminas y se les cayesen los dientes. Había hambre en muchas partes de la India. Era culpa mía que yo, personalmente, sufriese privaciones y algunas veces hambre, pues estaba obstinado en conservar, aún dentro del campo, el régimen vegetariano que había aprendido en casa de mi guru Sri Maharaja, y que es una gran ayuda en el camino de todo yoga. Sin embargo, a pesar del buen trato no había nadie en el campo y yo no era una excepción, que no se dejase vencer a veces por la desesperación.
Aquellos que tenían el poder en todas partes del mundo trataban de ser tan videntes como el mismo Dios, y con este propósito se había organizado un ingenioso y gigantesco sistema de policía secreta, que lo escudriñaba todo con mil ojos, y oía con cien mil oídos. Este monstruoso fantasma poseía los cinco sentidos y brazos que se extendían por todo el mundo, e incluso alcanzaban los campos de concentración. Tan pronto como quedé instalado en el campo de concentración indio, empecé a oír secreteos informativos. “Vigile. Tenga cuidado. Esa persona se finge amiga de usted para sonsacarlo. Es un espía, un agente nazi... Envía reportajes a los ingleses. Una vez que bebió más de la cuenta, él mismo lo confesó. Y yo lo vi con mis propios ojos pasarle un reportaje al sargento una mañana muy temprano... ¿Y ese otro? ¡Dios mío! ¿No sabe usted que es un comunista? Pertenece a la G.P.U. ¿No sabe usted que los rusos tienen sus confidentes aquí entre los nazis y antinazis?” La zozobra era el agente extraordinario de esta red de cerca de mil seres humanos. Fuera del campo, grandes manadas de monos pardos y grises se agitaban. Iban dirigidos por un viejísimo macaco, un dictador despótico a quien ellos obedecían complacientes. Junto a la cerca exterior de alambre espinoso del campo había a menudo muchísimos de estos animales, jóvenes y viejos, machos y hembras, éstas llevando a sus hijos abrazados contra el pecho. Miraban fijamente con ojos tristes y serios de animal al extraño mundo de animales entre rejas. A veces nos reíamos al verlos y decíamos: “Esto es espléndido. Hasta tenemos un jardín zoológico”. Pero nos dábamos cuenta de la verdad. Los monos estaban libres, y nosotros mirábamos a través de las alambradas, como seres humanos encerrados en jaulas.
¿Qué dirían ellos?
Los macacos veían seres humanos en el superpoblado campo dentro de la alambrada, pululando como hormigas. Cavaban la tierra, plantaban bananos y otras plantas. Cuidaban pequeños jardines delante de sus barracas. Regaban los cuadros. Plantaban flores, legumbres y lechugas. Hacían trabajos de carpintería o fontanería, clavaban, forjaban y soldaban. Mezclaban el cemento, edificaban con tejas y piedras. Emprendían una lucha interminable contra los piojos de las camas, y con los rotos de los calcetines y las camisas. Jugaban a las cartas, y dejaban el viejo gramófono girar durante horas y horas. Hablaban, discutían y se peleaban.
Muchos se pasaban todo el día echados en la cama de su barraca, comida de piojos, víctimas tal vez de alguna pesadilla.
Cada uno de los ocho cercados del campo de concentración indio tenía su gobierno propio. Allí, detrás de paredes cuidadosamente guardadas, existía un estado nacional-socialista regular. Había dirigentes, ayudantes del dirigente, y un grupo de enchufados. Tenían allí una organización nazi para Kraft durch Freude *, asociaciones para deportes y atletismo, para música, teatro e instrucción. El que lo deseaba podía continuar su educación, ya fuese en los principios de la escritura, o algún oficio, o pruebas de exámenes. Pero también había allí listas negras, papeles secretos, repulsa de elementos indeseables, conversión de grupos opuestos, castigos y vapuleos, censura de las cartas, y “Gestapo”. En el grupo de antinazis y antifascistas prevalecía un sistema estrictamente democrático, con votación regular y violentas campañas electorales. Estos expresaban libremente, en muchos idiomas, sus deseos de que ganasen los aliados y su odio al enemigo que sería derrotado. En esta sección la gente vivía constantemente como sentada en una sala de espera: sólo unos cuantos días más, unas pocas semanas, “hasta que fuese concedida la solicitud”. Todos esperaban su pronta libertad. Muchos de ellos esperaron más de siete años. Tras de la alambrada celebraron la victoria al finalizar la guerra, y aún tuvieron que continuar esperando durante años, amargados y mortificados. En otro cercado de alambre de espino sólo había misioneros católicos italianos, incluyendo a dos obispos. Este era un real estado pontificio en miniatura, de 250 metros de ancho y 300 de largo. También había una sección donde se encontraban cerca de cien generales italianos que habían sido hechos prisioneros en el este de Africa. Estaban divididos en dos grupos, uno fascista y antifascista el otro, ambos empeñados en apasionada lucha el uno contra el otro. Una noche, una multitud de prisioneros se agolpó contra la cerca de alambre de uno de los recintos, y encarando hostílmente a los que allí se encontraban se pusieron a gritar y pronunciar en coro y rítmicamente los nombres de “¡Du-ce! Du-ce!...¡Hit-ler Hit-ler Hit-ler Hit-ler!” En el otro recinto, el de los antifascistas, colgaron una figura de tamaño natural rellena de paja representando la efigie de Mussolini envuelta en llamas, con el acompañamiento de una gritería salvaje, como si profetizasen los acontecimientos futuros. En el momento en que el tambaleante dictador iba a bajar del patíbulo para ser arrojado a las llamas, se presentó el sargento inglés seguido de una sección de guardias. Era austero y rudo; le habían puesto el mote de “Cascanueces”. Sus dientes postizos chirriaban amenazantes, pero preguntó en tono amistoso: “¿Quién ha sido el artista? ¿Quién ha preparado este excelente espectáculo?”. Adulados los organizadores se presentaron ellos mismos, y fueron custodiados al barracón-cárcel como perturbadores de la paz. Sus camaradas profirieron violentas exclamaciones de indignación, y expresiones de aprobación se oyeron entre los adversarios del otro lado de la cerca.
Nos cuidaban lo mejor que podían. Hasta se construyó un gran barracón para cine, dentro de las alambradas, desde luego, pero con ventiladores para contrarrestar el intenso calor. El cinema funcionaba también para los miembros de la guardia europea y oficiales. Cuando esta barraca fue destruida por el fuego, se reconstruyó en pocas semanas. Los trabajos de reconstrucción no cesaban día y noche, pues los agentes indios no querían privarse de este medio de renta. Marchábamos en tres columnas, bajo escolta, cruzando la doble cerca de nuestro recinto, para entrar en el cinema. Los nazis marcaban el paso de la oca, y como signo de protesta los antinazis marchaban indolentemente. Irritados por el alboroto, los macacos subían a lo alto del follaje de los árboles enseñando los dientes. Y allí nos sentábamos muy apretaditos, envueltos en la atmósfera espesa cargada del humo de cigarrillos baratos, y veíamos las estropeadas películas sensacionales americanas que se proyectaban para nosotros. También veíamos películas nuevas. Vimos a una reina joven distribuyendo flores y dulces entre los soldados heridos, ruidosas escuadrillas de aviones lanzando bombas de gran tamaño que abrían en la tierra cráteres gigantescos, y delante de nuestros mismos ojos destruían grandes ciudades en pocos minutos, ciudades donde tal vez alguno de nosotros había nacido. Allí todo era igual que en cualquier otra parte del mundo. Todos los problemas, todas las angustias, el agudo dolor y el odio exterior penetraban fácilmente en la doble alambrada del aislado campo de concentración, tanto para los creyentes como para los ateos, para los judíos y católicos, y protestantes y seguidores de todas las imaginables creencias cristianas, para ciudadanos de unos 20 países europeos; estonianos, letones, lituanos, finlandeses, búlgaros, rumanos, húngaros, alemanes, austríacos e italianos, y también prisioneros de países aliados… checoslovacos, polacos, griegos, dinamarqueses, noruegos, holandeses, rusos. Todos ellos habían sido cogidos por sorpresa en alguna parte en las extensas regiones de las florecientes islas entre el Irak y la Nueva Guinea, y entre Hong-Kong y Abisinia, y ahora se encontraban reunidos en un gran campo en la India. Todos procuraban continuar viviendo a su manera. Conservaban los títulos: director o consejero educacional. Había un número increíble de ellos que habían sido capataces o propietarios de inmensas plantaciones, con rentas fantásticas, y que habían caído en círculos de influencia. Los equipajes llegaban con pequeños intervalos; por lo menos los que no habían ido a parar al fondo del mar. Ocurrió que al transportar un contingente de un campo holandés de Sumatra a la India, uno de los barcos del convoy fue hundido por un submarino japonés. Los enseres quedaron amontonados delante de la puerta y los trajes de invierno eran expuestos al sol para protegerlos de las polillas. Chaquetas de smoking y fracs colgaban de los tendederos, y se balanceaban majestuosamente al empuje de la brisa. De cuando en cuando se podía ver a uno de los internados paseándose, la tarde de un domingo, entre las barracas y las letrinas con su traje de etiqueta y la pechera de la camisa almidonada, con el fin de presumir de señor durante un par de horas. Luego, guardaban los trajes en alcanfor otra vez, y los señores volvían a meterse en el calzón caqui.
Los enceres se desempaquetaban y volvían a empaquetarse. Los hechos se repetían y ya no volvían a borrarse de la memoria. A medida que pasaban los años el presente se tornaba más vacío, y las esperanzas forjadas sobre frases huecas se derrumbaban como un castillo de naipes, por lo que muchos de estos millares de prisioneros vivían más atentos al recuerdo de los tiempos pasados. Ellos gozaban recordándolos. Durante horas y días se paseaban de arriba a abajo a lo largo de las alambradas y se contaban los unos a los otros lo que habían comido una vez en tal o cual restaurante, describiendo con detalle la minuta y los vinos escogidos, y las sensaciones que habían experimentado al probarlos. Del mismo modo relataban sus aventuras con mujeres, los buenos y los malos negocios, o de qué manera habían dado a este o aquel lo que se merecía. Con ansia buscaban los nuevos amigos que no habían escuchado sus historias y chistes. Quienquiera que viniese de otro campo era inmediatamente rodeado por individuos que deseaban hablar de su pasado. Muchos se evitaban mutuamente, hastiados de vivir tantos años juntos en la misma barraca. No podían tolerar la proximidad de los demás, sus historias, su modo de reír. Algunos de los internados tenían mascotas domésticas. Los que vivían detrás de las rejas habían construido jaulas dentro de sus propias jaulas para sus mascotas, y entregaban a estos animales todo su afecto. Un hombre que se jactaba de haber ayudado a incendiar numerosas sinagogas en Alemania, cuidaba con mimo y afecto de sus pequeños loros, ruiseñores y otros pájaros. Un músico alemán, decidido anti-nazi, tenía la manía de domar ratones. Una vez puso un extraño ratón de campo, que se había extraviado, en una jaula que contenía toda una familia de ratones. Tímidamente el amedrentado extraño, hembra, se subió a un rincón de la jaula, y procuró pasar lo más inadvertido posible. Pero el ratón padre y el ratón madre con toda su prole le olfatearon y se irritaron mucho al creerse amenazados con su presencia. Media hora más tarde el intruso, probablemente de otra especie, yacía muerto en un charco de sangre, víctima de las mordeduras de muchos dientes afilados; evidentemente los ratones habían pensado que aquel tembloroso ratoncito era algún traidor intruso, que había invadido su territorio con malas intenciones.
Sin duda alguna, el mejor lugar del campo era el hospital; también, naturalmente, dentro de las cercas alambradas, este hospital estaba abierto a todos los partidos, diferentes y hostiles; sin embargo era un hecho que aquí, en cualquiera de las salas, podía uno realmente encontrar paz. Cuando los pacientes sufrían algún dolor, sus rostros fanáticos asumían a menudo expresiones de bondad humana, como si fueran niños inocentes. Aquí me fueron revelados extraños destinos, cuando jóvenes o viejos, que habían estado decenas de años en los trópicos, me relataron sus vidas tendidos en el hospital del campo de la India, durante sus noches de insomnio antes o después de graves operaciones, o cuando estaban a las puertas de la muerte. En tales ocasiones agradecían las más ligeras insinuaciones de bondad, olvidaban que una persona que no pertenecía a su partido, que hasta podría ser de otra raza, yacía en un lecho cerca del suyo. Pero tan pronto como se recobraban, o veían un destello de esperanza posiblemente falsa, de cura, sus rostros se volvían otra vez duros y despreciativos, o indiferentes, y reincidían en la costumbre de despreciar o secretamente delatar a sus compañeros. El cementerio del campo se encontraba en la sección de la izquierda, y no tenía alambradas. Las sepulturas eran cuidadas atentamente, y decoradas con flores por los internados, los cuales iban allí bajo escolta. Pero el odio y el mutuo desprecio no se detenían ni ante la muerte. El partido más fuerte del campo se quejaba de que sus muertos eran ultrajados, porque enterraban miembros del partido opuesto en el mismo cementerio. Con el fin de evitar los constantes disturbios en este sentido, el comandante del campo se vio obligado a mandar que los fascistas, antifascistas y judíos fuesen enterrados en un cementerio situado en una lejana ciudad. En los techos de las cocinas de las barracas, en todas las ocho secciones del campo, se posaban feos pájaros de presa parecidos a los buitres, formando compactas hileras. Ellos eran los verdaderos amos del campo, ninguna alambrada les impedía entrar o salir; los guardas no disparaban contra ellos cuando descendían rápidamente sobre nosotros y espiaban los varios grupos de seres humanos. ¿Qué veían estos pájaros de presa? Veían el botín, la presa. No les importaba que fuese un antifascista, un fascista, o un sacerdote católico el que saliese de la cocina de la barraca con su plato de hojalata que acababa de llenar, descendían rápidamente en bandadas salvajes y cogían al vuelo trozos de carne. En su precipitación, a veces erraban el blanco y una herida sanguinolenta aparecía en la mano del que llevaba el plato.
Allí estaba el campo de concentración, como un trocito de vida palpitante bajo los pies de Siva el destructor. Pero por todas las partes del inmenso país indio se ensanchaba, y en sus serpenteantes carreteras llenas de polvo, aquí como en todas partes, entre el Himalaya y el Cabo Comorín, los carros de bueyes de los granjeros indios rodaban en columnas interminables durante las grises horas que precedían el alba. Las canciones de los granjeros se elevaban y caían monótonas. Era como si la canción de la India, como si toda la tierra del mundo entero rogara por un nuevo amanecer, pidiendo que sobre la noche que envolvía la tierra, el sol espiritual, el gran Atma, se elevase, visible para todos:
La poderosa divinidad, nacida en distantes eones,
eterna, prístina, abrazándolo todo,
Se desliza por cada rayo de luz matutina
Y contempla todas las criaturas benditas con visión...
El sabio, el que no envejece, el siempre joven Atma.
