Atulananda Acarya


La Bella Historia de Dios

CAPITULO X

Dhruva Maharaj Lucha Contra los Yaksas

Maitreya dijo:

Dhruva con Bhrami, hija de Prajapati Sisumara, tuvo a Kalpa y a Vatsara; Y con su esposa Ila, hija de Vayu, tuvo a Utkala y a una hermosa hija. Un día su hermano Uttama salió a cazar, y un yaksa le mató en los Himalayas. Airado con esto fue a Alakapuri, la capital culpable, dispuesto a su conquista.

Llegó al norte de los Himalaya, donde vio una ciudad de seres fantasmales. Allí hizo resonar su caracola, causando terror a las esposas del enemigo. De inmediato salieron esos guerreros para enfrentarle con armas mortales. Mas Dhruva les atacó lanzándoles de a tres flechas de pavoroso silbido.

Los yaksas elogiaron su poder, mas replicaron lanzando de a seis flechas. Eran ciento treinta mil enfurecidos, embistiendo cual pisoteadas serpientes. Le cayeron, cual lluvia a la montaña: lanzas, espadas, picas… todas funestas. Los siddhas y charanas clamaron: ¡Al nieto de Manu, le darán muerte!

Dijeron que era un gran sol poniéndose en el bravo mar de los yaksas. Mas de pronto reapareció en su carro, como el dorado astro entre la neblina Y atacó con flechas silbantes, como el viento que a las nubes desbarata, Derribando escudos y guerreros, como hace con los montes el dios Indra.

Cayeron ahí decapitadas numerosas cabezas con deslumbrantes yelmos. Cortados sus brazos con adornos y sus piernas cual palmeras doradas. Algunos de ellos, como del león un elefante, salieron temerosos huyendo. Dhruva decidió entrar alerta a la ciudad, para ver qué estrategia tramaban.

Cuando, recelando el poder místico de su enemigo, hablaba con su auriga, Sintieron rugir como el océano a un gran torbellino que se alzaba. Cegador tronó el cielo cubierto, para llover sangre, moco, pus, orina… Apareció un monte y caían cuerpos truncados, mazas, piedras, lanzas, espadas…

Vio serpientes vomitando fuego, vio furiosos elefantes, leones y tigres… Luego, como si el fin del mundo, avanzó una mar de rugientes olas. Así estos demonios crean para el de escasa inteligencia algo temible, Los munis le alentaron diciendo: “¡Dios te proteja! Te salvarás si Le nombras.”

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