Atulananda Acarya


La Bella Historia de Dios

CAPITULO XXV

Las Características del Rey Purañjana

Maitreya dijo a Vidura:

Así Siva instruyó a los príncipes y tras hacerlo, desapareció. Los Prachetas recitaron estas oraciones, bajo el agua, durante diez mil años. El padre de éstos, entre tanto, disfrutaba el mundo y Narada, por compasión, Se acercó para que detuviera su actuar fruitivo y fuese aconsejado.

El rey, al verle llegar, lamentó su condición caída y su apego familiar, Por el cual uno, dijo él, recorre el samsara sin probar un placer superior.

rajovaca: na janani maha-bhaga param karmapaviddha-dhi bruhi me vimalam jñanam yena mucyeya karmabhih

Dijo el rey a Narada: ¡Oh, el más afortunado!, nada sé de lo trascendental, por lo mundano atraído; Dame ese conocimiento puro del ser, Por el cual me libraré del actuar fruitivo.

grhesu kuta-dharmesu putra-dara-danartha-dhi na param vindhate mudho bhramyam samsara-vartmasu

Ocupado en los superfluos deberes hogareños, Puesto el interés en hijos, esposa y riqueza, Este necio nunca prueba el sabor supremo, Y por los caminos del mundo vaga y lamenta. (4.25.5-6.)

Narada le dijo: Mira, ¡oh, rey!, a esos animales que sacrificaste en el altar, Cómo esperan vengarse cuando mueras, ahí te agredirán con gran rigor.

Para tu bien quiero contarte una antigua historia. Escúchame con atención:

“En el pasado vivió un maharaj, Purañjana, quien tuvo por amigo a Avijñata. Este rey buscó un buen lugar donde vivir y al no encontrarlo, se desanimó, Pero en los Himalayas llegó a una ciudad de nueve puertas, a Bharatavarsa.

(Purañjana: pura, ciudad; jana, habitante.

 Purañjana entonces significa “el alma”.

Avijñata: el desconocido, Paramatma.

 La ciudad de nueve puertas es este cuerpo humano.)

Esta ciudad, que es el cuerpo, está descrita como muy rica y opulenta. En ella vio a una bella mujer, la inteligencia; con diez siervos, los sentidos; Y protegida por los cinco aires de vida, cual una serpiente de cinco cabezas. Al ver su tímida sonrisa y sus cejas, le habló alcanzado por el hábil Cupido.

Alabó su singular encanto ya que el buddhi material está lleno de éste, Y quiso que fuese su esposa, ella, la que también estando atraída le prometió cien años de disfrute, que le proveería junto con sus sirvientes, Y le dijo que el placer de la vida familiar, ni el trascendentalista lo imagina.

Las nueve puertas de la ciudad son aquí descritas, Con las direcciones a las que apuntan y sus asistentes, En ella vivió Purañjana, engañado, toda su existencia, Siguiendo a su mujer como un animalito obediente:

Bebía licor el rey, cuando bebía la reina; Cuando la reina cenaba, él también lo hacía; Cuando la reina cantaba, cantaba él con ella; Lloraba junto con su reina, o reían, si reía.

Cuando la reina conversaba, él conversaba; Cuando la reina caminaba, salía él a su siga; Con ella se ponía de pie, o tras ella iba a la cama; Se sentaba con ella y escuchaba, lo que ella oía.

Cuando la reina veía algo, iba él y lo miraba; Si olía alguna cosa, iba él, a su vez, a olerla; Si tocaba algo, él lo tocaba y si algo lamentaba, Hacía lo mismo el rey, junto con ella.

Estaba él feliz, solo cuando ella lo estaba, Si la vio complacida, estuvo él satisfecho, Aun sin desearlo, pasó así una vida engañada, Controlado, como la mascota, por el maestro.

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