CAPITULO XXIII
La Lamentación de Devahuti
Maitreya dijo:
Al partir sus padres, la casta Devahuti, que entendía el deseo de su esposo, Le atendió siempre con gran amor, tal como Bhavani sirve al Señor Siva. Dejando toda lujuria, envidia, codicia, vanidad y actos pecaminosos, Le consideró más que la Providencia. Débil y descuidada se la veía.
Kardama, el sabio celestial, al verla así, le dijo muy conmovido: Estoy muy satisfecho contigo, por tu gran devoción y servicio amoroso. Me sorprende que tu tan querido cuerpo, lo descuidaras, en beneficio mío. He obtenido las bendiciones del Señor por mi comportamiento religioso, Y aunque no has experimentado esos logros, libres de lamentación y temor, Te los ofrezco todos por estar en mi servicio. ¡Mira qué maravillosos son!
Aparte de la gracia del Señor, ¿de qué sirven otros disfrutes? Con solo mover Sus cejas puede Él reducir a nada los logros materiales. Por servir a tu marido tú sí conquistaste estos dones trascendentales, Los que rara vez obtienen los orgullosos; puedes usarlos cuando gustes.
La inocente Devahuti estaba muy satisfecha al oír estas palabras, Y con labios sonrientes, brillando con un mirar graciosamente tímido, Le dijo con dulcísima voz, que la humildad y el amor ahogaban: “Sé que posees toda perfección mística, ¡oh, mejor de los dos veces nacidos!
“Tú estás protegido por yoga-maya, la naturaleza trascendental. Pero hiciste antes una promesa que debe cumplirse mediante nuestra unión. Para la mujer casta, tener hijos de un cónyuge glorioso, es una gran cualidad. Dispón entonces, según la escritura, para que mi cuerpo herido por la pasión, Se vuelva apto para ti.
Piensa también en una casa para cumplir con este fin.”
Maitreya dijo:
¡Oh, Vidura!, buscando complacer a su querida mujer, el sabio Kardama, Creó, con su poder yóguico, un palacio aéreo que viajaba a voluntad. Una maravilla enjoyada, de siete pisos, que de acuerdo a lo pedido, daba, Equipado con muebles y riquezas de todo tipo, que tendían a aumentar.
Era agradable en toda estación, con bellas guirnaldas, banderas y festones. El piso era de esmeralda, sus puertas con diamantes y estradas de coral. Había muchas palomas y cisnes, por lo que se oían sus canciones. Amueblado con hermosos doseles y con portones de dorado brillar.
Con parques de recreo, salones de reposo, dormitorios y patios internos. El propio sabio quedó atónito ante esto. Mas al ver en ella cierta insatisfacción, Adivinó su sentir y le dijo: “Pareces muy asustada, complace tu deseo, Báñate en el Bindu-sarovar, creado por Visnu y sube luego a este avión.”
Devahuti, de ojos de loto, le obedeció. Su vestido sucio, su enmarañado pelo, no la hacían atractiva, mas se sumergió en el lago, con las aguas del Sarasvatí. Ya en él, vio una casa con mil muchachas fragantes, de aspecto bello, Que al verla se pararon diciéndole: “Somos tus siervas, déjate asistir.”
La llevaron con respeto y la bañaron con bálsamos y fragantes aceites. Le dieron un vestido, fino e inmaculado, la adornaron con valiosas joyas. La alimentaron luego, le dieron asavam, una bebida dulce y embriagadora, Y al verse en un espejo, se encontró bella, marcada con signos excelentes.
Al pensar en su gran esposo, apareció asombrada ante él, seguida por las apsaras. Su amor por ella creció y al subirla al palacio aéreo, eran como esa luna que entre las estrellas del cielo abre los nenúfares en los estanques de agua, Y fueron a los jardines del Meru, que avivan la pasión con su exquisita hermosura.
Disfrutó también en otros jardines y en el Manasa-sarovara. Viajando como el viento, voló según su deseo, superando a los devas. ¿Qué imposible hay para quien se refugia resuelto en la Suprema Persona? Sus pies son la fuente de ríos como el Ganges, que aleja toda miseria.
Tras mostrarle el globo del universo, volvió el sabio a su ermita, Donde satisfizo a su esposa por cien años, multiplicándose él mismo en nueve. La impregnó así nueve veces, y ese mismo día, nacieron sus nueve hijas. Mas cuando vio a su esposo dejando el hogar, sonrió simulando estar alegre.
Devahuti dijo:
Mi señor, has cumplido todas las promesas que me hiciste, pero aun así, Entregada a ti como estoy, debes también liberarme del temor. Mi querido brahmana, cuando mis hijas se casen se marcharán de aquí, De este modo, si te vas como un sannyasi, ¿quién me dará consolación?
Sin conocer tu posición, te he amado apegada a los objetos de los sentidos. A pesar de esto, que mi afinidad hacia ti me libere de toda inquietud. Pues la relación con un santo, aun para complacerse a uno mismo, hecha con o sin conocimiento, conduce a la senda de la beatitud.
Si una persona con su trabajo no llega a la religiosidad, O si la religiosidad no la lleva a la renunciación, O si esta última no la conduce al servicio trascendental, Debe considerársela muerta, aunque conserve su respiración.
Sin duda, la insuperable energía material del Señor me ha engañado por completo, pues a pesar de tener yo tu compañía, no me he preocupado por buscar la liberación. ¡Aún deseo este mundo adverso y temporal, que nos cautiva!
