CAPITULO IV
Hiranyakasipu Aterroriza al Universo
Sri Narada dijo:
Brahma, complacido con su gran austeridad, le bendijo, Aclarándole que difícil se alcanza un logro tan alto; E Hiranyakasipu, de dorado cuerpo, le adoró solícito, Mientras el deva se elevaba montado en su cisne blanco.
Luego, el demonio, deseoso de venganza, conquistó el universo entero, A los gandharvas, garudas, a las serpientes, a vidyadharas, a sabios, A Yamaraj, a los manus, a yaksas, a raksasas…y moró en el cielo; Ocupando el trono de Indra, se mofó de los devas que le veneraron.
Todos, yo mismo, menos los tres principales, le rindieron pleitesía. La Tierra produjo sin ser sembrada, le obsequiaban los océanos y ríos, Los valles se volvieron sus campos de placer, el cielo le resplandecía, Mas aun así vivía insatisfecho y ebrio, por no controlar sus sentidos.
Los devas, afligidos, oraron ascéticos al Señor, nutriéndose solo de aire, Cuando de pronto escucharon una voz de trueno, sin ver a persona alguna: “¡Sean benditos! ¡Nada teman! ¡Sean Mis devotos y Mis glorias clamen! Así tendrán todo bien, sean pacientes, ya detendré la maldad de este asura.
“Cuando alguien envidia a los devas que Me representan, A los Vedas que son el saber, a los brahmanas y vacas, A los vaisnavas y a Mí, quien todo lo sustenta, Él mismo y su cultura se destruyen sin tardanza.
“Tan pronto él muestre enemistad por Prahlad, Quien es su hijo pacífico y sin enemigos, En ese mismo instante le iré a matar, Aunque el mismo Brahma le haya bendecido.”
Narada dijo:
Al oír esto, los devas Le veneraron conformes, dándole ya por muerto. De los cuatro hijos de Hiranyakasipu, Prahlad, por su pureza, fue el mejor; Él era un brahmana culto, determinado en alcanzar divino conocimiento, Era controlado, y como Paramatma, era el amigo de todos y un bienhechor.
Respetaba a los mayores, un padre con el necesitado, hermano de su igual, Consideraba a sus gurús y sadhus como si fuesen el mismo Señor, A pesar de su belleza, riqueza, educación y alcurnia, carecía de vanidad, Y aunque nacido entre demonios, nada le causaba envidia ni perturbación.
De incontables virtudes, amó a Vasudeva, gracias a su práctica pasada, Ya de niño dejó los juegos para permanecer silencioso en su absorción, Se le vio reír, llorar, cantar y bailar, en su emoción extraviada, Sin saber ya de su cuerpo, solo sintió a Govinda estrechándole con amor.
A veces, al ver a su Señor, Le llamó con gritos llenos de ansiedad. En otras, sintiendo Su unidad, imitó Sus juegos al meditar en Él. Al sentir Su contacto, se erizaron sus vellos y se mantuvo en soledad; Sirvió con los bhaktas y purificó a los ignorantes que le pudieron ver.
Maharaj Yudhisthir quiso entonces saber, cómo un padre pretendió matar a un tan noble hijo como Prahlad.
