Atulananda Acarya


La Bella Historia de Dios

CAPITULO II

Hiranyakasipu, Rey de los Demonios

Sri Narada dijo:

Mi querido rey Yudhisthir, cuando Sri Visnu, como Varaha, Mató a Hiranyaksa, su hermano Hiranyakasipu, muy enojado, Oscureció con su ira el cielo y anhelando la venganza, Dijo así a sus amigos demonios, mordiéndose los labios.

Hiranyakasipu dijo:

¡Oh, danavas y daityas! ¡Oh, Dvimurdha, Tryaksa, Sambara y Satabahu! ¡Oh, Hayagriva, Namuchi, Paka, Ilvala, Viprachitti, Puloman y los otros! Escuchen atentos mis palabras y cumplan mis órdenes en el acto, Ahora que Visnu mató a mi hermano, tomando el lado de Sus devotos.

El Señor, influenciado por maya, ha dejado de ser ecuánime, Y como un niño inmaduro, tomó forma de jabalí y se inclinó por los devas, Por ello, Lo decapitaré con mi tridente y con Su profusa sangre, Complaceré a mi hermano, que tanto gustaba de estas ofrendas.

Cuando se corta un árbol de raíz, sus hojas y ramas se secan, Lo mismo pasará a los devas cuando mate a este Visnu; Vayan ustedes a la Tierra y no permitan que allí florezcan: Ni los ksatriyas con sus reinos, ni los santos con sus himnos.

El principio básico de la cultura Védica es complacer al Señor, Quien refugia el dharma, a los pitas y devas, y a toda criatura; Si los brahmanas mueren, los ksatriyas no cuidarán la religión, Y así los semidioses morirán al no recibir ofrenda alguna.

Donde se estudien los Vedas, ¡vayan pronto y destrocen! Donde se siga el varnasram y se respete a los dvijas; Prendan fuego a los asramas, arrasen los bosques, Que con sus grandes árboles son la fuente de vida.

Así ellos, gustosos de provocar desastres, le veneraron, Y partieron presurosos a causar sus males; Derruyeron campos, ermitas, pueblos, establos, Puentes, minas, industrias, residencias y capitales.

Por causa de tanto disturbio, los ciudadanos tuvieron que parar sus actividades de la cultura Védica, como la ejecución de yajñas; Los devas, así aquejados, bajaron ocultos a la Tierra para observar las desalmadas acciones con que estos malvados diezmaban.

Después de los ritos fúnebres por la muerte de su hermano, Hiranyakasipu instruyó a su madre, cuñada y a sus nueve sobrinos: No deben lamentar la muerte de quien, como un héroe ha luchado, Pues lo más glorioso y deseable es caer en el campo de refriega abatido.

Querida madre, en una posada los viajeros se reúnen solo por un tiempo. Y luego cada uno toma su rumbo por un distinto camino; Del mismo modo, nos agrupamos en familias, solo por un momento, Y de acuerdo al karma nos separamos, para seguir nuestros destinos.

Los árboles parecen moverse en el reflejo, también la tierra para el viciado, Así la mente afectada por las gunas, cree que el alma sufrió algún cambio; A unos considera sus parientes, a otros los ve como extraños, Y así sufre en este samsara en los varios cuerpos que va tomando.

A este respecto hay una historia que Yama contó en la forma de un niño, a unos amigos de Suyajña, rey de Usinara, que acababa de morir en batalla. Las reinas, poniendo en sus pechos los pies del monarca allí abatido: “¡Muertas estamos, porque ha muerto él!”, repetían con amargas lágrimas.

¡Oh, rey!— gemían ellas— fuiste el sostén y la felicidad de Usinara, Fuiste nuestro muy grato esposo y nuestro más sincero amigo. ¿Cómo ahora viviremos sin ti? ¡Permítenos ir donde sea que tú vayas! ¡Deja que te podamos seguir sirviendo! ¡Déjanos también partir contigo!

Ya era el tiempo de quemar el cadáver, mas lo retenían entre sus brazos, Sus lamentos llegaron a la morada de Yama, quien bajó para iluminarlas: ¡Qué asombroso es que ustedes, siendo mayores que yo, se lamenten tanto, Todos los seres mueren, y van y vienen, de una región que es ignorada.

No hay excepción a esta regla así ordenada por la naturaleza. ¿Por qué lamentarse entonces, y cómo lo entiendo yo, siendo tan pequeño? Afortunados somos de confiar en el Señor con toda firmeza, Él nos cuidará, como lo hizo en el vientre, de todo desasosiego.

Este mundo es como Su juego, en el que puede proteger o destruir. Alguien podrá perder su dinero en la calle y reencontrarlo, Y otro que lo ha bien guardado, lo perderá, si Él lo decide así; Como también unos mueren en casa, rodeados de buen cuidado, Mientras que otros en la mortífera selva consiguen sobrevivir.

Tomamos un cuerpo hasta cumplir una cierta tarea, Acabada la cual, nacemos en una nueva vida; Así como el casado se apega a su casa, hecha de agua y tierra, Así mismo el ignorante se ata a este cuerpo que se termina.

Tal como el fuego, oculto en la madera, es distinto a ella, Como así el aire lo es de la boca y de la nariz donde se sitúa, Así mismo el alma que dentro de estos cuerpos se alberga, Es la fuente de éstos, mas tiene su existencia separada y pura.

¡Oh, necias quejumbrosas!, Suyajña, por quien lloran, ahí yace, Aún no se ha ido, es el mismo que veían, ¿de qué se lamentan? Mas no le encuentran porque no les contesta como antes, Vean que nunca conocieron a ese ser, que les daba fiel respuesta.

En este cuerpo lo más importante es el aire vital o prana, Pero éste no es ni el que habla ni el que escucha, Por encima de él están el alma y Paramatma, Que siendo distintos del cuerpo, ordenan su conducta.

Ilusorios, sin sentido, son el goce y el dolor en esta vida, Por ello los sabios no se lamentan, mas no todos alcanzan tal nivel; Una vez un cazador atrapó en su red a una hembra kulinga, Y al ver esto su macho, así lamentó, con profundo padecer.

El macho kulinga dijo:

¡Oh, qué inmisericorde es la Providencia! ¿Qué gana ella al hacernos esto? ¿Cómo viviré sin ella, y nuestros pequeños, cómo se van a sustentar? Cuando de ese modo se lamentaba, lo flechó el cazador en el pecho, Pues al igual que ustedes, no tomó en cuenta su propia fragilidad.

Hiranyakasipu dijo:

Así habló Yamaraj en la forma de un niño y luego desapareció. Por ello, uno no debe lamentar ni su propia muerte, ni la de otros, Pues los conceptos de yo y mío los genera la ilusión.

Con este saber, dijo Narada, tuvo Diti el consuelo propio.

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